Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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La primera luna se acerca
Faltaban treinta y nueve días para que Alyssa cumpliera dieciocho años.
Ella no llevaba la cuenta.
Liam sí.
—Treinta y nueve —anunció durante el desayuno, sin levantar la vista del calendario que sostenía entre las manos.
Alyssa dejó la taza sobre la mesa.
—¿Treinta y nueve qué?
—Días.
—¿Para qué?
Ethan entró en la cocina de Rowan y Mara sin llamar, tomó una pieza de pan y se sentó frente a ella.
—Para que dejes de ser una niña.
Alyssa lo miró con expresión seca.
—Tú cumpliste veintiuno y todavía estamos esperando que ocurra.
Nora soltó una carcajada desde la puerta.
Detrás de ella entró Elara, todavía un poco tímida dentro de una casa que no conocía tan bien como los demás.
Ethan llevó una mano al pecho.
—Me hieres.
—Te recuperarás cuando encuentres otra cosa que comer —respondió Mara, colocando más pan sobre la mesa.
—Por eso usted siempre ha sido mi segunda madre favorita.
—¿Quién es la primera?
Ethan miró alrededor, como si temiera que alguien pudiera escucharlo.
—La que esté presente cuando me haga esa pregunta.
Mara negó con una sonrisa.
Aquella mañana la casa estaba más llena de lo habitual.
Con las vacaciones a punto de terminar, los cinco amigos intentaban pasar juntos el poco tiempo libre que les quedaba antes de volver a sus responsabilidades en el mundo humano.
Ethan regresaría a la universidad para terminar Ingeniería Forestal.
Liam continuaría sus estudios de Derecho y sus prácticas con uno de los asesores legales que protegían las propiedades humanas de la manada.
Nora iniciaría un semestre particularmente exigente de Medicina.
Alyssa comenzaría su primer año en la Universidad de Washington.
Y Kaleb…
Kaleb ya no tenía vacaciones a las cuales regresar.
Había terminado sus estudios meses atrás y ahora trabajaba de tiempo completo junto a su padre. Su educación universitaria había concluido, pero la preparación para convertirse en Alfa parecía no terminar nunca.
—¿Kaleb no viene? —preguntó Alyssa, procurando que pareciera una duda casual.
Ethan sonrió alrededor del trozo de pan.
—Sabía que preguntarías.
—Solo quería saber cuántos somos.
—Somos los mismos que hace un minuto.
—Entonces ya sé exactamente cuánta comida esconder antes de que te la termines.
Elara ocultó una sonrisa.
Ethan la miró.
—No te unas a ellos.
—Todavía no he decidido de qué lado estoy.
—Eres mi compañera destinada.
—Eso no significa que siempre tengas razón.
—¿Ves lo que hacen? —preguntó Ethan a Mara—. Lleva pocos días aquí y ya la corrompieron.
Elara apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro.
—Me estoy adaptando.
La ternura con la que Ethan la miró cambió la expresión de todos.
Aún resultaba extraño verlo así.
Había sido el más ruidoso del grupo desde niño, el primero en convertir cualquier conversación en una broma y el último en permanecer quieto. Con Elara, no se había vuelto otra persona, pero parecía haber encontrado una forma más tranquila de ser él mismo.
Su lobo ya no permanecía en aquel silencio incompleto que los acompañaba antes de encontrar a su compañero destinado. Ethan decía que ahora podía escucharlo con claridad: impaciente, protector, sorprendentemente sentimental y casi tan hablador como su parte humana.
Alyssa todavía encontraba fascinante la idea.
En unas semanas, durante su Primera Luna, conocería por fin a la loba que había permanecido dormida dentro de ella toda su vida.
Y quizá algún día aquella loba también reconocería a alguien.
La idea hizo que sus pensamientos buscaran a Kaleb sin permiso.
—Está con el Alfa —explicó Rowan—. Tienen una reunión con los representantes de Montaña Gris.
Ethan dejó de comer.
