Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 5
La boda tuvo lugar tres días después.
Sin invitaciones.
Sin flores escogidas con cariño.
Sin expectativas.
Ayslan apenas tuvo tiempo de entender que su vida estaba siendo arrancada de sus manos cuando ya se encontraba sentada en el asiento trasero de un coche oscuro, observando la ciudad pasar por la ventana como si fuera solo un escenario distante.
Daniela creía que su nieta había conseguido un empleo mejor. No sospechaba de nada más allá de eso. Álvaro había sido claro: nadie necesitaba saber la verdad.
—Es mejor así —había dicho—. Cuantas menos preguntas, mejor.
La ceremonia se realizó en un registro civil discreto, reservado para pocos. El lugar era demasiado silencioso, demasiado frío, como si hasta las paredes supieran que aquella no era una boda común.
Ayslan vestía un vestido sencillo, claro, prestado por Camila. No había velo. No había ramo. Solo ella, con el corazón pesado y las manos entrelazadas frente al cuerpo.
Camila estaba a su lado, inquieta, los ojos atentos, como si quisiera protegerla de algo invisible.
—Aún hay tiempo... —susurró.
Ayslan solo sacudió la cabeza.
—No lo hay.
Álvaro entró pocos minutos después.
Traje oscuro, postura impecable, mirada distante. No había nerviosismo en su semblante, solo control. Para él, aquello era un acto necesario. Un acuerdo. Nada más.
Se detuvo al lado de Ayslan sin tocarla.
Ni siquiera una mirada.
El juez comenzó a hablar, recitando palabras que, en otro contexto, simbolizarían unión, elección, amor. Para Ayslan, sonaban vacías, casi crueles.
"Acepta..."
Ella sintió la garganta apretarse.
Por un breve instante, pensó en Daniela. Pensó en huir. Pensó en gritar.
Pero respondió:
—Acepto.
Álvaro respondió enseguida, sin dudar.
—Acepto.
Las alianzas fueron colocadas con rapidez. El metal frío en su dedo parecía un recordatorio silencioso de lo que ella acababa de perder.
—Están legalmente casados.
No hubo beso.
No hubo sonrisa.
Solo un silencio pesado que se extendió por el ambiente.
Camila abrazó a Ayslan con fuerza antes de que pudiera salir.
—Llámame. Cualquier cosa, llámame —pidió, con la voz embargada.
—Lo haré —prometió Ayslan, incluso sin saber si podría cumplirlo.
Álvaro ya caminaba hacia la salida cuando percibió que ella aún estaba parada. Se volvió, impaciente.
—Vamos.
Ayslan lo siguió.
El trayecto hasta la mansión fue silencioso. El coche parecía demasiado grande, Ayslan miraba por la ventana, intentando memorizar la sensación de ser solo ella misma.
Cuando llegaron, el portón se abrió lentamente, revelando una propiedad elegante, más fría, rodeada por muros altos y jardines perfectamente cuidados —demasiado bonitos para parecer vivos.
Ayslan sintió un escalofrío.
Aquello no parecía un hogar.
Parecía un territorio.
Dentro de la casa, todo era grande, organizado, impersonal. Los empleados pasaban discretamente, evitando el contacto visual, como si supieran exactamente quién era ella... y lo que no era.
Álvaro le entregó el saco a uno de los hombres y se giró hacia ella.
—Tu habitación está en el segundo piso —dijo, directo—. Separada de la mía.
Ayslan parpadeó, sorprendida.
—¿Separada?
—Sí —respondió sin emoción—. Esto no es un matrimonio de verdad. No confundas las cosas.
Ella asintió.
No había confundido.
—Existen algunas reglas —continuó Álvaro—. No sales sola sin avisar. No hablas con la prensa. No haces preguntas sobre mis negocios. Y...
Hizo una pausa corta.
—No tocas nada que era de mi esposa.
El corazón de Ayslan se contrajo.
—Bruna... —murmuró, sin darse cuenta.
La mirada de Álvaro se tornó sombría.
—Exactamente.
Hizo un gesto para que ella lo acompañara hasta la escalera.
—Mañana, tu abuela será transferida a un hospital particular —dijo, como si estuviera hablando de un compromiso común—. Ya está todo dispuesto.
Ayslan sintió los ojos llenarse de lágrimas.
—Gracias... —dijo, con sinceridad.
Álvaro se detuvo en medio de la escalera y la encaró por un momento. Había algo casi imperceptible en su mirada —no gentileza, no arrepentimiento—, pero algo próximo a conflicto.
—No me agradezcas —respondió—. Esto no es bondad. Es un acuerdo.
Continuó subiendo, dejándola allí, sola, rodeada por paredes que no la conocían.
Más tarde, ya en su habitación, Ayslan se sentó en el borde de la cama demasiado grande para alguien tan pequeña en aquel mundo. Se quitó la alianza y la colocó sobre la mesita de noche, observando el brillo frío del metal.
