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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

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Cap 18

Narrado por: Aura

El contraste térmico detonó en el atrio. Una nube de vapor a presión estalló entre nosotros, cegándome al instante. El sonido fue ensordecedor, como el de una espada al rojo vivo sumergida en un barril de agua helada, pero amplificado mil veces.

Abrí la boca para gritar, pero solo exhalé ceniza caliente.

—¡No te resistas! —rugió Caelum por encima del silbido del vapor. Su voz sonaba agrietada, al borde del colapso—. ¡Abre la válvula, humana! ¡Suelta el fuego!

El frío de su mano no se quedó en mi piel. Penetró directamente en mis venas carbonizadas. Sentí cómo el hielo microscópico avanzaba por mi torrente sanguíneo, chocando contra el fuego esmeralda que me estaba devorando desde adentro. El dolor fue tan agudo que mi espalda se arqueó violentamente contra el suelo de cristal.

—¡Señor, sus conductos se van a hacer pedazos! —gritó el Custodio, flotando inútilmente a nuestro alrededor, su niebla agitada por las ondas de choque térmico—. ¡El hielo de su núcleo no soportará la temperatura primigenia!

—¡Cállate y sella las puertas del atrio! —bramó el Dios del Invierno.

Apreté los dientes hasta que saboreé la sangre. Levanté mi mano libre, la que tenía los dedos negros y agrietados como obsidiana rota, y la estampé directamente contra el centro del pecho de Caelum. Justo sobre la fractura brillante de su núcleo.

—¡Tómalo! —jadeé, empujando la energía que me quemaba viva hacia la palma de mi mano.

El fuego esmeralda saltó de mis venas hacia el pecho del Dios.

Caelum soltó un gruñido gutural. Su cuerpo entero se tensó como la cuerda de un arco de asedio. Las grietas azules de su túnica se iluminaron repentinamente con un fulgor verde cegador. El fuego del solsticio penetró en el hielo milenario de su interior, buscando las fracturas, rellenándolas con pura magia incandescente.

Mientras mi fuego fluía hacia él, su frío absoluto fluía hacia mí.

La piel carbonizada de mis brazos comenzó a agrietarse aún más, pero esta vez, en lugar de fuego, lo que emanaba de las fisuras era una escarcha pálida. El fuego ácido que hervía en mi estómago se apagó de golpe, reemplazado por un invierno profundo y anestésico.

—¡Más! —exigió Caelum, apretando mi muñeca hasta casi romperme los huesos—. ¡No dejes nada en tus venas!

Empujé con más fuerza. El vapor a nuestro alrededor se volvió tan denso que perdimos de vista el techo del palacio. El calor y el frío colisionaron en el espacio exacto entre nuestras manos unidas.

Y entonces, el sonido del atrio desapareció.

El vapor blanco se disolvió en un destello de luz cruda. El suelo de cristal desapareció de debajo de mi espalda. Ya no sentía el frío de Caelum, ni el fuego en mis venas.

Abrí los ojos.

No estaba en la Fortaleza del Norte.

El cielo sobre mí no era gris ni nevaba. Era de un azul vibrante, antinatural, cruzado por nubes teñidas de un naranja perpetuo. El aire olía a polen espeso, a tierra húmeda y a carne asada.

Estaba de pie, pero no controlaba mi cuerpo. Miré mis manos. Llevaban guanteletes de plata prístina, sin rasguños ni escarcha. Mi respiración era lenta, controlada.

Estaba en el cuerpo de Caelum. —¡Suéltalo! —mi propia voz... no, la voz de Caelum, resonó desde mi garganta, cargada de una furia gélida que nunca le había escuchado en el presente.

Levanté la vista. Frente a mí se extendía el mismo valle donde acabábamos de luchar, pero mil años en el pasado. No había nieve. Había un cráter masivo de tierra calcinada y raíces retorcidas del tamaño de torres de asedio.

