Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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Fue solo sexo
...CAPÍTULO 7...
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...NATHAN SALLES ...
No sé por qué demonios estoy tan ansioso de verla.
Bueno, sí lo sé.
Pero no pienso admitirlo en voz alta.
Llego al apartamento de Sofía sin avisar, como siempre. Dejo que una vecina mire con curiosidad —porque claro, el vocalista de ASTRA apareciendo en un edificio común siempre llama la atención—Toco la puerta del apartamento de Sofía dos veces antes de entrar como si fuera mi casa. Ella misma me dio llave cuando se mudó, así que técnicamente no estoy invadiendo nada.
—¿Sofiiiiíaaaa? —canto, estirando la voz mientras cierro la puerta con el pie—. Tu mejor amigo favorito ha llegado.
Ella aparece desde la cocina con expresión de susto, como si acabara de esconder un cadáver debajo del mueble.
—Nathan, ¿qué haces aquí?
—A ver, primero que todo: hola a ti también —digo con una sonrisa descarada—. Y segundo… ¿vas a explicar por qué me ignoraste TODA la maldita noche?
Sofía frunce la boca, incómoda.
—No te ignoré. Estabas ocupado llamando la atención, como siempre. No quería interrumpir.
Suelto una carcajada.
—Eso no es excusa. Sabes que siempre hay espacio para mi mejor amiga en mi agenda de estrella.
Ella rueda los ojos, pero se ríe un poquito.
Es entonces cuando veo algo que me corta la sonrisa: La chaqueta de Alex tirada sobre el comedor. La que llevaba anoche.
Me quedo mirándola.
Ella sigue mi mirada y parpadea.
—¿Él… pasó la noche aquí? —pregunto, tratando de sonar neutral.
Ella ni pestañea, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Sí —responde tranquila—. Es lo normal, Nathan. Es mi novio. Esas cosas pasan.
Chasqueo la lengua.
—Sí, bueno. Tienes razón —respondo sin más, dejando caer mi peso sobre uno de los sillones de su sala como si fuera mi casa.
Saco un cigarro del bolsillo. Sofía me mira como si acabara de sacar un arma.
—Nathan —dice ella cruzándose de brazos—. No fumes aquí.
Alzo una ceja, reteándola.
—¿Desde cuándo te molesta? Siempre lo he hecho. ¿Cuál es el problema ahora?
—No quiero que fumes aquí y punto —dice, cruzándose de brazos.
Guardo el cigarro sin pelear, pero sigo observándola.
Algo anda mal.
Muy mal.
—¿Qué te pasa? —pregunto directo—. Y no me digas “nada”, porque te conozco más que tú misma.
—No es nada.
—Sofía. —Me incorporo hacia ella—. Estás rara conmigo. Normalmente vienes, me abrazas, me insultas con cariño, me pides algún dulce, te quejas de la vida… pero hoy pareces hostil. ¿Qué hice?
Ella aprieta los labios, incómoda.
—No es nada, Nathan. Y si no te es molestia… ¿puedes irte? Voy a salir, tengo cosas pendientes dentro de unas horas.
Me reí sin humor. Sino porque la evasión es tan obvia que duele.
—Nathan. Solo estoy… ocupada. Tengo algo pendiente en un rato y—
—¿Es por lo que pasó la última vez? —la interrumpo, ofendido—. Porque tú dejaste CLARÍSIMO que solo fue sexo. Y yo lo entendí. No hay necesidad de ponerse así.
Ella se muerde el labio.
Ese gesto me jode.
Porque lo hace cuando está mintiendo.
—No es por eso —responde fría—. Y sí, fue solo sexo, Nathan. Nada más.
A U C H.
Volver a escucharlo duele igual que la primera vez. Lástima que para mí nunca fue solo sexo.
Respiro hondo, tratando de mantener la sonrisa que a estas alturas se siente como una máscara.
—Entonces dime, ¿qué carajos pasa?
Ella respira hondo, evitando mi mirada.
—Nada —repite.
—No me jodas, Sofía —le levanto la voz, harto ya—. Te conozco desde antes de que te salieran las muelas del juicio. Cuando estás así es porque algo hiciste o algo estás escondiendo. Y no me vengas con eso de “estoy bien” porque no te lo creo.
Ella frunce el ceño.
La veo explotar.
En cámara lenta.
—¡Nathan, por favor! —revienta finalmente—. ¡Solo… vete! Hoy no puedo contigo. No quiero hablar y no quiero que me jodas la vida como siempre lo haces.
Ah.
Eso sí dolió.
Más de lo que debería.
—¿Joderte la vida? —pregunto, en una carcajada incrédula—. Perfecto. Fenomenal. Porque la persona que vino a besarme en mi cumpleaños no fui yo. ¿O también fue mi culpa eso?
—¡Ya basta! —grita ella, dándose la vuelta—. No quiero discutir contigo. ¡No quiero!
—Pues ya estamos discutiendo, Sofía —respondo, poniéndome de pie—. Y hasta que no me digas qué mierda te pasa, no voy a parar.
Ella se queda con la espalda hacia mí y finalmente suspira rendida.
—Estoy afectada por todo —miente—. El trabajo… ahora que ingresaré a la universidad… y que ustedes se van a grabar el álbum, estarán lejos más tiempo. No sé. Me estresa.
Me acerco y la abrazo sin pensarlo, metiendo la cabeza en su cuello como hago desde que tenemos doce años.
—Hey, tranquila —susurro—. Voy a volver siempre que pueda. Ya sabes que nunca voy a desaparecer de tu vida. Eres mi mejor amiga.
Ella suspira fuerte, como si estuviera aguantándose algo más grande.
—¿Y a dónde vas más tarde? —pregunto.
—Asunto de chicas.
—Ah —asiento, sin ganas de molestarla—. ¿Puedo al menos tomar un jugo o algo?
—Voy por ello.
Ella se va hacia la cocina. Yo camino hasta el baño. Necesito lavarme la cara. Sentir agua fría.
Sofía sigue rara… y me está poniendo raro a mí.
Entro, cierro la puerta y me inclino para abrir el cajón donde siempre están las toallas pequeñas para secarme las manos.
Pero esta vez no hay toallas.
Hay dos pruebas.
Dos pruebas con líneas rosas.
Dos pruebas que gritan la misma palabra:
POSITIVO.
El mundo se me encoge.
Me quedo congelado, sosteniéndolas como si fueran dinamita.
¿Que carajos…?
Me apoyo en el lavabo, completamente callado. Ahora entiendo por qué estaba rara.
Salgo del baño en automático, con las pruebas aún en mi mano.
Ella aparece con el vaso de jugo.
—¿Por qué esa cara de funeral? —pregunta.
Yo se lo muestro.
Ella se queda helada. El vaso le tiembla en la mano hasta que lo deja sobre la isla de la cocina.
—Sofía… —mi voz apenas sale—. ¿Desde cuándo sabes que estás embarazada? ¿Es por esto que estás así?