—¿Por el Juramento?
—Eso imagino.
Elara miró hacia él.
La conversación sobre su futuro ya había comenzado formalmente. Durante los siguientes días, los dos Alfas evaluarían sus responsabilidades, los vínculos familiares y la función que cada uno desempeñaba dentro de su manada.
Pero la decisión final no se tomaría sin ellos.
Ethan había ofrecido trasladarse a Montaña Gris.
Elara había dicho que prefería conocer Luna de Plata antes de permitir que él abandonara todo lo que amaba.
Por ahora, se quedaría varias semanas con su familia.
No era todavía una mudanza.
Era una posibilidad.
—Mi padre quiere asegurarse de que no estoy tomando la decisión únicamente por el vínculo —dijo Elara.
—¿Y lo estás haciendo? —preguntó Nora con suavidad.
Ella meditó la respuesta.
—El vínculo me trajo hasta Ethan. Pero quedarme aquí tendría que ser una decisión mía.
Ethan tomó su mano sobre la mesa.
No intentó responder por ella.
Alyssa observó sus dedos entrelazados y sintió una punzada inesperada.
No de envidia.
De anhelo.
Había algo profundamente hermoso en que el destino pudiera señalar a dos personas sin quitarles la libertad de elegirse después.
—Entonces tienes tiempo —dijo Mara—. Un hogar no debe aceptarse por obligación.
Elara sonrió.
—Eso mismo me dijo Ethan.
—En realidad dije que podía construirte una casa con mis propias manos.
Rowan levantó una ceja.
—¿Tú?
—Puedo aprender.
—Primero aprende a reparar una silla.
—La silla seguía funcionando.
—Tenía tres patas.
—Era una propuesta artística.
Las risas llenaron la cocina.
Alyssa se permitió disfrutar de aquel momento: la voz de Mara, la risa baja de Rowan, la familiaridad de sus amigos alrededor de la mesa.
Todo era exactamente como debía ser.
Tan seguro que parecía imposible perderlo.
⸻
Kaleb apareció cuando el desayuno casi había terminado.
Entró sin llamar, como siempre, pero aquella mañana no fue directamente hacia la silla vacía junto a Alyssa.
Primero saludó a Rowan y a Mara.
Después a los demás.
Solo entonces la miró.
El recuerdo de la conversación del día anterior pasó entre ellos con una intensidad silenciosa.
No tienes que hacerme espacio.
Alyssa le sonrió.
Kaleb pareció relajarse.
Se acercó a la silla que Ethan había dejado libre y la movió hasta colocarla junto a ella.
El gesto fue tan deliberado que Nora bajó la vista para ocultar una sonrisa.
—Pensé que no vendrías —dijo Alyssa.
—La reunión terminó antes.
—¿Cómo salió?
Kaleb miró a Ethan y Elara.
—Ambos Alfas aceptaron que Elara permanezca en Luna de Plata hasta después del Juramento.
Ethan se puso de pie.
—¿En serio?
—Su familia también está de acuerdo. Después decidirán si la residencia será permanente.
Elara soltó el aire lentamente.
Ethan la abrazó sin importarle que todos estuvieran observándolos.
Ella rodeó su cintura y escondió el rostro contra su pecho.
Alyssa sonrió.
Kaleb volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Lo sé.
Él reconoció sus propias palabras y sonrió.
Alyssa desvió la vista antes de que el calor llegara demasiado claramente a sus mejillas.
Mara dejó un plato frente a Kaleb.
—Come antes de que Ethan vuelva a sentarse.
—Ya tengo compañera —protestó Ethan—. Soy un hombre distinto.
Elara tomó una pieza de pan de su plato.
—Yo no estaría tan segura.
⸻
Después del desayuno, Mara pidió a Alyssa que la acompañara a la habitación del fondo.
Era un espacio pequeño donde guardaba telas, cajas de costura y prendas que había confeccionado a lo largo de los años.
Sobre una mesa descansaba una tela blanca doblada con extremo cuidado.
