Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 6: Una guerra llamada atracción
La sonrisa de Débora permaneció en la mente de Fabián mucho después de que se separaran en el jardín.
Y eso lo irritaba.
Porque él no era un hombre que se permitiera distracciones.
Mucho menos una como ella.
Desde hacía años había construido una vida basada en reglas simples: no confiar, no depender, no involucrarse.
Las emociones convertían a las personas en objetivos.
Y él tenía demasiados enemigos para darse ese lujo.
Sin embargo, aquella muchacha de ojos claros y carácter indomable parecía decidida a derribar cada una de sus defensas.
Sin siquiera intentarlo.
Esa noche, Fabián permanecía en su despacho revisando documentos.
Los números siempre le resultaban más fáciles que las personas.
Los números no mentían.
No traicionaban.
No abandonaban.
Pero por más que intentó concentrarse, una imagen seguía apareciendo.
Débora.
Sonriendo.
Molestándolo.
Desafiándolo.
Mirándolo sin miedo.
Soltó un suspiro de frustración.
—Esto es ridículo.
Entonces llamaron a la puerta.
—Adelante.
Entró Matilde.
—Señor.
—¿Qué sucede?
—La señorita Débora.
Fabián levantó la mirada inmediatamente.
Y aquello no pasó desapercibido para la mujer.
—¿Qué ocurre con ella?
—Nada grave.
Él se relajó sin darse cuenta.
—Entonces habla.
Matilde sonrió.
—Está intentando cocinar.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
—Dice que no puede vivir en una casa donde todos hacen todo por ella.
Fabián cerró los ojos.
—Dios mío.
—Eso mismo pensé.
Cinco minutos después, Fabián entraba en la cocina principal.
Y se encontró una escena inesperada.
Débora estaba cubierta de harina.
Completamente cubierta.
Había harina en su cabello.
En su vestido.
En la encimera.
Y probablemente hasta en el techo.
La joven sostenía una cuchara de madera como si fuera una espada.
—No te rías.
Fabián la observó.
—No lo estoy haciendo.
—Sí lo estás haciendo.
Y tenía razón.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo, una sonrisa genuina apareció en el rostro de Fabián.
Pequeña.
Pero real.
Débora se quedó inmóvil.
Aquella sonrisa transformó completamente su rostro.
Lo volvió más joven.
Más humano.
Más peligroso.
Porque era imposible no sentirse atraída por ella.
—Vaya... —murmuró.
Fabián dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Nada.
—Habla.
—No sabía que podías sonreír.
—No lo hago a menudo.
—Deberías hacerlo más.
Los ojos de ambos se encontraron.
Y el ambiente cambió.
Otra vez.
Aquella sensación extraña volvió a instalarse entre ellos.
Como una corriente invisible.
Como algo que ninguno entendía completamente.
—¿Qué estás intentando cocinar? —preguntó él finalmente.
—Galletas.
Fabián observó el desastre.
—¿Segura?
—Eran galletas cuando empecé.
Él soltó una pequeña carcajada.
Y Débora sintió que su corazón daba un salto inesperado.
Aquello era injusto.
Muy injusto.
Porque el hombre más arrogante, frío y controlador que había conocido también resultaba ser absurdamente atractivo cuando bajaba la guardia.
Y eso complicaba las cosas.
Mucho.
Durante los días siguientes, la convivencia comenzó a cambiar.
No demasiado.
Pero sí lo suficiente para que ambos lo notaran.
Fabián seguía siendo reservado.
Débora seguía discutiendo cada regla que consideraba absurda.
Pero ahora existían pequeños momentos.
Conversaciones breves.
Miradas largas.
Silencios cómodos.
Detalles que ninguno mencionaba.
Una tarde, Débora encontró una caja sobre su escritorio.
Frunció el ceño.
La abrió.
Y descubrió varios libros.
Libros relacionados con educación.
Pedagogía.
Psicología infantil.
Métodos de enseñanza.
Todos eran ediciones nuevas.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Corrió hacia el pasillo.
Y encontró a Matilde.
—¿Quién dejó esto?
La mujer fingió no saber nada.
—¿Libros?
—Matilde.
—Bueno...
—Matilde.
La mujer terminó sonriendo.
—El señor Fabián.
Débora quedó inmóvil.
—¿Fabián?
—Dijo que quizás te ayudarían a no aburrirte.
El corazón de Débora se aceleró.
Porque aquel regalo era diferente.
No eran joyas.
No era dinero.
No era lujo.
Era algo que demostraba que él había escuchado.
Que había prestado atención.
Que recordaba lo que era importante para ella.
Y eso la conmovió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Esa noche, cuando Fabián regresó a casa, encontró una pequeña nota sobre su escritorio.
La reconoció de inmediato.
Era de Débora.
La abrió.
Y leyó:
"Gracias por los libros."
Nada más.
Tres palabras.
Pero inexplicablemente, se encontró sonriendo.
Otra vez.
Sin embargo, mientras ellos comenzaban a acercarse...
Alguien más observaba desde las sombras.
Alguien que no estaba dispuesto a permitir que Fabián de Castro encontrara felicidad.
Ni tranquilidad.
Ni amor.
En una mesa de bar oscura, Luis Salazar vació una copa de licor.
Su aspecto era lamentable.
Pero sus ojos brillaban con algo peligroso.
Envidia.
Rencor.
Ambición.
Frente a él estaba sentado un hombre desconocido.
—Entonces es verdad —dijo aquel sujeto—. Tu hermana vive con De Castro.
Luis asintió.
—Sí.
—Y él la protege.
Luis apretó los dientes.
—Demasiado.
El hombre sonrió lentamente.
—Eso podría sernos útil.
Luis levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
El desconocido apoyó los codos sobre la mesa.
—Que todo hombre poderoso tiene un punto débil.
Y quizá...
Quizá acabamos de encontrar el suyo.
A kilómetros de allí, completamente ajenos al peligro que comenzaba a formarse...
Débora y Fabián observaban la misma luna desde ventanas diferentes.
Pensando el uno en el otro.
Luchando contra sentimientos que ninguno estaba preparado para aceptar.
Porque la atracción ya había comenzado.
Y toda guerra...
Tiene un momento en que deja de poder evitarse.