Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
No volví al salón.
No podía.
Mis pasos resonaban en el pasillo vacío, demasiado fuertes… demasiado presentes.
Como si cada uno dejara algo atrás. Como si ya no hubiera forma de borrar nada.
Mi respiración no se estabilizaba.
Y mi energía… tampoco.
No era solo inestabilidad.
Era algo más.
Como si algo dentro de mí hubiera despertado…
y ya no tuviera intención de volver a dormir.
Empujé la puerta del baño y la cerré con más fuerza de la necesaria.
El golpe retumbó en las paredes.
Demasiado fuerte.
Demasiado real.
Me apoyé en el lavabo, intentando sostenerme.
Levanté la mirada.
Y me vi.
Pero no completamente.
Por un segundo…
mis ojos no eran míos.
Un destello oscuro atravesó el reflejo.
Rápido. Preciso. Vivo.
Retrocedí de golpe.
—No… no, no…
El aire se me atoró en la garganta.
Me llevé las manos a la cabeza, apretando con fuerza, como si así pudiera detener lo que fuera que estaba pasando.
—Contrólate… —susurré—. Contrólate…
Pero no era solo control.
Era miedo.
Porque lo de afuera…
no había sido un accidente.
Había salido de mí.
Y él lo había visto.
Cerré los ojos con fuerza, como si pudiera borrar todo con eso.
Como si pudiera apagar esa sensación que seguía recorriéndome por dentro… inquieta, viva, respondiendo a algo que no entendía.
Entonces—
—Eso no lo puedes esconder.
Abrí los ojos de golpe.
El baño estaba vacío.
Completamente vacío.
Pero la voz…
la voz no.
Mi respiración se detuvo.
No venía de afuera.
Se sentía… demasiado cerca.
—Sal —dije, girando lentamente.
Silencio.
Pero ahora no era un silencio normal.
Era uno que contenía algo.
Algo que estaba ahí… aunque no pudiera verlo.
Y lo sentí.
Más cerca que antes.
Mucho más cerca.
El silencio no era vacío.
Era denso.
Como si el aire estuviera conteniendo algo…
o esperando.
No debía girarme.
Lo sabía.
Pero lo hice.
Lento.
Con el corazón golpeando tan fuerte que ya no sonaba como latido… sino como advertencia.
Y ahí estaba.
Apoyado contra la pared, completamente quieto.
Demasiado cómodo en un lugar que no le pertenecía…
como si en realidad, yo fuera la que estaba fuera de lugar.
No se movía.
No hablaba.
Solo me miraba.
Y esta vez…
no había distancia.
—¿Cómo entraste? —pregunté.
Mi voz no se sostuvo. Se quebró a la mitad.
Él inclinó ligeramente la cabeza, observándome como si esa pregunta no tuviera ningún peso.
—No es la correcta.
El aire se me atoró en la garganta.
—Entonces vete.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Lenta.
Medida.
Peligrosa.
—Sigues creyendo que puedes dar órdenes…
Mi energía reaccionó.
Pero no como antes.
No fue un pulso.
Fue una presión constante que subió desde mi pecho, expandiéndose por dentro, caliente, insistente… como si algo quisiera salir.
O responderle.
—No te acerques.
Di un paso atrás.
Él dio uno hacia adelante.
Nada más.
Pero el espacio cambió.
Se cerró.
Como si las paredes se hubieran movido sin que nadie las tocara.
Mi espalda chocó contra el lavabo.
Frío.
Demasiado real para lo que estaba pasando.
—Estás perdiendo el control —dijo en voz baja—. Lo sientes, ¿verdad?
Apreté los dientes.
—Cállate.
—Si sigues así… —continuó, ignorando completamente mi respuesta— no vas a poder detenerlo la próxima vez.
Mi respiración se quebró.
—¿Detener qué?
Silencio.
Pero no fue vacío.
Fue elección.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Más profundos.
Más oscuros.
Más… conscientes.
—A ti misma.
El golpe no fue físico.
Pero dolió igual.
No sonó como amenaza.
Sonó como algo que ya había visto antes.
Y eso lo hacía peor.
—No sabes nada —respondí, pero mi voz no me obedeció.
Él avanzó otro paso.
Más cerca.
Demasiado.
Ahora no solo lo veía.
Lo sentía.
Su presencia rodeándome, presionando contra la mía… desordenándola.
Y lo peor—
mi energía no lo rechazaba.
Respondía.
Como si lo reconociera antes que yo.
—Eso es lo que más te asusta… —murmuró, bajando aún más la voz—.
Hizo una pausa.
Lo suficiente para que mi cuerpo reaccionara antes que sus palabras.
—Que una parte de ti… no quiere que me vaya.
Negué de inmediato.
—No.
Mentira.
Él lo sabía.
Yo también.
El aire se volvió más pesado.
Más caliente.
Más cercano.
Y por un segundo…
dejé de respirar.
El aire ya no alcanzaba.
No de verdad.
Cada respiración era más corta. Más pesada.
Como si mi propio cuerpo estuviera rechazando lo que estaba pasando.
Y él…
no se movía.
Seguía ahí.
Tan cerca que un solo paso más…
rompería algo que ya no podría arreglar.