En el centro del cráter, flotaba una mujer.

No parecía humana. Era gigantesca, de al menos tres metros de altura. Su piel era de oro fundido y su cabello estaba formado por hojas verdes y rojas que ardían sin consumirse. Sus ojos carecían de pupilas; eran dos esferas de luz solar cegadora.

La Diosa Original del Verano.

A los pies de la Diosa, arrodillado en el fango hirviente, estaba Elian.

No el Príncipe Elian de armadura dorada que yo conocía. Era un Elian joven, vestido con ropas de caza simples, destrozadas. Tenía gruesas lianas espinosas clavadas directamente en su columna vertebral, conectándolo a la mujer de oro. Elian gritaba. No era un grito de guerra, era el alarido agudo de un animal siendo desollado vivo.

—Es mío, general —la voz de la Diosa no sonó en el aire, sino que vibró directamente en los huesos de Caelum—. Su devoción es absoluta. Su alma es fértil. Me pertenece.

Di un paso al frente. El cuerpo de Caelum se movió con una precisión letal. Desenvainó una espada larga. No era de hielo. Era una hoja forjada de un metal negro, opaco, que absorbía la luz a su alrededor.

—El Pacto prohíbe a los Primigenios alimentarse de los mortales —dijo Caelum—. Estás usando a mi hermano como una batería para expandir tu dominio. Estás quemando el continente.

—El continente es frío y estúpido —respondió la Diosa, sonriendo. Sus dientes parecían carbones ardientes—. Él me suplicó el verano. Me juró su vida a cambio de mi calor. Yo solo estoy cobrando el tributo. Y cuando termine de beberme su núcleo, no habrá invierno que pueda detenerme.

Elian levantó la cabeza. Sus ojos marrones estaban inyectados en sangre. Las lianas en su espalda pulsaban, extrayendo una luz dorada de su pecho y bombeándola hacia el cuerpo gigante de la Diosa.

—¡Caelum! —gritó Elian, tosiendo sangre—. ¡Mátame! ¡Mátame antes de que lo tome todo!

La Diosa tiró de las lianas. Elian colapsó en el fango, convulsionando.

—No voy a matarte, hermano —dijo Caelum.

El cuerpo de Caelum se tensó. Su magia estalló, pero no era el Cero Absoluto que yo conocía. Era un viento blanco y afilado.

Caelum se lanzó hacia adelante a una velocidad cegadora. La Diosa levantó una mano, conjurando un muro de magma sólido frente a ella.

Caelum no lo esquivó. Atravesó el muro de magma puro con la espada negra por delante, recibiendo quemaduras horribles en el rostro y la armadura de plata. El impacto destrozó la barrera volcánica en mil pedazos.

Aterrizó a los pies de la Diosa, justo al lado de Elian.

No apuntó a la cabeza de la mujer gigante.

Caelum levantó la espada negra y lanzó un tajo brutal directamente contra las lianas que conectaban a la Diosa con la columna de su hermano.

—¡NO! —el alarido de la Diosa partió el cielo anaranjado.

Las lianas se cortaron. Una explosión de energía esmeralda estalló en el punto de corte. Elian salió despedido hacia atrás, rodando por el fango, libre de las ataduras.

Pero la energía residual en las lianas no se disipó.

La Diosa, enfurecida y privada de su fuente de alimento, agarró el cuello de Caelum con su mano de oro fundido. El metal de la armadura del Dios comenzó a derretirse sobre su propia piel.

—Si me quitas a mi recipiente, tú ocuparás su lugar —siseó la Diosa, levantando a Caelum a un metro del suelo.

Caelum no forcejeó. Levantó su mano libre y agarró la muñeca ardiente de la Diosa.

—Tú no tomas recipientes. Tú los destruyes —dijo Caelum.

La espada negra en su mano derecha trazó un arco ascendente impecable y se hundió directamente en el pecho de oro de la Diosa del Verano. Hasta la empuñadura.

