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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: La Regla de Enfrentamiento

Base Aérea de Ramstein, Alemania. Doce horas después de la extracción.

La sala de interrogatorios del Mando Conjunto de Operaciones Especiales olía a desinfectante industrial, café recalentado y al humo clandestino de los cigarrillos que el Coronel Henderson consumía frente a la pantalla de proyección.

Sobre la mesa de acero inoxidable descansaban los discos duros recuperados en la fábrica soviética. Tres peritos en ciberdefensa de la OTAN tecleaban en sus terminales con una mezcla de pasmo y devoción casi religiosa.

—El cortafuegos que selló el complejo no fue desactivado con fuerza bruta —informó el oficial de transmisiones, ajustándose las gafas mientras miraba las líneas de código residual—. Fue reescrito en tiempo real desde el interior. El operador inyectó un virus polimórfico que borró los servidores espejo en San Petersburgo y dejó un bucle de vigilancia falso que mantuvo ciego al enemigo durante catorce minutos exactos.

El Coronel Henderson clavó su mirada severa en Dante Cruz y Liam Keller, que permanecían firmes al otro lado de la mesa, todavía con los uniformes tácticos manchados de hollín y nieve seca.

—Ustedes dos entraron después —dijo el coronel con tono cortante—. Khasiev estaba en el suelo, con el cuello fracturado por una técnica de reducción de impacto cerrada y los datos listos para recoger. El informe preliminar menciona una voz en su canal seguro. ¿Quién les abrió esa puerta?

Liam apretó la mandíbula. Por su cabeza desfiló la imagen de la silueta sobre la viga rota, el rifle antimaterial a la espalda y esa trenza agitada por la tormenta de nieve. Miró de reojo a Dante.

Dante no parpadeó. Mantenía la mano derecha oculta dentro del bolsillo de su pantalón táctico, donde los dedos ensangrentados apretaban la bailarina de cristal partida. El borde roto del metal le perforaba la palma, pero ese dolor era el único cable a tierra que le impedía volverse loco.

—Un activo fantasma, señor —respondió Dante con una frialdad ensayada que no admitía fisuras—. Se identificó con el indicativo de la división de ciberinteligencia negra. Cuando aseguramos la sala de servidores, el operador ya había evacuado por el tejado. No hubo contacto visual directo ni intercambio de credenciales.

El coronel entrecerró los ojos, sospechando la omisión, pero suspiró con resignación pesada:

—SOCID no rinde cuentas a esta comandancia. Si la división Intocable estuvo en esa fábrica, el Estado Mayor tiene órdenes de archivar el expediente bajo código rojo. Buen trabajo asegurando la carga, tenientes. Vuelan a Washington en dos horas.

Liam se cuadró con un saludo reglamentario, pero cuando salieron al hangar ventoso donde esperaba el avión de transporte C-17, agarró a Dante por el chaleco y lo estampó contra el fuselaje blindado de un camión cisterna.

—¿Por qué no dijiste nada del broche? —siseó Liam entre dientes, con los ojos inyectados en sangre por el agotamiento y la rabia—. ¡Es mi hermana, Dante! ¡Esa chica de dieciocho años a la que casi matan anoche es mi hermana pequeña!

Dante no intentó zafarse. Sostuvo la mirada feroz de su mejor amigo con una intensidad oscura y desesperada que hizo que el agarre de Liam vacilara.

—Si la reporto en el informe oficial, tu padre usa su influencia para abrir una investigación administrativa sobre su unidad —respondió Dante, con la voz ronca, raspando como grava—. Si el Pentágono sabe que la identificamos, la reubican en un agujero todavía más oscuro para proteger el secreto de la división. No voy a permitir que la entierren más hondo, Liam. La quiero fuera de esa trinchera.

—Ella no quiere volver —escupió Liam, soltándolo de un empujón amargo—. ¿No viste cómo te miró desde esa viga? No era la niña que te rogaba que la llevaras en tu camioneta. Nos desprecia a los dos. Y tiene todas las malditas razones del mundo para hacerlo.

Dante se pasó la manga por la cara, limpiándose la mezcla de sudor frío y hollín. La imagen de esos ojos castaños desde la azotea nevada se le había grabado a fuego en la retina.

—Me odiará todo lo que quiera —murmuró Dante, cerrando el puño en su bolsillo—. Pero no voy a dejar que muera en la sombra por mi culpa.

Residencia Keller, McLean, Virginia. Veinticuatro horas después.

