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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:993
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 5: El Terror que Reside en los Ojos Negros

La noche caía sobre el castillo Emberfall como un manto de plomo, pesado y silencioso, envolviendo cada piedra, cada pasillo, cada sombra en una oscuridad que parecía respirar. Harriette estaba de pie ante el gran espejo de su alcoba, vestida ya para descansar con una túnica de seda blanca, suave y ligera como una nube, que caía hasta sus pies descalzos. Se había soltado el cabello, y sus ondas rubias se derramaban sobre sus hombros y su espalda, brillando débilmente bajo la luz de las velas que se consumían lentamente, goteando cera sobre los candelabros como lágrimas que nunca llegaban a caer.

Mañana todo comenzaría. Los preparativos para la boda con el archiduque Aleric Duskbringer, el hombre sombra, el guerrero cuyo rostro nadie había visto jamás, llenarían cada rincón del castillo. Su vida dejaría de pertenecerle, y al mismo tiempo, por primera vez, sería suya por completo. No había amor en aquel trato, ni ilusión, ni esperanza de felicidad. Había libertad. Había escape. Había la promesa fría y firme de que no volvería a ser la mujer que mendigó cariño y recibió muerte como pago. Cerró los ojos, llevándose una mano al pecho, justo sobre el lugar donde la espada lo había atravesado todo. Allí donde el dolor había sido más real que cualquier cosa que hubiera sentido en vida.

—Nada me hará daño de nuevo —susurró a su reflejo, buscando convencerse a sí misma—. Soy fuerte. Soy libre. Y mañana… mañana empiezo de nuevo.

Se giró hacia la cama, dispuesta a recobrar las fuerzas que necesitaría para lo que venía, cuando la puerta se abrió de golpe, sin previo aviso, y una doncella entró apresurada, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, como si hubiera corrido por todos los pasillos del castillo sin detenerse.

—¡Señorita Harriette! —exclamó la joven, con voz temblorosa y urgente—. ¡Está aquí! ¡El príncipe heredero Ashen Nightbloom ha llegado! Su carruaje está justo frente a la escalinata, y él pide veros de inmediato. ¡Dice que no se irá sin hablaros!

Las palabras cayeron sobre ella como un balde de agua helada, y el mundo se detuvo. Harriette sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, que el suelo se abría bajo sus pies, que la habitación entera daba vueltas alrededor de ella. Ashen. Aquel nombre, que antes era dulce como la miel, ahora era un veneno que le recorría las venas y le helaba la sangre.

—No… —susurró, negando con la cabeza, sin poder creerlo—. No puede ser… ¿Por qué está aquí? ¿Tan pronto?

Corrió hacia la ventana, con el corazón golpeándole tan fuerte contra las costillas que temió quebrarse, y apartó las cortinas de golpe. Allí estaba. El carruaje imperial, negro y dorado, imponente y sombrío, brillando bajo la luz de la luna llena que colgaba en lo alto, fría y testaruda. Y frente a él, de pie, erguido, con la mirada fija en la entrada del castillo, estaba él. Ashen. Vestido de negro, con su capa ondeando suavemente con la brisa nocturna, su cabello oscuro como la noche cayéndole sobre el rostro, y aun desde esa distancia, ella pudo sentirlo. Pudo sentir la presencia de él, pesada, oscura, devoradora, igual que la noche en que la mató.

El pánico la invadió de golpe, violento y descontrolado, un temor antiguo y nuevo a la vez, un terror que no nacía de la nada, sino de la memoria de la muerte. Retrocedió de espaldas, apartándose de la ventana, sin dejar de mirarlo, como si él pudiera verla a través del cristal, como si sus ojos negros pudieran atravesar la distancia y las paredes para clavarse en los suyos. El dolor en su pecho despertó de golpe, punzante y vivo, como si la hoja de la espada aún estuviera clavada en su carne, como si la herida se hubiera abierto de nuevo. Llevó una mano a su pecho, apretando la tela de la túnica, y con la otra, sin darse cuenta, se llevó una uña a los dientes y comenzó a morderla con fuerza, sin sentir el dolor, solo sintiendo el terror crecer, llenarla toda, ahogarla.

—No quiero verlo… no quiero… —murmuraba, retrocediendo cada vez más, hasta que su espalda chocó contra la pared y luego contra una mesa, que se volcó con un estruendo seco—. No… no…

Sus piernas cedieron, y cayó al suelo, encogida sobre sí misma, abrazándose las rodillas, temblando de pies a cabeza, con la respiración entrecortada y acelerada, incapaz de llenar sus pulmones de aire. La doncella corrió hacia ella, arrodillándose a su lado, con el rostro lleno de alarma y confusión.

—¡Señorita! ¡Señorita Harriette, respira! —le decía, tomándola de los brazos, intentando enderezarla, pero Harriette se debatía, cubriéndose los oídos con las manos, cerrando los ojos con fuerza—. ¡No está aquí todavía! ¡No os hará daño! ¡Escuchadme, por favor!