Se había casado.
Pero no tenía marido.
Tenía un apellido.
Una casa que no era suya.
Y una vida que no le pertenecía más.
Del otro lado de la mansión, Álvaro entró en su despacho y abrió un cajón cerrado con llave. Dentro, había una fotografía antigua.
Bruna sonreía, embarazada, la mano apoyada sobre el vientre.
Él cerró los ojos por un instante.
—Saldrá bien... —murmuró, más para sí mismo que para la memoria que insistía en no partir.
Pero, en aquel silencio, ni él creía en eso.
Un leve toque en la puerta la hizo girarse sobresaltada.
—Entre... —dijo, en voz baja.
Una empleada entró con pasos cuidadosos.
—Buenas noches, señora Mendes —habló con formalidad—. El señor pidió que le avisara que la cena está servida, en caso de que quiera bajar.
Ayslan vaciló.
—Él... ¿él va a cenar también?
—No —respondió la mujer—. El señor está en el despacho.
Ayslan asintió.
—Gracias.
Cuando se quedó sola nuevamente, cambió la ropa sencilla por un pijama discreto. Al bajar las escaleras, se sentía como una extraña en su propia casa, si es que aquello podía ser llamado casa.
La mesa estaba puesta para dos personas, pero solo un lugar parecía realmente usado. El otro era casi simbólico.
Ayslan se sentó e intentó comer, pero la comida tenía poco sabor. Cada bocado parecía demasiado pesado. El silencio era tan absoluto que llegaba a doler.
Después de algunos minutos, desistió.
—Puede retirar —dijo a la empleada, educada.
—¿Desea algo más?
—No... gracias.
Volvió a la habitación, pero el sueño no llegaba. Se acostó en la cama, mirando al techo, escuchando su propio corazón latir demasiado fuerte.
En algún punto de la madrugada, se levantó, incapaz de permanecer allí. Abrió la puerta de la habitación y caminó por el pasillo, guiada más por la curiosidad que por el coraje.
Una puerta al final del pasillo estaba entreabierta.
La luz escapaba por ella.
Ayslan se acercó en silencio y espió.
Álvaro estaba sentado detrás de una mesa grande, rodeado por papeles y pantallas. El saco había sido abandonado sobre una silla, la camisa oscura estaba con los primeros botones abiertos. Parecía cansado... pero alerta. Siempre alerta.
Sobre la mesa, algo llamó su atención.
Una fotografía.
Ayslan sintió el corazón acelerarse. Incluso a la distancia, reconoció el rostro de la mujer en la imagen.
Bruna.
La semejanza era innegable.
La misma forma de rostro. El mismo tono de piel. Hasta la sonrisa tenía algo peligrosamente próximo. Pero, al observar mejor, Ayslan percibió las diferencias que nadie parecía notar.
Bruna tenía una mirada confiada, casi arrogante.
Ayslan cargaba cansancio, dulzura... y miedo.
Dio un paso hacia atrás, pero el leve crujido del piso delató su presencia.
Álvaro alzó la mirada de inmediato.
—¿No sabes tocar? —preguntó, frío.
Ayslan sintió el rostro quemar.
—Disculpa... no conseguí dormir.
Él la observó por algunos segundos, evaluándola.
—¿Necesitas algo?
—No —respondió rápido—. Yo solo... me perdí en la casa.
Álvaro cerró el cajón donde guardaba la fotografía y se levantó.
—Evita andar por aquí por la noche —dijo—. Algunos lugares no son para ti.
La frase sonó más dura de lo que tal vez él pretendía. Ayslan asintió.
—Cierto.
Cuando ella se giró para salir, la voz de él la alcanzó nuevamente.
—Ayslan.
Ella se detuvo.
—Cumpliste tu parte hoy —dijo él, sin emoción—. Tu abuela está siendo bien cuidada.
El pecho de ella se apretó.
—Eso es todo lo que me importa.
Álvaro sostuvo la mirada de ella por un momento. Había algo allí —no gentileza, no arrepentimiento—, pero un conflicto silencioso.
—Buenas noches —dijo por fin.
—Buenas noches.
Ayslan volvió a la habitación con el corazón acelerado. Cerró la puerta con llave y se apoyó en ella, como había hecho antes, pero ahora el peso era mayor.
Del otro lado de la casa, Álvaro volvió a sentarse. Abrió nuevamente el cajón y retiró la fotografía de Bruna.
—No eres tú... —murmuró, encarando la imagen—. No debería ser.
Pero, por más que intentase negarlo, el rostro que surgía en su mente ya no era solo el de la mujer muerta.
Era el de Ayslan.
En aquella primera noche bajo el mismo techo, ninguno de los dos durmió.
Y ambos sabían, incluso sin admitirlo, que aquel matrimonio frío había acabado de iniciar algo mucho más peligroso de lo que habían previsto.