El despacho del General Marcus Keller mantenía las cortinas cerradas a pesar del sol brillante del mediodía.

En la habitación, el olor a tabaco de pipa y cuero viejo apenas disimulaba la tensión asfixiante que se había instalado en la casa desde la partida de Sienna. Sentados frente al escritorio macizo de caoba, Gael, Bruno y Mateo escuchaban el relato de Liam con un silencio sepulcral.

—Khasiev —repitió Bruno, el gigante de la familia, con las manos temblando sobre sus rodillas—. ¿Me estás diciendo que Sienna... nuestra Sienna... tumbó a un comandante checheno de cien kilos cuerpo a cuerpo?

—No solo lo tumbó —intervino Dante desde la penumbra de la esquina, apoyado contra la librería con los brazos cruzados y la mirada fija en el General—. Nos salvó la vida a los seis. Había un cable trampa a medio metro de mi bota. Si ella no hackea los sensores sísmicos y nos canta las coordenadas por la radio, hoy estarías recibiendo a Liam en una caja de madera, General.

Marcus Keller no se movió. El veterano de cuatro estrellas tenía las manos entrelazadas sobre su secante de piel. Su rostro, surcado por arrugas que parecían haberse duplicado en seis meses, no reflejaba la furia estruendosa de la noche en que Sienna se marchó; reflejaba una devastación callada, honda y aterradora.

El teléfono del General vibró sobre el escritorio con un tono seguro de línea roja.

Marcus descolgó despacio.

—Keller —dijo con voz grave.

Al otro lado de la línea, la voz del Subsecretario de Defensa sonó distorsionada por el encriptador satelital:

—Marcus. El paquete recuperado en Bielorrusia por tu hijo confirmó la peor de nuestras sospechas. Khasiev no trabajaba solo. El sindicato tenía un comprador de alto nivel dentro del cuerpo diplomático en Washington. Van a subastar la lista completa de agentes encubiertos de la OTAN este sábado durante la Gala Benéfica de la Embajada Francesa.

El General enderezó la espalda por puro instinto militar:

—Despliego a mi batallón de policía militar en el perímetro de la embajada de inmediato.

—Negativo, General —atajó el Subsecretario sin rodeos—. Si ven un solo uniforme de las fuerzas regulares a tres manzanas del evento, la transacción se cancela y la información se filtra a la red oscura. Esta misión requiere un activo quirúrgico. El Director de SOCID ya tomó el control de la operación.

Marcus sintió que el corazón se le detenía en seco:

—¿A quién van a enviar?

—A su mejor operadora de infiltración. Va a entrar como civil, con invitación de honor del sector privado. Su destacamento solo proporcionará seguridad exterior encubierta para la extracción de emergencia. Mantenga a sus muchachos en el callejón trasero y rece para que la chica no falle.

La llamada se cortó.

Marcus bajó el auricular con una lentitud de plomo. Levantó la vista hacia los cuatro hermanos y hacia Dante, que contenía la respiración esperando la orden.

—Sienna va a infiltrarse en la embajada francesa este sábado —dijo el General, y por primera vez en su vida, a sus cuatro hijos les pareció ver quebrarse la voz del viejo soldado—. Va a recuperar la lista de agentes en medio de cuatrocientos diplomáticos.

—¡Es un nido de víboras! —estalló Mateo, poniéndose de pie con los puños apretados—. Si la descubren armada dentro de territorio soberano extranjero sin cobertura oficial, el gobierno la negará. ¡La dejarán pudrirse en una celda!

—No entrará armada como un soldado —dijo una voz gélida desde el umbral del despacho.

Vivienne Keller estaba de pie en la puerta. Llevaba un traje sastre blanco impecable, gafas de sol en la mano y esa compostura aristocrática que jamás se doblegaba ante los hombres de la casa. Miró a su marido y luego a los cuatro hermanos con una superioridad demoledora.

—El Director de SOCID me contactó esta mañana —anunció Vivienne con una calma que erizó la piel de todos—. Mi firma patrocina la gala benéfica de la embajada. Sienna asistirá como mi invitada personal: la joven heredera de la casa de modas Keller que regresa de un semestre privado en Europa.

Dante dio un paso al frente, con los ojos ardiendo:

—Señora Keller, permítame estar dentro. No puedo dejarla sola en ese salón.

Vivienne lo miró de arriba abajo con un desprecio tan pulido, tan elegante y letal que Dante sintió el peso exacto de cada palabra que había escupido meses atrás en el hangar.

