Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
NovelToon tiene autorización de Daemin para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: La fama tiene un precio
El sol se colaba por las cortinas del departamento, pintando rayos dorados sobre el piso de madera. La mañana en España comenzaba con ese calor característico que prometía un día abrasador. Dylan estaba sumergido en un sueño profundo, su cuerpo aún relajado después de la noche anterior, cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de noche.
El sonido perforó la tranquilidad matutina.
Dylan frunció el ceño sin abrir los ojos, estirando un brazo para buscar el dispositivo a tientas. Cuando finalmente logró agarrarlo y entrecerrar los párpados para ver la pantalla, su expresión cambió instantáneamente.
Papá.
Suspiró profundamente, dejando caer la cabeza contra la almohada por un segundo antes de reunir la voluntad para responder. Sabía que si no contestaba, las llamadas se repetirían hasta que lo hiciera. Su padre no era hombre que aceptara ser ignorado.
Se incorporó lentamente, cuidando de no hacer ruido para no despertar a Nathan, aunque al mirar al lado de la cama se dio cuenta de que ya estaba vacía. Desde la cocina llegaba el sonido de la cafetera y el movimiento de alguien preparando algo. Nathan ya estaba despierto.
Dylan se levantó y caminó hacia el balcón, deslizando la puerta de vidrio para salir al aire fresco de la mañana. Apoyó los brazos en la barandilla y finalmente aceptó la llamada, llevándose el teléfono al oído.
—¿Bueno?
La voz al otro lado fue directa, sin saludos ni cortesías.
—¿Cuándo piensas venir a la casa?
Dylan apretó la mandíbula, conteniendo las ganas de responder con un sarcasmo más filoso. En lugar de eso, se limitó a soltar una risa seca.
—Buenos días para ti también, papá. Sí, gracias, dormí bien. ¿Y tú?
Hubo un silencio breve del otro lado. Luego, la voz de su padre, más dura aún.
—No tengo tiempo para tus juegos, Dylan. Tu madre pregunta por ti. Llevas días en España y ni siquiera te has dignado a aparecer.
—He estado entrenando, papá. Tengo una competencia importante y—
—Siempre lo mismo. Esas carreras estúpidas, ese deporte sin futuro. Cuando vas a madurar y sentar cabeza como tu hermano.
Dylan cerró los ojos, apretando el teléfono contra su oreja mientras el aire matutino acariciaba su rostro. No iba a dejarse provocar. No hoy.
—Mira, papá, no voy a discutir esto contigo otra vez. Soy piloto, me va bien, y me gusta lo que hago. Si no te parece, lo siento, pero es mi vida.
—Tu vida —repitió su padre con desdén—. Claro, tu vida. Corriendo como un loco, siendo por la vida sin un futuro, buscando la muerte. Y ahora con ese tal novio.
Dylan sintió un chasquido interno. Siempre terminaban en el mismo punto.
—Nathan no es tema de discusión.
—Es un hombre mayor que tú. ¿Qué crees que quiere de alguien como tú?
—¿En serio vamos a tener esta conversación ahora? —la voz de Dylan se volvió cortante, perdiendo la paciencia—. Tengo veinticuatro años, papá. No soy un niño. Y Nathan me trata mejor que tú en toda mi vida.
La línea se quedó en silencio por un momento. Dylan podía imaginarse a su padre al otro lado, apretando la mandíbula, conteniendo el carácter explosivo que siempre lo había caracterizado.
—Solo ven a ver a tu madre —dijo finalmente, su voz más baja, pero no menos fría—. Te esperamos hoy.
—Voy a intentarlo. Tengo una gala esta noche, pero—
—Siempre hay una excusa.
—No es una excusa, es mi trabajo.
—Eso no es un trabajo, es un pasatiempo peligroso.
Dylan mordió el interior de su mejilla, contando hasta tres antes de responder.
—Voy a ir cuando pueda. Dile a mamá que la quiero.
Colgó antes de que su padre pudiera responder. Se quedó apoyado en la barandilla, mirando el horizonte de la ciudad sin realmente verlo. El aire fresco ayudaba a disipar la frustración que burbujeaba en su pecho.
La puerta del balcón se deslizó detrás de él.
—¿Todo bien?
Dylan se giró y encontró a Nathan apoyado en el marco de la puerta, una taza de café humeante en una mano y el cabello ligeramente despeinado, aún sin peinar después de la ducha. Vestía una bata de seda oscura abierta, revelando su torso marcado.
—Mi papá —respondió Dylan, encogiéndose de hombros—. El mismo disco rayado de siempre.
Nathan se acercó, entregándole la taza de café. Sus dedos se rozaron brevemente.
—¿Qué quería?
—Que vaya a ver a mi mamá. Y de paso recordarme que desaprueba todo lo que hago y con quién lo hago.
Nathan no dijo nada, pero su mandíbula se tensó ligeramente. Tomó un sorbo de su propio café, mirando el horizonte junto a Dylan.
—Vamos hoy.
Dylan lo miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Vamos a ver a tu madre. Después de la gala, o antes si tienes tiempo. Pero vamos.
—Nathan, no tienes que—
—No es por él. Es por ti. Y por tu madre.
Dylan lo observó por un largo momento. Había algo en la forma en que Nathan lo decía, sin rodeos, sin segundas intenciones, que hacía que su pecho se sintiera más ligero.
—Gracias —dijo finalmente, en voz baja.
