Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Inauguración
Pasaron los meses entre aserrín fino, telas bordadas y frascos de pintura abiertos al sol.
El pequeño local, que al principio parecía demasiado grande para tan pocos juguetes, comenzó a llenarse estante tras estante. Leilani trabajaba cada mañana modelando la madera con su magia.. discreta, silenciosa, casi como si la madera simplemente obedeciera a sus manos.. Nunca hacía nada frente a otros. Siempre con la puerta cerrada, siempre en calma.
Los cuerpos de las muñecas salían perfectos, suaves al tacto.
Los caballos tenían ruedas firmes y crines talladas con delicadeza.
Pequeños carruajes, sonajeros, bloques con letras grabadas.
Luego Audrey recibía las piezas que requerían tela. Vestidos pequeños con bordados diminutos, mantas para muñecas, bolsitas para guardar accesorios. Cada puntada era precisa, elegante, hogareña.
Después, Sadie añadía el alma visible.. mejillas rosadas, ojos brillantes, cintas pintadas, manchas únicas en cada caballo, pequeños patrones en azul o verde suave.
Y finalmente, meses después de haber llegado al pueblo con poco más que una idea, Leilani abrió oficialmente la primera juguetería.
No hubo gran inauguración.
No había música ni cintas ceremoniales.
Solo un letrero nuevo colgado sobre la puerta..
“Juguetería Baston”
El primer día abrió temprano. Limpió el mostrador tres veces aunque ya estaba impecable. Acomodó cada pieza con cuidado casi obsesivo.
Los precios eran bajos.
Había calculado todo con meticulosidad. Pagaba a Audrey por prenda terminada. Pagaba a Sadie por pieza pintada. Y como ella no gastaba en materiales costosos ni en herramientas.. la madera parecía responderle con generosidad casi mágica.. los costos reales eran mínimos.
La ganancia era pequeña.
Pero era ganancia.
Y, sobre todo, era independencia.
Las primeras horas pasaron lentas.
Un niño entró con su madre. Miró los caballos sin tocar.
Una niña se quedó fija frente a las muñecas vestidas con encaje pequeño.
—¿Cuánto cuesta?
Leilani dijo el precio.
La mujer se sorprendió.
No era caro. Era accesible.
Compró una muñeca.
Leilani envolvió el juguete con papel sencillo y una cinta fina. Cuando la niña abrazó la muñeca contra su pecho, algo en el pecho de Leilani se expandió.
Eso.
Eso era lo que quería.
Al segundo día entraron tres personas.
Al cuarto, comenzaron a correr rumores.
—Dicen que hay juguetes nuevos en la calle principal.
—He escuchado que son resistentes.
—Mi hijo no ha soltado el caballo desde ayer.
Algunos adultos jamás habían visto una tienda dedicada exclusivamente a juguetes. En el reino no era común. Los niños jugaban con lo que había en casa, con objetos improvisados.
Pero ahora existía un lugar que celebraba la imaginación.
Poco a poco, la juguetería fue ganando clientela.
No de golpe.
No con una avalancha.
Sino como una marea suave que crece sin que uno lo note hasta que el agua ya cubre la orilla.
Los encargos comenzaron a aparecer.
—¿Podría hacer una muñeca con cabello oscuro como mi hija?
—¿Un caballo más pequeño para un niño de tres años?
—¿Bloques con el nombre grabado?
Leilani aceptaba con calma. Ajustaba diseños. Innovaba discretamente.
Cada semana llevaba más trabajo a Audrey y a Sadie.
Ambas comenzaron a sonreír más.
Había movimiento en sus casas. Propósito. Ingresos propios.
La juguetería se volvió un pequeño punto de encuentro. Las madres conversaban mientras los niños elegían. Algunos padres, al principio escépticos, terminaban revisando la calidad de la madera y asintiendo aprobatoriamente.
Y Leilani, detrás del mostrador, comprendió algo importante..
No solo estaba vendiendo juguetes.
Estaba creando algo que antes no existía.
Estaba generando trabajo.
Estaba cambiando el pequeño ecosistema del pueblo sin hacer ruido.
La ganancia seguía siendo modesta. Apenas suficiente para guardar unas pocas monedas cada semana.
Pero cada moneda tenía un peso distinto.
Porque era fruto de su idea.
De su decisión.