—Tú no estás invitado a ese salón, teniente Cruz —sentenció Vivienne con voz aterciopelada—. Tú y los hermanos de Sienna se quedarán en la camioneta de vigilancia del callejón trasero, exactamente donde pertenecen los soldados de choque: lejos de los asuntos que requieren inteligencia, sutileza y clase. Mi hija no necesita que la cuides; necesita que no estorbes mientras hace el trabajo que ninguno de ustedes tuvo la capacidad de prever.

Sábado, 20:30 Horas. Embajada de Francia, Kalorama, Washington D.C.

El callejón lateral de la embajada estaba bloqueado por una furgoneta de mantenimiento técnico con cristales polarizados. Dentro, apretados frente a seis monitores táctiles que interceptaban las frecuencias de audio y las cámaras del salón principal, Liam, Gael, Bruno y Dante vigilaban con chalecos antibalas ligeros y pistolas automáticas listas bajo las chaquetas oscuras.

Dante tenía los auriculares de escucha puestos. Su pulso marcaba ciento veinte pulsaciones por minuto; la espera lo estaba despedazando.

—La limusina principal acaba de cruzar el arco de seguridad exterior —anunció Gael desde la consola de cámaras exteriores.

En la pantalla número tres, un Rolls-Royce negro se detuvo frente a la escalinata iluminada por candelabros de cristal. Los fotógrafos de prensa internacional y los reporteros acreditados se agolparon tras los cordones de terciopelo rojo.

El chófer abrió la puerta trasera.

Vivienne Keller descendió primero, deslumbrante en una columna de seda zafiro que arrancó los primeros disparos de los flashes.

Y entonces, descendió ella.

En la furgoneta de vigilancia, el aire desapareció de los pulmones de los cuatro hombres al unísono. Dante se inclinó sobre la pantalla hasta casi tocar el cristal con la frente, con la mandíbula completamente desencajada.

Sienna no parecía una operadora clandestina que hacía setenta y dos horas había roto la tráquea de un mercenario en la nieve.

Llevaba un vestido de alta costura confeccionado en satén carmesí sangre, con un escote halter ceñido al cuello que dejaba al descubierto su espalda completamente desnuda hasta el inicio de las caderas. La tela líquida delineaba cada curva peligrosa de su figura, cayendo en una falda recta con una abertura lateral que subía hasta la mitad del muslo izquierdo, dejando a la vista unas sandalias de tacón fino de tiras doradas. Su cabello castaño caía en ondas pulidas sobre un hombro, y sus labios estaban pintados de un rojo oscuro tan desafiante que opacaba las esmeraldas que brillaban en sus lóbulos.

Bajo la liga de encaje negro oculta en el muslo derecho llevaba un transmisor cuántico del tamaño de una moneda y una cuchilla cerámica indetectable para los arcos de metales.

Subió la escalinata con una cadencia hipnótica, aristocrática y letal. Se detuvo en lo alto de la alfombra roja, giró el rostro hacia los fotógrafos y regaló una sonrisa tenue, brillante y gélida como el diamante más puro del mundo.

—Dios todopoderoso... —susurró Bruno en la furgoneta, pasándose una mano por la nuca—. Esa no es mi hermana. Es un arma de destrucción masiva con tacones.

Dante no podía hablar. La sangre le rugía en los oídos con la violencia de un tsunami. Recordaba el vestido negro de la fiesta de graduación, pero esto... esto era una declaración de guerra abierta contra cada hombre que se cruzara en su camino.

Apretó el auricular contra su oreja cuando el micrófono ambiental oculto en el broche del cuello de Sienna se activó.

—En posición en el vestíbulo principal —la voz de Sienna entró por la frecuencia privada de la camioneta, clara, suave y desprovista del menor temblor—. El objetivo diplomático está en el ala este, conversando con el agregaduria naval rusa. Iniciando maniobra de aproximación.

Un segundo de silencio estático precedió a su siguiente frase. Una frase que no iba dirigida a la central de SOCID:

—Y para la unidad de apoyo en la furgoneta del callejón... procuren cerrar la boca. Sus respiraciones agitadas están haciendo eco en mi canal de escucha. Buenas noches, teniente Cruz.

Dante cerró los ojos con fuerza, sintiendo una mezcla salvaje de furia, terror y una atracción devoradora que amenazaba con quemarle el pecho entero.

La intocable había entrado al salón, y esta vez, el juego se jugaba bajo sus propias reglas.

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