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Al Diablo Con Mi Prometido.

Al Diablo Con Mi Prometido.

Status: En proceso
Genre:Villana / Reencarnación
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.

Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.

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Capítulo 16

Y Lyra... mi dulce, abnegada y piadosa prima Lyra, vendiéndome a los inquisidores a cambio de ocupar mi lugar en el altar nupcial y lucir la corona que tantas veces me probé frente al espejo de mi madre.

Una risa brotó de mi garganta.

Comenzó como un susurro bajo, ronco, y luego se transformó en una carcajada abierta, sonora y vibrante que resonó contra los muros de basalto de la fortaleza. Reí con los ojos brillantes, apretando el edicto imperial contra mi pecho hasta que el pergamino crujió y se arrugó bajo la fuerza de mis dedos.

Aleixandre me miraba con una ceja arqueada, sus ojos carmesí encendiéndose con una mezcla de sorpresa y una fascinación oscura que no intentaba disimular.

—¿Te parece gracioso que hayan puesto precio a tu garganta y que tu prima se quede con tu prometido y tus tierras? —preguntó con calma.

—Me parece exquisito —respondí, dejando caer el pergamino arrugado sobre el piso de piedra—. Me parece maravilloso que Aedric sea tan predeciblemente estúpido. Cree que quitándome un apellido y una dote me ha dejado desarmada en medio del desierto. Cree que casándose con Lyra asegura el control del sur. No tiene la menor idea de que acaba de firmar su propia sentencia de muerte.

Me despojé de las pieles del lecho y me puse de pie. Las piernas me temblaron por una fracción de segundo al tocar las frías baldosas de basalto con los pies descalzos, pero me erguí con la espalda recta, la barbilla levantada y la mirada fija en el señor de las Fauces del Dragón.

—Aedric no entiende el poder, Aleixandre —continué, caminando hacia la gran mesa de mapas con pasos seguros—. Solo entiende la vanidad de los títulos escritos sobre papel de trapo. Piensa que un ejército se alimenta de decretos reales. Pero el sur no produce trigo por amor a la corona imperial; produce trigo porque la tierra reconoce la sangre de las mujeres Fiargod. Las cosechas de mi familia nunca dependieron de las plegarias de los sacerdotes del dios sol; dependían de los rituales que mi madre y mis antepasadas realizaban en los solsticios para alimentar los espíritus de la tierra. Ahora que me han declarado apóstata y han roto el linaje... el sur se va a secar antes de que comience el verano.

Aleixandre dio dos pasos hacia la mesa y se apoyó con las palmas sobre el borde de madera tallada, mirándome a través de las miniaturas de plomo que representaban los ejércitos imperiales desplegados a lo largo de la frontera sur.

—¿Estás diciendo que puedes provocar una hambruna en los graneros del imperio? —preguntó, y su tono perdió todo rastro de ligereza para adquirir la gravedad de un estratega consumado.

—No necesito provocarla; ellos mismos la provocaron al expulsarme —contesté con una sonrisa fría—. En cuanto las reservas de grano comiencen a pudrirse en los silos y los campesinos del sur descubran que la devota Lady Lyra no sabe cómo calmar la ira de la tierra, la capital se ahogará en su propia escasez. Pero no quiero que solo pasen hambre. Quiero que sientan el terror verdadero de saber que la villana que intentaron quemar es quien tiene la llave de su supervivencia.

Aleixandre soltó un silbido bajo y admirativo.

—Cruel, calculador y despiadado. Empiezo a creer que te subestimé, Lady Eleanor. O tal vez debería llamarte simplemente mi señora de las cenizas.

—Llámame como quieras, mientras cumplas tu parte del pacto —di un paso más hacia él, colocándome al otro lado del mapa de la frontera norte—. Dijiste que bajo esta fortaleza duerme un dragón milenario sellado por las cadenas de la iglesia del sol. Dijiste que necesitabas el poder de una bruja de sangre para romper los sellos. Pues bien: aquí estoy. Despiértalo. Dame el poder de esa bestia y yo te entregaré las cabezas de Aedric y del emperador antes de que la nieve vuelva a cubrir estas montañas.