Alyssa se detuvo al verla.
—¿Es…?
Mara asintió.
—La túnica para tu Primera Luna.
Alyssa se acercó despacio.
La prenda todavía no estaba terminada. Las mangas permanecían sujetas con alfileres y el borde inferior necesitaba varios puntos, pero ya podía distinguirse su forma sencilla.
Las túnicas ceremoniales no eran lujosas.
Se confeccionaban con tela clara para representar la vida humana antes del despertar y llevaban bordado, cerca del corazón, el emblema de la manada a la que pertenecía el joven.
En la de Alyssa, Mara había comenzado a bordar una luna plateada entre las ramas de un árbol.
—Es preciosa.
—Todavía falta mucho.
—Pensé que se compraban.
Mara pareció ofendida.
—¿Permitir que uses en tu Primera Luna algo hecho por desconocidos?
Alyssa sonrió.
—No sabía que fuera tan grave.
—Lo es.
Mara colocó la túnica frente a su cuerpo para calcular el largo.
—La madre suele confeccionarla.
Alyssa levantó los ojos.
Mara continuó trabajando como si no hubiera dicho nada extraordinario.
Pero para Alyssa aquellas palabras significaron todo.
—¿Puedo ayudarte?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es mi regalo.
La joven tragó saliva.
Mara dejó la túnica sobre la mesa y se volvió hacia ella.
—¿Tienes miedo?
Alyssa intentó negar, pero no tenía sentido mentir.
—Sí.
—Eso es normal.
—Todos hablan como si después de esa noche fuera a comprenderme mejor. ¿Y si no ocurre?
—Ocurrirá.
—¿Y si mi loba no me quiere?
Mara parpadeó, sorprendida.
—Es parte de ti.
—Eso no responde mi pregunta.
La mujer sonrió con ternura.
—Puede que al principio no estén de acuerdo en todo. La parte humana piensa en consecuencias. La loba actúa desde el instinto. Aprenderán a convivir.
Alyssa pasó los dedos sobre el bordado.
—Kaleb dice que su lobo casi nunca habla.
—Porque todavía espera.
—A su compañera destinada.
Mara la observó con demasiada atención.
Alyssa fingió concentrarse en la tela.
—Eso dicen.
—¿Y tú qué esperas?
—¿De mi loba?
—De tu Primera Luna.
Alyssa tardó demasiado en responder.
—Quiero conocerla.
—Eso no es todo.
Mara conocía aquella forma en que Alyssa bajaba la mirada cada vez que deseaba ocultar algo.
—No sé qué más debería esperar.
—Quizá que alguien te reconozca.
Alyssa levantó la vista de golpe.
Mara sonreía apenas.
—No me mires así. He vivido en esta casa contigo casi trece años.
—Kaleb y yo no…
—No dije su nombre.
El rubor apareció de inmediato.
Mara soltó una risa suave.
—Mi niña.
—No es lo que piensas.
—¿Y qué pienso?
Alyssa no encontró una respuesta.
Mara tomó su rostro entre las manos.
—No tienes que explicarme nada. Solo recuerda algo cuando llegue esa noche.
—¿Qué?
—El vínculo no crea amor donde no existe.
Alyssa permaneció quieta.
—Puede reconocerlo. Puede fortalecerlo. Puede mostrar posibilidades. Pero la Luna no construye una historia por ustedes.
Mara acarició su mejilla.
—Lo importante siempre será lo que dos personas hayan elegido antes de que el destino hable.
La garganta de Alyssa se cerró.
—¿Crees que Kaleb…?
No pudo completar la pregunta.
Mara no se la facilitó.
—Creo que Kaleb lleva toda la vida cruzando la plaza para buscarte.
Alyssa bajó los ojos.
—Eso no significa que yo sea su compañera.
—No.
—Puede ser otra mujer.
—También.
La respuesta dolió, aunque fuera cierta.
Mara la abrazó.
