Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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¿APARECE NUMERO DOS?
Tras el devastador ataque del soldado oscuro, la calma no regresó de inmediato; en su lugar, tres días de un entrenamiento implacable cayeron sobre los hombros de los estudiantes. Bajo el sol abrasador, Leónidas no podía ocultar su agotamiento mientras sus pies golpeaban el suelo una y otra vez.
—No puedo creer que tengamos que correr cien vueltas... —jadeó, con el sudor corriéndole por la frente.
A su lado, Blake apenas podía mantener el paso.
—Esto es horrible —coincidió con voz entrecortada.
Deila, sintiendo que sus pulmones ardían, añadió con desesperación:
—Siento que me voy a morir....
Sin embargo, la Profesora Jill no mostró rastro de clemencia. Desde un costado, observaba con ojos críticos la formación de los jóvenes.
—Menos quejas y suban el ritmo —ordenó con severidad. —La clase uno-uno seguro ya nos lleva ventaja.
Ante la mención de la clase rival, los alumnos de la uno-dos apretaron los dientes y forzaron a sus piernas a moverse con mayor rapidez.
—Están bastante animados —comentó una voz profunda que sobresaltó a Jill.
Al girarse, la profesora se encontró con el Director Bale.
—Director... —balbuceó, sorprendida por su presencia. —Pensé que estaba en una reunión en el exterior.
—Mandé a mi secretaria —respondió él con brevedad, observando el campo de entrenamiento.
Intrigada por el cambio de planes, Jill se acercó un poco más.
—¿Sobre qué es la reunión? —preguntó.
—El torneo de novatos... —reveló Bale.
Jill abrió los ojos de par en par.
—¿Lo adelantaron?.
—Es posible... —Bale suspiró, con la mirada fija en el horizonte.
—¿Crees que ganaremos este año? —cuestionó la profesora, buscando una señal de confianza.
—Ya lo veremos... —dijo Bale de forma enigmática. —Debemos seleccionar a cinco alumnos de primero. Confío en que de tu clase salga por lo menos uno seleccionado.
Jill guardó silencio mientras el director se despedía con un gesto sobrio.
—Debo retirarme, nos vemos —concluyó él.
—Claro, señor... —respondió Jill.
Mientras Bale se alejaba, Jill clavó su mirada en la silueta de Leónidas, que seguía corriendo incansable entre sus compañeros. "¿Uno de ellos?", pensó para sus adentros.
Para disipar sus propios pensamientos y endurecer el carácter de sus pupilos, gritó de nuevo:
—¡Vamos, cien vueltas más!.
Un coro de lamentos y maldiciones llenó el aire, pero nadie se atrevió a detenerse.
Al finalizar la jornada, el agotamiento era total. Mientras se secaban el sudor, Deila se acercó a Leónidas.
—¿Qué harás ahora? —le preguntó.
—Debo ir a visitar a mis padres —respondió el joven, buscando un momento de normalidad entre tanto caos.
Leónidas caminó por los puestos de comercio hasta encontrar a sus progenitores. El encuentro fue cálido pero cargado de la tensión habitual de un padre preocupado.
—Mira quién es... nuestro querido Leónidas —exclamó su padre, antes de lanzar la pregunta que lo hizo sonrojar—: ¿Ya tienes novia?
Entre bromas familiares y una cena en la taberna del reino de Grand Village, la conversación se tornó más seria. Sus padres mencionaron a su jefe, un hombre serio pero amable, mientras Leónidas les contaba que había conocido a dos chicos nuevos.
De repente, el sonido ensordecedor de la alarma del reino cortó el aire. Un ataque estaba en curso.
En el cuartel de los magos, la Profesora Jill y un mago llamado Hitoka se preparaban para lo peor. Un hombre misterioso, acompañado por un soldado oscuro, se materializó ante ellos.
—Nunca es tarde para cumplir el deseo de mi señor —sentenció el intruso.
—¿Quién eres? —exigió saber Hitoka.
—¿Dónde están mis modales? Soy Gull —respondió el hombre con una sonrisa gélida.
El miedo recorrió la espalda de Jill. Sabía exactamente quién era ese sujeto: alguien cuyo poder, según los rumores, rivalizaba con el mismísimo "número uno". En un acto de desesperación, ordenó a Hitoka que fuera a buscar a "los números" mientras ella intentaba ganar tiempo.
La batalla fue breve y violenta. Gull lanzó un hechizo de magia oscura que Jill logró bloquear, pero a costa de romperse el brazo. Antes de que pudiera recuperarse, el soldado oscuro la golpeó con magia de tierra, lanzándola por los aires hasta estrellarse contra una taberna.
Leónidas, que se encontraba cerca, corrió hacia su profesora caída.
—¡Profesora Jill! ¡Despierte! —gritó, pero ella ya estaba inconsciente.
Una sombra alta y aterradora se proyectó sobre él. Gull estaba allí.
—Muere... —sentenció el villano, preparando el golpe final.
En ese instante, el padre de Leónidas se interpuso, protegiendo a su hijo con su propio cuerpo.
—No nos hagas daño... por favor —suplicó el hombre, aunque luego susurró a su hijo—: Tranquilo, yo te protegeré.
Gull rió con desprecio, preparándose para aniquilarlos a ambos, hasta que una voz desde las sombras lo detuvo:
—¿Hasta cuándo vas a fingir, número dos?
El padre de Leónidas guardó silencio, dejando una pregunta en el aire que cambiaría todo lo que su hijo creía saber sobre su familia.