Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6: Adrián, me duele
—Que espere.
Joaquín cerró la puerta sin hacer ruido.
Valentina escuchó el clic y sintió que la sala se hacía más pequeña.
Adrián seguía frente a ella, dos dedos bajo su mentón, obligándola a no esconderse detrás del cabello mal recogido. La presión no dolía. Eso la irritó más. Si doliera, podría enojarse sin pensar. Pero no. Solo la mantenía quieta, demasiado consciente de la distancia, de su respiración, del lugar exacto donde ella lo había mordido.
—No voy a llamarlo Adrián —dijo.
—Ya lo hiciste.
—En un momento de pánico.
—Mordiste mi cuello en un momento de pánico también.
Valentina cerró los ojos un instante.
—Vine a disculparme por eso.
—Entonces discúlpate.
La orden le encendió la cara.
—Perdón por entrar sin permiso a El Mirador. Perdón por insultarlo. Perdón por confundirlo con Diego. Perdón por amenazarlo con prensa de moda. Perdón por morderlo.
Adrián la soltó.
Valentina sintió la ausencia de sus dedos como una corriente fría.
—¿Eso fue una disculpa o un inventario de delitos?
—Estoy siendo completa.
—Te faltó algo.
—¿Qué?
Adrián señaló con dos dedos el lado de su cuello. La marca de la mordida apenas se veía bajo el cuello abierto de la camisa, pero Valentina la encontró de inmediato. Un punto rojo, mínimo, absurdo, suyo.
La vergüenza la golpeó en el estómago.
—Ya pedí perdón por eso.
—No pediste cómo vas a repararlo.
—¿Repararlo? ¿Quiere que le compre una bufanda?
—No uso bufandas para ocultar tonterías.
Valentina se cruzó de brazos.
—Entonces dígame qué quiere.
Adrián la miró de una forma que hizo que se arrepintiera al segundo.
—Ten cuidado con esa frase.
El silencio se llenó de calor.
Valentina tragó saliva. El médico había dicho reposo, líquidos, cero estrés. En ningún punto mencionó quedarse sola con Adrián Castellán mientras él la miraba como si acabara de abrir una puerta que no sabía cerrar.
—Puede... —empezó, y se odió por tartamudear.
—¿Puedo?
—Puede morderme de vuelta.
La frase cayó con un peso brutal.
Adrián no se movió.
Valentina sí. Se llevó una mano al cuello por instinto, tarde, como si pudiera recoger las palabras y tragárselas.
—Quise decir que sería justo. No que...
—Sé lo que dijiste.
—No lo haga sonar así.
—Tú lo hiciste sonar así.
Valentina se puso de pie. Error. La cercanía cambió de altura, no de intensidad. Adrián la superaba lo suficiente para que el cuerpo le recordara que seguía débil.
—Olvídelo.
—No.
Él dio un paso.
Valentina no retrocedió.
—Si digo que pares, paras —soltó, antes de que el orgullo la traicionara por completo.
Adrián la miró a los ojos.
—Sí.
La respuesta fue tan inmediata que la desarmó.
—Bien —murmuró ella.
—Bien.
Adrián levantó una mano, no hacia su cuello sino hacia el broche barato que sostenía su cabello. Valentina se tensó.
—No voy a quitarlo —dijo él.
—Usted siempre quita cosas.
—Y tú siempre entras donde no debes.
Le apartó apenas un mechón del cuello. El gesto fue más cuidadoso de lo que ella esperaba. Eso le dio más miedo que si hubiera sido brusco.
La respiración de Adrián tocó su piel.
Valentina cerró los dedos sobre la falda.
—Adrián...
El nombre salió solo.
Él se detuvo.
—¿Quieres que pare?
Valentina debería haber dicho sí. Debería haber tomado sus polvorones, a Paloma y su poca dignidad, y salir de La Hacienda sin mirar atrás.
Pero el cuerpo no obedeció a la parte sensata.
—No —susurró.
Adrián inclinó la cabeza y mordió.
No fue una herida. Fue una presión lenta, exacta, justo donde el cuello se volvía hombro. Primero sus dientes, después el calor de su boca, después una punzada que hizo que Valentina soltara aire entrecortado.