—Pero, sea quien sea, tu valor no comenzará cuando un lobo te reconozca.
Alyssa apoyó la mejilla sobre su hombro.
—Lo sé.
—Quiero que realmente lo sepas.
La abrazó un poco más fuerte.
—Fuiste nuestra hija mucho antes de que Luna de Plata te aceptara formalmente. Serás una mujer completa antes de conocer a tu loba. Y seguirás siéndolo aunque el destino no te entregue lo que deseas.
Alyssa cerró los ojos.
No sabía por qué aquellas palabras le provocaban una tristeza extraña.
Quizá porque, desde que había aparecido sola en el bosque, todo lo que amaba parecía estar ligado al temor de perderlo.
Mara se apartó y volvió a levantar la túnica.
—Ahora ve a buscar a Kaleb.
—¿Por qué?
—Porque lleva diez minutos caminando frente a la ventana fingiendo que no espera que salgas.
Alyssa giró la cabeza.
A través del cristal alcanzó a ver una sombra pasar por segunda vez.
Sonrió.
—No sabe esperar.
—Nunca cuando se trata de ti.
⸻
Kaleb estaba apoyado contra el barandal del porche cuando Alyssa salió.
—¿Terminaste?
—Por ahora.
—¿Qué hacían?
—Mi túnica.
La expresión de él cambió.
—Ya empezó a coserla.
—Sí.
Kaleb miró hacia la casa.
—Mi madre hizo la mía.
—¿Todavía la tienes?
—Guardada en un baúl.
—¿Nunca la volviste a usar?
—Después de la transformación quedó bastante destruida.
Alyssa hizo una mueca.
—Eso no ayuda con mis nervios.
Kaleb sonrió.
—Lo siento.
—No es cierto.
—Un poco.
Ella bajó los escalones.
Kaleb comenzó a caminar a su lado sin preguntar adónde iban.
—Mara dice que faltan muchos detalles.
—Todavía tienen más de un mes.
—Treinta y nueve días, según Liam.
—Por supuesto que los contó.
Caminaron hacia el centro del territorio.
Algunos miembros de la manada preparaban los vehículos para el regreso a clases. Otros entregaban listas de provisiones y revisaban los horarios de transporte hacia Seattle.
Los más jóvenes estudiaban en escuelas cercanas. Para la universidad, varios viajaban diariamente o permanecían algunos días en la ciudad, dependiendo del horario.
Alyssa había decidido viajar.
No quería instalarse todavía en Seattle.
La distancia era larga, pero varios estudiantes compartirían el trayecto y Kaleb había insistido en que los vehículos de la manada eran más seguros que permitir que viajara sola.
—¿Estás lista para la universidad? —preguntó él.
—No.
—Eso fue honesto.
—Estoy emocionada. También aterrada.
—Te irá bien.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque llevas semanas estudiando materias que todavía no te han asignado.
Alyssa sonrió.
—Tal vez me expulsen por insoportable.
—Entonces tendrás más tiempo para recoger plantas conmigo.
—No voy a abandonar la universidad para acompañarte al bosque.
—No dije que la abandonaras. Solo busco ventajas en cualquier escenario.
Ella lo miró de lado.
—¿Te molesta que vaya?
Kaleb tardó apenas un segundo, pero Alyssa lo notó.
—No.
—Mientes.
—No me molesta.
—Entonces, ¿qué?
Él observó a varias familias organizar los últimos detalles del regreso a clases.
—Seattle está lejos.
—Iré y volveré.
—Habrá días largos.
—Lo sé.
—Conocerás a muchas personas.
Alyssa sonrió lentamente.
—¿Eso te preocupa?
—No.
—Kaleb.
Él soltó una respiración.
—Un poco.
—¿Por qué?
No podía decirle que la idea de otros hombres sentándose junto a ella, conociendo su risa o acompañándola entre clases despertaba una posesividad absurda.
Tampoco podía prohibirle vivir.
No quería hacerlo.