—¡Déjame! ¡No quiero oírlo! —gritó ella, con voz quebrada, aterrorizada—. ¡No quiero ver esos ojos! ¡Esos ojos… esos ojos sin alma! ¡Mátame! ¡Me mató! ¡Me atravesó con su espada! ¡Déjame! ¡Déjame!

La doncella, sin saber qué hacer, vio cómo su dama se desmoronaba ante sus ojos, presa de un miedo irracional y violento que no comprendía. Nunca había visto a nadie reaccionar así ante la mención del príncipe heredero, el hombre más deseado del reino. Con el corazón acelerado, la doncella se levantó y llamó a la puerta, pidiendo ayuda a gritos, llamando a otra sirvienta para que trajera agua caliente, hierbas para calmarla, cualquier cosa que pudiera detener aquel ataque que la consumía viva.

La puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no fue una sirvienta. Fue Fenris Emberfall. El duque entró con paso firme, el ceño fruncido, la mirada severa y exigente, preguntándose qué alboroto era aquel en los aposentos de su hija, justo cuando el príncipe esperaba en el recibidor.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó con voz grave, cortante, deteniéndose en seco al ver la escena—. ¿Por qué ese ruido? ¿No estáis preparando a mi hija para recibir al príncipe heredero?

Pero sus palabras murieron en su garganta al verla. Harriette estaba en el rincón más oscuro de la habitación, encogida, hecha un ovillo, temblando violentamente, con los ojos cerrados con fuerza y las manos cubriéndose los oídos, como si cada palabra que pronunciaban fuera un golpe contra ella. Su rostro estaba pálido como la cera, empapado en sudor frío, y sus labios se movían en un murmullo inaudible, lleno de terror. Una sirvienta pasaba a su lado con un balde de agua caliente, con expresión asustada, y la doncella que estaba con ella se levantó apresuradamente y se acercó al duque, bajando la voz con urgencia.

—Señor… en cuanto mencioné que el príncipe heredero estaba aquí… ella cambió de inmediato —le explicó, con ojos llenos de perplejidad y preocupación—. Cayó al suelo y empezó a temblar así… no logro que reaccione. Parece que ve fantasmas.

Fenris se quedó inmóvil, mirando a su hija con una expresión que nunca antes había tenido: confusión, extrañeza, y algo muy parecido a una punzada de inquietud. Él conocía a Harriette. Sabía que era tímida, que era reservada, que vivía en su propio mundo… pero jamás la había visto así. Jamás la había visto tan rota, tan aterrorizada, como si el nombre de aquel hombre trajera consigo la muerte misma.

—Traed al médico —ordenó de inmediato, en voz baja y firme, girándose hacia la sirvienta—. Que venga con discreción, sin hacer ruido, sin que nadie fuera de esta habitación lo sepa. Y que nadie diga una palabra de esto al príncipe. No debe saber en qué estado se encuentra.

Un guardia que había permanecido en la puerta se acercó un paso, con duda en la mirada.

—¿Y qué haremos con él, mi señor? —preguntó en un susurro—. El príncipe espera. Insiste en ver a la señorita Harriette.

Fenris miró de nuevo a su hija, y por primera vez en su vida, no vio a una hija que debía ser útil, ni un adorno para su casa, ni una pieza en su tablero. Vio a una niña asustada, a una mujer destrozada, y algo dentro de él, duro y frío como siempre había sido, se conmovió, se tensó, se transformó en algo protector, feroz, inesperado.

—Yo iré —dijo, con voz pesada y decidida—. Yo hablaré con él. Y no dejaré que entre aquí. Nadie entra. ¿Entendido? Cuidad de ella. No la dejéis sola. Y esperad al médico.

Se giró y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, y caminó por los pasillos con paso largo y rápido, con la mente llena de preguntas que no sabía responder. ¿Por qué? ¿Por qué su hija temblaba así ante la sola mención de aquel hombre? ¿Qué había pasado entre ellos que él no supiera? ¿Qué secretos ocultaban esos ojos azules que siempre miraban hacia abajo?

Llegó al recibidor, una estancia amplia y fría, de suelos de mármol y paredes cubiertas de tapices antiguos, iluminada solo por unos pocos candelabros. Y allí estaba él. Ashen Nightbloom, de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda, mirando hacia la escalera, con una sonrisa que Fenris no había visto jamás en él: una sonrisa de expectación, de impaciencia, de algo que parecía alegría genuina, casi infantil. El príncipe se giró rápidamente al oír los pasos, y sus ojos negros brillaron con un brillo intenso, ansioso, buscando a alguien detrás del duque.

—¿Dónde está ella? —preguntó de inmediato, con voz cargada de emoción, dando un paso hacia él—. ¿Dónde está Harriette? Sabía que vendría. Sabía que me esperaba.

Fenris se detuvo, y su ceño se frunció más aún. Lo que veía no encajaba con lo que acababa de presenciar. El príncipe, el hombre más poderoso y temido del reino, el hombre de corazón frío y voluntad de hierro, parecía un muchacho enamorado, esperando ver a su amada. Y su hija, la niña dulce y callada, se había encogido en un rincón temblando de terror al saber que él estaba ahí. La contradicción era tan grande que le golpeó en el pecho, y una sensación oscura y desagradable se apoderó de él. Algo no estaba bien. Algo estaba terriblemente mal entre esos dos.