El mundo se volvió de color blanco.

Una fuerza centrífuga brutal me arrancó del cuerpo de Caelum. Caí hacia atrás, girando en el vacío infinito, escuchando el eco del grito de la Diosa y el llanto desgarrador de Elian.

El golpe de realidad me aplastó contra el suelo de cristal.

—¡Aura!

Mis pulmones se llenaron de aire helado de golpe. Tosí violentamente, rodando sobre mi costado. El vapor en el atrio se estaba disipando, barrido por las corrientes del Custodio.

El suelo bajo mí estaba empapado en sudor y agua derretida.

Me miré las manos.

Ya no estaban negras. La piel había recuperado su color humano, pero estaba surcada por cicatrices pálidas y plateadas, como si un rayo hubiera dibujado un mapa en mis antebrazos. Ya no había fuego hirviendo bajo mis venas. El dolor ácido había desaparecido por completo, reemplazado por un agotamiento muscular aplastante.

Frente a mí, Caelum estaba apoyado sobre una rodilla, respirando pesadamente.

La escarcha de su túnica se había regenerado. Su rostro estaba pálido, intacto. Su pecho, donde las fracturas azules amenazaban con destruirlo minutos antes, ahora era liso. Una tenue red de líneas esmeraldas brillaba bajo el hielo de su núcleo antes de desvanecerse en la oscuridad de su túnica.

Él había absorbido mi fuego para soldar sus fracturas. Yo había absorbido su frío para apagar mi sangre.

Caelum levantó la vista y clavó sus ojos azules en los míos. Su expresión era ilegible, pero su mandíbula estaba tensa como el acero.

—Estás viva —dijo, su voz recuperando la resonancia grave y gélida de siempre.

Me senté lentamente, apoyando la espalda contra uno de los pilares de obsidiana del atrio. Las cicatrices de mis brazos palpitaban levemente.

—Tú... la mataste para salvarlo —dije en un susurro, mi garganta todavía áspera.

Caelum se quedó paralizado. Su mano, que estaba a punto de apoyarse en su rodilla para levantarse, se detuvo en el aire.

—Viste la memoria —dijo él. No era una pregunta. Era una constatación fría.

—Nuestras sangres se cruzaron. Nuestros núcleos se tocaron —me pasé una mano temblorosa por el cabello mojado—. Vi el valle. Vi a la Diosa del Verano. Ella estaba devorando a Elian. Estaba usándolo como un parásito.

El Custodio, que flotaba en silencio a un par de metros, se encogió sobre sí mismo, como si la sola mención de aquel día le aterrara.

Caelum se puso de pie lentamente. Su cuerpo, curado por la transferencia, se movía con la fluidez letal que yo conocía. Caminó hacia mí y se detuvo a un metro de distancia, mirándome desde arriba.

—La Diosa del Verano no era un espíritu benevolente de las cosechas —dijo Caelum, su voz desprovista de cualquier emoción—. Era un incendio forestal con consciencia. Buscaba un ancla mortal para poder manifestarse físicamente y quemar el continente. Elian, en su estupidez y ambición, se ofreció a ella pensando que compartirían el poder. Pero los primigenios no comparten, Aura. Consumen.

—Y Elian cree... cree que tú se la robaste por pura obediencia a los reyes —dije, recordando los gritos del Príncipe en medio del fango hervido.

—Elian estaba delirando por el parasitismo de la Diosa. Su mente ya estaba rota cuando llegué al valle —Caelum apartó la mirada hacia las enormes puertas cerradas del palacio—. Si cortaba el vínculo sin matarla a ella, la Diosa habría poseído el cadáver de mi hermano para siempre. Tuve que atravesar su núcleo. Tuve que asesinarla frente a sus ojos.