—Porque estoy acostumbrado a saber dónde estás.
Alyssa sintió una calidez suave en el pecho.
—Siempre podrás preguntarme.
—No es lo mismo.
—Tendré teléfono.
—Tampoco es lo mismo.
Ella se detuvo.
Kaleb avanzó dos pasos antes de notar que ya no estaba a su lado.
Se volvió.
—¿Qué?
Alyssa cruzó los brazos.
—¿Quieres que no vaya?
—Claro que quiero que vayas.
—No lo parece.
Kaleb regresó hasta quedar frente a ella.
—Quiero que estudies lo que amas. Quiero que conozcas la ciudad. Que tengas una profesión. Que puedas elegir tu propia vida.
—Pero…
—Pero voy a extrañarte aunque solo te vayas unas horas.
La sinceridad desarmó cualquier posible discusión.
Alyssa dejó caer los brazos.
—Yo también te extrañaré.
Kaleb sonrió.
—Eso ayuda.
—Puedo escribirte durante los descansos.
—Todos.
—No exageres.
—La mayoría.
—Kaleb.
—Uno por la mañana y otro antes de regresar.
Alyssa fingió pensarlo.
—Quizá.
Él tomó suavemente una de sus manos.
—Y me avisas cuando llegues.
—Sí.
—Y antes de salir.
—Sí.
—Y si cambia el horario…
—¿También quieres que te envíe un informe cada vez que entre a un salón?
—No sería mala idea.
Alyssa soltó una risa y tiró de su mano hasta acercarse.
—Voy a estudiar, no a desaparecer.
La palabra hizo que Kaleb perdiera la sonrisa durante un instante.
Alyssa lo notó.
Desde niños, desaparecer tenía otro significado entre ellos.
Era la imagen de una niña perdida.
El miedo de no encontrarla.
La promesa de buscarla siempre.
—Volveré todas las tardes —dijo con suavidad.
Kaleb apretó sus dedos.
—Lo sé.
No la soltó mientras reanudaban el camino.
⸻
La sanadora convocó a Alyssa esa misma tarde.
Nora ya estaba allí, organizando varios frascos en una repisa.
—Siéntate —pidió la anciana.
Alyssa obedeció.
La sanadora había envejecido desde aquella noche en que reconoció el colgante de la niña encontrada en el bosque, pero sus ojos continuaban igual de atentos.
El secreto sobre el origen de Alyssa seguía guardado.
Nunca había vuelto a mencionarlo.
—Tu Primera Luna se acerca —dijo—. Desde ahora comenzarás a notar cambios.
—¿Qué tipo de cambios?
—Tus sentidos se agudizarán. Algunos aromas te resultarán más intensos. Dormirás menos o más, dependiendo de cómo reaccione tu cuerpo. Puedes sentir irritabilidad, hambre o una necesidad mayor de estar en el bosque.
Nora sonrió.
—Yo comí durante dos semanas como Ethan.
—Eso es imposible —respondió Alyssa.
—Lo creía hasta que ocurrió.
La sanadora continuó:
—También es posible que percibas emociones que no parecen completamente tuyas.
—¿Mi loba?
—Todavía dormirá, pero comenzará a acercarse a la superficie.
Alyssa miró sus propias manos.
—¿Y si la transformación ocurre antes de la luna llena?
—No ocurrirá. El cuerpo respeta el ciclo de la Primera Luna, salvo situaciones de peligro extremo.
—¿Peligro?
—Si tu vida estuviera amenazada, la loba podría intentar despertar para protegerte. Pero sería una transformación inestable y peligrosa.
Nora se acercó.
—Eso no va a pasar.
La sanadora asintió.
—Durante estas semanas no saldrás sola del territorio ni viajarás sin alguien de la manada.
Alyssa frunció el ceño.
—Comienzo la universidad.
—Viajarás con Nora y los demás.
—Ya pensábamos hacerlo.
—Bien.
La anciana sostuvo su mirada.
—Y no ocultarás ningún cambio.