De su riesgo.
Y mientras una tarde veía a tres niños sentados frente a la tienda jugando con bloques de colores, supo que no necesitaba una fortuna.
Solo necesitaba que siguiera creciendo.
Y estaba creciendo.
Una tarde, mientras acomodaba unas muñecas vestidas de invierno en el escaparate, Leilani se quedó observando a dos niños que jugaban en la plaza con un palo y una rueda vieja.
Reían.
Corrían.
Improvisaban.
Y entonces recordó algo de su primera vida.
Recordó los locales de comida rápida. No era la comida lo que atraía a los niños… eran los juegos. Toboganes de colores, pelotas gigantes, estructuras donde trepar. Los padres iban porque los hijos insistían.
Sonrió lentamente.
Los niños eran el corazón del movimiento.
Y las madres, las verdaderas clientas.
Si lograba atraer a los pequeños… el resto vendría solo.
Esa misma tarde, cuando cerró la tienda, ensilló su caballo y fue al bosque. El aire estaba fresco y el suelo cubierto de hojas secas que crujían bajo sus botas. Caminó entre los árboles hasta encontrar un claro discreto, el mismo lugar donde entrenaba su magia.
Apoyó la mano sobre el tronco de un árbol caído.
Cerró los ojos.
Sintió la madera. Las vetas. La humedad. La flexibilidad.
Dejó fluir su maná.
No quería algo ostentoso.
Quería algo resistente. Seguro. Atractivo.
Primero imaginó el balancín.
Recordó las proporciones exactas para que dos niños pudieran subir sin que el peso descompensara la estructura. Visualizó la base amplia, firme. El eje central reforzado. Asas suaves para que las manos pequeñas no resbalaran.
La madera respondió.
Se dobló, se ajustó, se ensambló como si manos invisibles trabajaran con herramientas perfectas. Cuando abrió los ojos, el balancín estaba allí. Simple pero elegante. Las superficies suaves, sin astillas.
Pasó la mano por encima.
Firme.
Seguro.
Luego pensó en el columpio.
Este requería más cálculo. Necesitaba resistencia en las cuerdas.. aunque en realidad serían fibras vegetales endurecidas con magia.. y una barra superior sólida. No podía arriesgarse a accidentes. En un pueblo pequeño, un solo incidente arruinaría su reputación.
Se concentró más.
Visualizó la estructura anclada al suelo. Patas inclinadas para estabilidad. Unión reforzada en la parte superior.
La madera emergió del suelo como raíces obedientes, formando un arco firme. Las cuerdas descendieron trenzadas y tensas. El asiento quedó liso y ligeramente curvado.
Cuando terminó, estaba ligeramente sudorosa.
Había sido más complejo que un juguete pequeño.
Pero al ver ambas piezas allí, sintió una satisfacción profunda.
No eran solo juegos.
Eran estrategia.
Al día siguiente, antes del amanecer, llevó las piezas desmontadas en su caballo en varios viajes discretos. Las instaló frente a la tienda, justo al costado, donde no interrumpieran el paso pero fueran visibles desde la plaza.
Luego llamó a Sadie para que pintara detalles coloridos.. líneas azules, flores pequeñas, bordes rojos suaves.
Audrey cosió pequeños cojines desmontables para el asiento del balancín.
Cuando terminaron, el conjunto parecía alegre, casi festivo, pero sin exageración.
El efecto fue inmediato.
El primer niño que pasó se detuvo.
—¡Mamá! ¡Mira!
En minutos, dos más estaban intentando subir al columpio. Las madres se acercaron con cautela al principio, observando la estructura.
—¿Es seguro?
—Completamente.. Está bien reforzado.
Los niños rieron.
El balancín subía y bajaba con ritmo alegre.
Y como había previsto, mientras los pequeños jugaban, las madres miraban el escaparate.
Entraban “solo a mirar”.
Salían con un sonajero.
Con un caballo pequeño.
Con una muñeca vestida de azul.
No era manipulación.
Era comprensión.
Leilani entendía cómo funcionaban las dinámicas humanas.
Y mientras veía el columpio moverse bajo la luz de la tarde, pensó con una pequeña sonrisa estratégica..
Los niños traen la alegría.
Las madres traen el dinero.
Y su juguetería acababa de dar un paso más hacia convertirse en parte indispensable del pueblo.