—¿Por qué no se lo dijiste? —exigí, apretando los puños. Las cicatrices tiraron de mi piel—. ¡Estuvo gritando allá afuera que tú lo traicionaste por una corona de hielo! ¡Él cree que la amaba!

Caelum bajó la cabeza. Por una fracción de segundo, el Dios inescrutable pareció genuinamente cansado. Mil años de cansancio concentrados en un parpadeo.

—Porque la verdad lo habría destruido, humana —respondió en voz baja—. Si supiera que la entidad que adoraba lo estaba usando como simple leña para su hoguera, su alma se habría apagado. Preferí que me odiara. El odio lo mantuvo vivo. El odio lo convirtió en el Rey del Sur.

El sonido de un impacto colosal contra las puertas del atrio nos interrumpió.

La obsidiana maciza tembló. Una fina capa de polvo de cristal cayó del techo abovedado.

Me puse en pie de un salto, agarrando la empuñadura de Deshielo que descansaba en el suelo a mi lado. La espada seguía inactiva, su hoja negra fría al tacto, pero pesaba menos en mis manos ahora que mis venas estaban cicatrizadas.

—La Vanguardia —dije, mirando hacia la entrada—. ¿Están retrocediendo?

Otro golpe hizo retumbar las paredes. Esta vez, el crujido de la escarcha exterior cediendo fue audible.

—Los gólems no tocan a la puerta, humana —dijo Caelum, materializando una nueva lanza de hielo en su mano derecha. Su núcleo curado emitía un aura azul que bajó la temperatura del atrio veinte grados en un segundo.

El Custodio se acercó rápidamente a las enormes puertas. Su niebla atravesó la obsidiana por un segundo y retrocedió de inmediato, visiblemente aterrado.

—¡Señor! —gritó el espíritu—. ¡El Príncipe de la Primavera ha usado las redes de sangre!

—Sé específico, Custodio —ordenó Caelum, caminando hacia la entrada y colocándose en posición de guardia frente a la línea central de las puertas.

—¡No ha destruido a las Sacrificadas! —el espíritu flotó hacia nosotros frenéticamente—. ¡Ha clavado estacas de madera esmeralda en los núcleos de obsidiana de la Vanguardia! Las está corrompiendo. Está usando a los gólems como arietes de asedio. ¡Sus propios soldados están montando las estatuas!

Me coloqué al lado de Caelum. Deshielo no se encendió con fuego, pero un leve pulso de luz esmeralda corrió por el cristal negro. Estaba lista.

—Ese imbécil nunca supo cuándo detenerse —masculló Caelum, girando la lanza en su mano—. Prepárate, Aura. Si rompen el sello, entrarán en tromba.

—¿Cuál es el plan? —pregunté, sin apartar la vista de las bisagras que comenzaban a agrietarse.

—Matar a cualquier cosa que no esté cubierta de hielo.

El tercer impacto destrozó la cerradura milenaria.

Las pesadas hojas de obsidiana salieron proyectadas hacia el interior del atrio, deslizándose por el suelo de cristal con un chirrido que hizo sangrar mis oídos.

A través del hueco abierto, la niebla del exterior se derramó en el palacio.

Y de la niebla surgió la Vanguardia corrompida.

Los gólems gigantes, antes guardianes majestuosos, ahora estaban cubiertos de lianas venenosas y madera quemada. El visor lavanda de Elara parpadeaba con un color verde enfermo y errático. Sobre los hombros de las estatuas de obsidiana, arqueros de la Primavera tensaban sus arcos, apuntando directamente a nosotros.

Detrás de ellos, la silueta del Príncipe Elian avanzaba a pie, con la Espada Verde desenvainada y arrastrándola por la nieve.

—Se acabaron los muros, Caelum —la voz de Elian resonó en el atrio destrozado—. Entrégame a la chica.

Caelum dio un paso al frente, girando su lanza y clavándola en el suelo de cristal.

—Ven a buscarla.

Imagen referencial de este capítulo.

imagen generada con ia.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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