—No lo haré.
—Ni siquiera si parece pequeño.
Alyssa asintió.
La sanadora le entregó un frasco con hierbas secas.
—Una infusión antes de dormir. Ayudará con la agitación.
Alyssa tomó el frasco.
Al ponerse de pie, el colgante que siempre llevaba oculto bajo la ropa escapó por el cuello de su blusa.
La luna creciente abrazando al lobo brilló brevemente bajo la luz.
La anciana quedó inmóvil.
Solo un segundo.
Después apartó los ojos.
—¿Sucede algo? —preguntó Alyssa.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Nora no pareció notarlo.
Alyssa sí.
Pero antes de que pudiera insistir, alguien llamó a la puerta.
Kaleb entró.
—Mi padre quiere saber si terminaste.
La sanadora recuperó la compostura.
—Ya terminamos.
Kaleb miró el frasco en manos de Alyssa.
—¿Todo está bien?
—Sí.
—¿Segura?
Ella sonrió.
—Solo son preparativos.
Kaleb observó a la sanadora.
La anciana sostuvo su mirada, serena.
—La joven está perfectamente bien.
Aun así, cuando Kaleb acompañó a Alyssa afuera, colocó una mano protectora en la parte baja de su espalda.
Un gesto casi inconsciente.
La sanadora los contempló desde la puerta.
Después bajó la vista hacia sus propias manos.
Faltaban treinta y nueve días.
La loba de Alyssa despertaría.
Y con ella podían despertar también cosas que llevaban demasiado tiempo ocultas.
⸻
Aquella noche, Rowan y Mara cenaron con Alyssa en el porche.
Kaleb se unió más tarde, cargando una carpeta llena de documentos del Consejo.
—No trabajas en la mesa —ordenó Mara.
—Solo necesito revisar unas páginas.
—Entonces las revisarás después.
Kaleb obedeció y dejó la carpeta a un lado.
Rowan sonrió.
—El futuro Alfa, derrotado otra vez.
—El liderazgo tiene límites.
—Y Mara es uno de ellos —dijo Alyssa.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre el inicio de clases, la estancia de Elara y la túnica ceremonial.
Rowan insistió en que acompañaría a Alyssa hasta el Bosque de la Luna.
Mara dijo que nadie habría podido impedirlo.
—Estaremos cerca todo el tiempo —prometió Rowan.
—No podrán intervenir —respondió Alyssa.
—No necesito intervenir para estar contigo.
Kaleb levantó la mirada.
Aquella frase se pareció demasiado a algo que él mismo le habría dicho.
—Yo también estaré —afirmó.
Rowan arqueó una ceja.
—La tradición solo permite al Alfa, la sanadora y la familia directa cerca del círculo.
—Soy el heredero.
—Eso no te convierte todavía en Alfa —dijo Alyssa, recordándole una conversación anterior.
Kaleb la miró.
—Encontraré una forma.
Rowan observó a ambos y sonrió con discreción.
—Puedes permanecer con los demás en el límite del claro.
—Demasiado lejos.
—Escucharás todo.
—Precisamente.
Alyssa pasó una mano por su brazo.
—Voy a estar bien.
Kaleb bajó los ojos hacia su mano.
—Lo sé.
Pero nadie en la mesa le creyó.
Mara dejó los cubiertos.
—Cuando llegue el momento, Alyssa necesitará sentir que confiamos en ella.
Kaleb asintió lentamente.
—Confío.
—Entonces déjala atravesarlo.
Él guardó silencio.
Alyssa apretó con suavidad su brazo.
—Cuando termine, serás de los primeros a quienes busque.
Kaleb volvió la cabeza.
—¿De los primeros?
Ella sonrió.
—El primero, si eso evita que discutas con todos durante las próximas cinco semanas.
—Treinta y nueve días —corrigió Liam desde la plaza, pasando frente a la casa.
Todos rieron.
Kaleb no.
Seguía mirando a Alyssa.