Carraspeó su garganta, fuerte y claro, rompiendo la atmósfera de ilusión que el príncipe había creado. Ashen parpadeó, y la sonrisa se borró de su rostro en un instante, como si nunca hubiera existido. Su expresión se volvió seria, impaciente, y miró al duque con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera.

—Duque —dijo, con voz cortante—, ¿dónde está la dama Harriette? Pedí verla. ¿Me la ocultáis?

—Príncipe —respondió Fenris, firme, sin ceder ni un paso, interponiéndose entre él y el pasillo que llevaba a los aposentos de su hija—. Harriette no puede recibiros en este momento. Se encuentra indispuesta. Un malestar repentino. Ha sido un día largo y pesado para ella, y ahora descansa. No podrá veros.

Ashen frunció el ceño, dando un paso hacia él, con los ojos entrecerrados, llenos de sospecha y descontento.

—Indispuesta —repitió, con desdén—. Qué oportuno. Justo cuando yo llego. ¿No será que no quiere verme? ¿Le habéis dicho algo para que me rechace?

—Mi hija no tiene nada contra vos, Alteza —respondió Fenris con calma, aunque su postura era rígida y firme—. Simplemente no se encuentra bien. Y no voy a permitir que la molestéis en su estado. Será mejor que volváis otro día. Cuando ella esté en condiciones de recibiros.

Hubo un silencio tenso, cargado de poder y orgullo enfrentados. Ashen lo miró, intentando ver si mentía, buscando alguna señal de debilidad, pero Fenris no apartó la mirada. Por primera vez en su vida, el duque Emberfall no estaba negociando un trato, ni buscando beneficios. Estaba protegiendo a su hija. Y aquella determinación era tan fuerte que incluso el príncipe, acostumbrado a que todos se doblegaran ante él, se detuvo.

—Bien —dijo Ashen al final, con voz fría y cortante, retrocediendo un paso—. Pero dile que vendré mañana. Y que no se esconda para siempre. Ella sabe que no puede evitarme.

—Se lo diré —respondió Fenris, con la misma formalidad y distancia que se le debía a un príncipe, pero sin la sumisión que siempre había mostrado—. Buenas noches, Alteza.

Ashen lo miró un instante más, con la mandíbula apretada, con rabia contenida y sospecha creciendo en su interior, y luego, sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y salió del recibidor, sus pasos resonando con furia contra el suelo de mármol, llenando la estancia de un eco pesado y amenazante.

Fenris se quedó solo en la penumbra, escuchando cómo la puerta principal se cerraba con fuerza, cómo el carruaje se alejaba por el camino de piedra. Y entonces, se giró lentamente, mirando hacia el pasillo que llevaba a los aposentos de su hija. Su rostro, antes severo e impasible, ahora estaba lleno de una determinación oscura y profunda.

—Descubriré la verdad —se dijo a sí mismo, en un susurro que solo el silencio pudo escuchar—. Descubriré por qué mi hija tiembla de terror ante el hombre que todos creen perfecto. Y descubriré qué hay realmente detrás de esos ojos negros que parecen ocultar más que belleza. Sea lo que sea, no permitiré que nadie la lastime. Nadie.

Mientras tanto, arriba, en la habitación, Harriette yacía aún en el rincón, con la respiración volviendo lentamente a la normalidad, con el cuerpo aún temblando, pero con la mente empezando a aclararse. La doncella la cubría con una manta, y el agua caliente le acariciaba las manos, devolviéndole poco a poco el calor. Pero ella no pensaba en el frío, ni en el miedo que acababa de sentir. Pensaba en la mirada de su padre, en la forma en que se había interpuesto entre ella y Ashen, en la protección que había visto en sus ojos por primera vez en toda su vida. Y entonces comprendió que algo había cambiado no solo en ella, sino en el mundo que la rodeaba. Las piezas del tablero se movían, los corazones se transformaban, y el destino, cruel y maravilloso a la vez, tejía sus hilos de formas que nadie podía prever.

El encuentro había sido evitado por esa noche, pero no para siempre. Harriette lo sabía. Ashen volvería. Y cuando lo hiciera, no habría padre, ni puerta, ni distancia que los separara. Entonces tendría que enfrentarlo. Tendría que mirarlo a los ojos. Y tendría que sobrevivir a la mirada del hombre que ya la había matado una vez.

Cerró los ojos, y esta vez no vio la espada, ni la sangre, ni la luna fría. Vio la mano de su padre interponiéndose entre ella y el peligro. Vio la libertad que la esperaba al lado del archiduque sombra. Vio un futuro que ella misma estaba construyendo, ladrillo a ladrillo, con dolor y con valor. Y por primera vez desde que había regresado, no sintió solo terror. Sintió algo más fuerte, más profundo, algo que nació de las cenizas de su propia muerte: la voluntad de luchar.

—No me matará de nuevo —susurró, con voz débil pero firme, abrazándose a sí misma—. Esta vez… esta vez yo seré más fuerte.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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