—Me duele —dijo, más por sorpresa que por queja.
Adrián se apartó apenas.
—¿Paro?
Valentina tenía los ojos cerrados.
—No dije que pararas.
La mano de Adrián se cerró en el respaldo del sofá, junto a su cintura, sin tocarla. Como si necesitara anclarse en algo que no fuera ella.
Volvió a marcarla.
Esta vez Valentina se agarró a su manga.
Cuando él se apartó, el aire de la sala le pareció demasiado frío.
Adrián miró la marca que acababa de dejar. La satisfacción en su rostro fue mínima, casi invisible. Pero estaba ahí.
—Ahora estamos a mano —dijo ella, tratando de sonar normal.
—No.
Valentina abrió los ojos.
—¿Cómo que no?
—Todavía tienes mi paciencia.
—Yo vine por mi peineta.
—Y te irás sin ella.
La realidad volvió con un golpe. Valentina se separó un paso y se llevó la mano al cuello. La marca ardía bajo sus dedos.
—No puede quedársela.
—Puedo.
—¿Por qué?
Adrián tardó un segundo de más en responder.
—Porque quiero.
Valentina lo miró, furiosa, confundida y demasiado consciente de que había dicho su nombre como si le perteneciera.
La puerta se abrió otra vez. Paloma apareció detrás de Joaquín, con la bolsa de polvorones reducida a la mitad y una expresión de alarma.
—Jefa, ¿estás...?
Su mirada cayó en el cuello de Valentina.
Paloma se quedó muda.
Valentina se subió el cuello del saco de un tirón.
—Nos vamos.
—Sí —dijo Paloma demasiado rápido—. Claro. Nos vamos. Ya.
Joaquín hizo una leve inclinación.
—El coche las llevará.
—Vinimos en Uber —respondió Valentina.
—El señor Castellán no permite que una invitada enferma se vaya en Uber.
—No soy su invitada.
Adrián la observó.
—Hoy sí.
Valentina quiso discutir. El cuerpo le recordó la fiebre. La marca en el cuello le recordó algo peor.
Salió con Paloma sin mirar atrás.
El coche de La Hacienda las esperaba frente a la escalinata. Marcos, el chofer de turno, abrió la puerta sin una pregunta. Eso incomodó a Valentina más que si la hubiera mirado raro.
Paloma se subió detrás de ella y esperó a que el portón quedara lejos para explotar en susurros.
—Jefa. Dime que eso no es lo que creo que es.
Valentina se tocó el cuello.
—No sé qué crees que es.
—¡Una mordida!
—Baja la voz.
—¡No puedo bajar la voz mentalmente!
Valentina sacó el espejo pequeño de su bolso. Al ver la marca, se le cerró la garganta. No era escandalosa, pero sí imposible de confundir: un semicírculo rojo, íntimo, colocado justo donde el cuello se escondía bajo el saco.
La de Adrián había sido mínima.
La suya no.
Paloma la miró como si necesitara instrucciones para seguir respirando.
—¿La disculpa salió bien o necesitamos un abogado?
Valentina guardó el espejo de golpe.
—Necesitamos mi peineta.
—Y quizá un manual de supervivencia.
Valentina apoyó la frente en la ventana. La ciudad pasó detrás del cristal, gris de tarde, llena de tráfico y vendedores de flores en los semáforos. Quiso odiarlo con limpieza. Era más fácil cuando Adrián era solo un tirano con manos bonitas y pésimas costumbres.
Pero le había preguntado si quería que parara.
Y eso le molestaba más que la marca.
Cuando la puerta se cerró, Joaquín esperó la siguiente orden.
Adrián fue hacia el escritorio, abrió una carpeta y sacó las fotografías del textil cortado. Después dejó junto a ellas la información de varios talleres de Oaxaca.
—Contacta a todos —dijo—. Quiero un equipo nuevo para Juramento.
—¿A nombre de Capital Solaris?
Adrián tocó la caja negra donde guardaba la peineta.
—No. Que no sepa que fui yo.
Joaquín asintió.
—¿Y si pregunta?
Adrián miró hacia la puerta por donde Valentina se había ido.
—Va a preguntar.
excelente
Gracias.