—El primero —repitió ella.
Solo entonces pareció satisfecho.
⸻
Más tarde, cuando Kaleb regresó a la Casa del Alfa, encontró a su padre de pie frente a la ventana.
—La Primera Luna de Alyssa está cerca —dijo el Alfa sin volverse.
Kaleb dejó la carpeta sobre la mesa.
—Toda la manada lo sabe.
—No toda la manada camina de un lado a otro cada vez que alguien la menciona.
Kaleb soltó una respiración cansada.
—No camino de un lado a otro.
Su padre se volvió lentamente.
—¿Esperas que sea ella?
La pregunta fue tan directa que Kaleb no consiguió preparar una respuesta.
—No debería esperar nada.
—No fue lo que pregunté.
El joven miró hacia la ventana.
Desde allí podía verse la luz encendida en la habitación de Alyssa, al otro lado de la plaza.
—Sí.
La confesión salió apenas por encima de un susurro.
Era la primera vez que lo decía en voz alta.
El Alfa lo observó sin sorpresa.
—¿Desde cuándo?
—No sé.
—Sí sabes.
Kaleb apretó la mandíbula.
—Desde antes de entender lo que significaba.
Su padre permaneció en silencio.
—No hay señales —continuó Kaleb—. Mi lobo no la reconoce. No puede hacerlo hasta que el suyo despierte.
—Pero tú sí la reconoces.
Kaleb volvió la cabeza.
—No de esa manera.
—¿No?
La pregunta lo obligó a pensar en todas las mañanas que había cruzado la plaza para buscarla. En cómo siempre encontraba su rostro entre la multitud. En el enojo que sintió al verla bailar con otro hombre. En las horas que Alyssa se había mantenido lejos y el vacío absurdo que aquello provocó.
—La amo —admitió.
No hubo dramatismo.
Solo una verdad demasiado antigua para continuar escondida.
Su padre bajó la mirada por un momento.
—¿Ella lo sabe?
—No.
—¿Por qué?
Kaleb soltó una risa sin humor.
—Porque en treinta y nueve días podría descubrir que está destinada a otro hombre.
—Y tú podrías descubrir que lo está para ti.
—Eso tampoco simplifica nada.
—¿Por qué no?
Kaleb miró a su padre con gravedad.
—Porque un Alfa no puede permitirse amar a una sola persona más que a toda su manada.
Las palabras habían formado parte de su educación desde niño.
Su padre frunció el ceño.
—¿Quién te enseñó eso?
—Tú.
—Te enseñé que un Alfa no debe sacrificar a la manada por sus deseos.
—Es lo mismo.
—No.
El Alfa se acercó.
—Amar no te vuelve incapaz de liderar.
—Te da algo que perder.
—Todo líder tiene algo que perder.
Kaleb volvió la mirada hacia la casa iluminada.
—Si Alyssa fuera mi compañera, cualquier enemigo sabría exactamente dónde herirme.
—Y si no lo fuera, ¿dejarías de amarla?
La pregunta lo dejó sin defensa.
No.
El vínculo podía no aparecer.
Su lobo podía guardar silencio para siempre frente a ella.
Eso no cambiaría lo que ya sentía.
—No —respondió.
Su padre asintió.
—Entonces tu miedo no comenzó con el destino.
Kaleb permaneció inmóvil.
—Comenzó cuando comprendiste que ella ya era tu punto más vulnerable.
Al otro lado de la plaza, la luz de la habitación de Alyssa se apagó.
Kaleb siguió mirando la ventana oscura.
Treinta y nueve días.
Eso era todo lo que separaba la esperanza de una certeza.
Treinta y nueve días para saber si la Luna había elegido a la misma mujer que él.
Y por primera vez, Kaleb comprendió que su mayor temor no era descubrir que Alyssa pertenecía a otro hombre.
Era descubrir que sí estaba destinada a él…
Y que amarla tanto pudiera convertirla en el único sacrificio que algún día no sería capaz de hacer.