Nathan simplemente asintió, dando otro sorbo a su café.
—Termina de arreglarte. La gala es en unas horas y no pienso llegar tarde porque mi gatito se quedó dormido.
Dylan rió, negando con la cabeza mientras entraba de nuevo al departamento.
—Sí, señor Liu, lo que usted diga.
—Eso me gusta más.
—No te acostumbres.
____
Cuando ambos terminaron de desayunar, se alistaron en silencio, cada uno en su propio ritmo. Dylan se colocó el conjunto azul cielo que su manager — se encargaba de su imagen pública desde que firmó con el equipo de Sebastian Kovač— le había enviado para la ocasión. No era una carrera ni un evento de prensa, pero su mánager insistía en que "nunca se sabe quién puede estar mirando".
Nathan, por su parte, eligió un traje gris oscuro, impecable, sin corbata. Sabía que no iba a una junta de negocios, pero tampoco quería dar la impresión de que tomaba la visita a la ligera. Después de todo, era la primera vez que conocería formalmente al padre de Dylan, y aunque ya sabía lo que podía esperar, Nathan no era de los que evitaban los conflictos.
—¿Listo? —preguntó Nathan, ajustándose los puños de la camisa mientras observaba a Dylan en el espejo del pasillo.
Dylan suspiró, lanzando una última mirada a su reflejo. No era miedo lo que sentía, sino esa molesta sensación de tener que enfrentar a su padre otra vez. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si las heridas no hubieran cicatrizado lo suficiente.
—Listo —respondió, aunque su tono no sonaba muy convencido.
Nathan había cancelado todos sus asuntos por ese día. Sin excepción. Alex había puesto el grito en el cielo cuando le avisó, pero Nathan había sido firme: "Hoy no estoy disponible para nada que no sea esto". Y aunque no lo dijo en voz alta, ambos sabían que no se trataba solo de conocer a la familia. Se trataba de estar ahí para Dylan, de mostrarle que, pase lo que pase, no iba a estar solo.
El viaje en auto fue largo. Dylan se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo, jugando distraídamente con su teléfono, aunque Nathan sabía que no estaba realmente mirando nada. De vez en cuando, Dylan levantaba la vista y miraba por la ventana, como si calculara cuánto faltaba para llegar a un lugar al que nunca había querido volver.
Nathan no dijo nada. No lo presionó. Solo puso una mano sobre su muslo, firme y tranquila, y la dejó ahí durante todo el trayecto.
Cuando finalmente llegaron, la casa de los Lara se alzaba frente a ellos. No era una mansión ostentosa, pero sí una residencia hermosa, de dos plantas, con un jardín bien cuidado y una fachada de ladrillo visto que irradiaba calidez. Un hogar que, en otros tiempos, debió haber sido feliz.
Dylan apagó el motor y se quedó quieto un segundo, respirando hondo.
—Bueno... allá vamos —murmuró, más para sí mismo que para Nathan.
Nathan asintió y bajó del auto sin prisas, rodeándolo para alcanzarlo justo cuando Dylan cerraba la puerta. No le tomó la mano, pero se mantuvo lo suficientemente cerca para que cualquiera entendiera que estaban juntos.
La puerta se abrió antes de que tocaran el timbre.
La señora Lara estaba ahí, con el cabello rubio salpicado de canas, los ojos brillantes y una sonrisa que iluminaba todo el umbral. No perdió un segundo. Corrió hacia Dylan y lo envolvió en un abrazo tan fuerte que por un momento el mundo pareció detenerse.
—¡Mi niño! —exclamó, con la voz quebrada por la emoción—. Por fin viniste.
Dylan se derritió en el abrazo, enterrando el rostro en el hombro de su madre. Por un instante, toda la tensión que había acumulado en el viaje pareció disiparse.
—Hola, mamá —murmuró, apretándola con fuerza.
Detrás de ella, Andrik apareció con una sonrisa amplia, los brazos cruzados y esa expresión suya de hermano mayor que lo había visto todo. Se acercó cuando su madre soltó a Dylan y lo abrazó también, aunque con un poco más de brusquedad.
—Ya era hora, pollito —dijo, dándole una palmada en la espalda—. Mamá no dejaba de preguntar por ti.
—Ya sé, ya sé —respondió Dylan, riendo por lo bajo.
Andrik levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Nathan. No hubo hostilidad, pero tampoco calidez. Solo una mirada larga, evaluadora, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.
—Nathan —dijo, con un tono neutral.
—Andrik —respondió Nathan, con la misma cortesía medida.
Ambos asintieron. No era amistad, pero tampoco era guerra. Era el tipo de respeto cauteloso que se tienen dos hombres que saben que, pase lo que pase, ambos quieren lo mismo: que Dylan esté bien.
La señora Lara, siempre oportuna, tomó a Nathan del brazo con una sonrisa cálida.
—Pasa, pasa, no te quedes en la puerta. Qué bueno que al fin podemos recibirte como se debe —dijo, guiándolo hacia el interior—. Dylan nos ha hablado tanto de ti...
—Mamá... —protestó Dylan, sonrojándose ligeramente.
—¿Qué? Es la verdad —respondió ella, sin inmutarse.
Nathan sonrió, dejándose llevar por la calidez de la mujer. Por un momento, el ambiente parecía casi normal.
Hasta que entraron a la sala.
morí olvidada reviví intocable 🤭