El archiduque me sostuvo la mirada durante varios segundos en un duelo silencioso de voluntades. No había miedo en sus ojos; solo una decisión fría, implacable, forjada en la misma roca negra que sostenía su fortaleza.

—El despertar de Vaelgoth no es un juego de salón cortesano, Eleanor —dijo él con voz baja y pausada—. No es un hechizo que puedas conjurar leyendo un papel viejo y retirarte a tomar té si te duele la cabeza. Vaelgoth es el último dragón de obsidiana de la primera era, la bestia primordial que mi linaje ha custodiado durante trescientos años desde que los emperadores de la luz masacraron a los nuestros con veneno y traición. Su corazón está encadenado con siete eslabones de oro solar forjados por los santos mártires de la catedral. Para romper esos eslabones no basta con pronunciar palabras arcanas; tienes que derramar tu propia sangre sobre su frente y ofrecerle tu alma como contraparte del vínculo. Si tu voluntad flaquea por una sola fracción de segundo, el fuego de la bestia te consumirá hasta no dejar ni tus huesos para el entierro.

—Ya morí una vez, Aleixandre —le respondí, acortando el espacio que nos separaba hasta que sentí el roce de su camisa de lino contra el lino de mi propia ropa—. Ya sé lo que se siente cuando el aire se te escapa de los pulmones, cuando los hombres que juraron protegerte te escupen en la cara y cuando el frío de la tumba te cubre el cuerpo mientras los culpables celebran en sus palacios dorados. No le temo a tu dragón. No le temo al fuego. Si esa bestia quiere mi alma para arrasar la capital, se la entregaré en bandeja de plata con una sonrisa en los labios.

Los ojos carmesí de Aleixandre brillaron con una luz feroz, salvaje, casi predatoria. Por un instante creí que iba a apartarse o a dar una orden militar, pero en lugar de eso levantó su mano derecha y me tomó de la barbilla con una firmeza que me obligó a alzar el rostro hacia el suyo.

Sus dedos estaban calientes contra mi piel helada. Su pulgar rozó la comisura de mi labio inferior, ejerciendo una presión deliberada que me robó el aliento.

—Eres el monstruo más hermoso y peligroso que jamás ha pisado las tierras del norte, Eleanor Fiargod —susurró él, y el timbre de su voz descendió hasta un tono tan íntimo y vibrante que sentí un estremecimiento recorrer cada nervio de mi cuerpo—. Y juro por la sangre de mis ancestros que si logras despertar a esa bestia... no habrá dios ni emperador en este continente capaz de arrebatarte el trono que te corresponde.

—Pruébalo —le reté, sosteniéndole la mirada sin bajar los párpados—. Llévame a las catacumbas ahora mismo.

Aleixandre no respondió con palabras. Soltó mi barbilla, tomó su pesada capa de piel de lobo negro de la silla y la arrojó sobre mis hombros con un movimiento fluido. Luego descolgó de la pared una antorcha de brea apagada y la encendió con un chasquido de sus propios dedos, dejando que una llama azulada y crepitante iluminara las sombras de la habitación.

—Vístete con algo abrigado de ese arcón —ordenó señalando un baúl de roble junto a la pared—. Allá abajo la temperatura desciende hasta congelar el tuétano, pero el fuego que duerme en el fondo quema el alma de los débiles. Veremos si eres tan inmortal como presumes, pequeña reina de cenizas.

Quince minutos después, vestida con pantalones de cuero forrados de lana, botas altas de jinete y una túnica de paño oscuro bajo la pesada capa del archiduque, cruzamos las puertas secretas situadas detrás del tapiz de armas de la fortaleza.

El descenso hacia las entrañas de la montaña fue un viaje hacia el corazón mismo de la pesadilla.

1
A.B. 💜🐨
Tremenda constestada 🤣😅🫰
A.B. 💜🐨
Eso mi reina, eso!!
A.B. 💜🐨
El villano...digo nuestro protagonista
A.B. 💜🐨
Infeliz
A.B. 💜🐨
Que arda el reino!!
A.B. 💜🐨
Hermoso 💜, bello.
A.B. 💜🐨
Oh.

Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!
Arely Castañeda
mas por favor🥰👏👏👏
Gleirys Carolina
Buen empezar😊
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