—Aléjate… —susurré.
Pero mi voz no tenía peso.
Ni siquiera sonó como una orden.
Él no respondió.
Solo me miró.
No como alguien que duda.
Como alguien que ya decidió.
Y entonces—
dio otro paso.
Demasiado.
La distancia desapareció.
Mi espalda se tensó contra el lavabo.
Mis manos se aferraron al borde, como si eso fuera lo único que me mantenía en su lugar… o lejos de él.
Pero no servía de nada.
Porque ahora podía sentirlo.
No solo su presencia.
Él.
Rodeándome. Presionando contra mi energía… desordenándola.
Y lo peor—
mi energía no se defendía.
Respondía.
Subió de golpe.
Caliente. Intensa. Incontrolable.
Recorriéndome como una corriente que no sabía si quería escapar… o quedarse.
—No… —murmuré, cerrando los ojos apenas un segundo.
Pero no desapareció.
Nada desapareció.
—Escúchame —dijo él, más bajo, más cerca—. No tienes mucho tiempo.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Tiempo para qué?
Sus ojos cambiaron apenas.
No en forma.
En intención.
—Para entender lo que eres… antes de que alguien más lo haga por ti.
Sentí el vacío antes de entenderlo.
Un hueco directo en el estómago.
—¿Quién? —pregunté, casi sin voz.
Silencio.
Pero esta vez…
sí dudó.
No porque no supiera.
Porque estaba eligiendo decirlo.
—Mi padre.
El impacto fue inmediato.
No físico.
Pero suficiente para desordenarlo todo.
—El enemigo de mi papá…
Las palabras se quedaron a la mitad.
No necesitaban terminarse.
Él no lo negó.
No lo suavizó.
Solo sostuvo mi mirada.
Confirmación.
Mi corazón golpeó más fuerte.
Demasiado rápido.
—¿Por eso estás aquí? —pregunté—. ¿Para entregarme?
La palabra salió más afilada de lo que esperaba.
Más… herida.
Por un segundo—
algo cambió en su expresión.
No completamente.
Pero lo suficiente.
—Si quisiera hacer eso… —murmuró— ya lo habría hecho.
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
Real.
—Entonces ¿qué quieres? —exigí.
Esta vez no retrocedí.
Aunque no supiera por qué.
Él se inclinó apenas más.
Lo suficiente para invadir todo el espacio que quedaba entre nosotros.
Su voz bajó.
Y esta vez…
no sonó como amenaza.
Tampoco como respuesta simple.
—Entender por qué eres diferente.
Mi energía reaccionó de inmediato.
Pero no como antes.
Explotó.
Un pulso más fuerte. Más inestable. Más vivo.
El espejo detrás de mí vibró.
Un sonido seco.
Una línea fina apareció en el cristal.
Respiré mal.
Tarde.
—¡Detente! —dije.
Pero ya no sabía si se lo decía a él…
o a mí.
Porque esta vez…
no estaba segura de poder contenerlo.
La grieta en el espejo se extendió.
Lenta.
Silenciosa.
Como si no viniera del vidrio…
sino de mí.
Mi respiración se desordenó.
Mis manos temblaban.
Y mi energía—
ya no era algo que pudiera ignorar.
—Detente.
Su voz cambió.
No era provocación.
No era burla.
Era advertencia.
Real.
—No sabes lo que estás a punto de hacer.
—¡No me digas qué hacer! —respondí.
Pero la fuerza no llegó completa.
Mi voz se rompió a la mitad.
Otra vibración sacudió el baño.
Más fuerte.
El lavabo crujió.
El espejo se abrió un poco más.
—Escúchame —insistió, acercándose lo justo para que no pudiera apartarlo—. Si pierdes el control aquí… no vas a poder volver atrás.
El golpe de sus palabras no fue miedo.
Fue certeza.
Cerré los ojos con fuerza.
—No puedo… —susurré.
Y esta vez…
no lo negué.
No lo escondí.
No podía controlarlo.
Mi energía subió de golpe.
Más intensa.
Más agresiva.
El aire se volvió denso. Difícil de respirar.
Un foco parpadeó.
Luego otro.
—Mírame.
Su voz bajó.
Pero ahora era firme.
Negué con la cabeza.
—No…
—Estrella.
Mi nombre en su voz…
me atravesó.
—Mírame.
Abrí los ojos.
Y lo vi.
Más cerca que nunca.
Sus ojos ya no ocultaban nada.
Oscuros.
Profundos.
Peligrosos.
Pero no había burla.
No había juego.
Había intención.
Firme. Clara.
—Respira conmigo —murmuró.
—¿Qué…?
Mi voz salió rota.
—Respira.
No sonó como una sugerencia.
Sonó como la única opción.
Mi cuerpo dudó.
Un segundo.
Dos.
Pero lo hizo.
Inhalé.
El aire entró mal.
Desordenado.
Exhalé.
Otra vez.
Él no apartó la mirada.
No se movió.
Solo… esperó.
Inhalé otra vez.
Más lento.
Más consciente.
Y poco a poco…
la presión empezó a ceder.
No desapareció.
Pero dejó de empujar.
El aire dejó de vibrar.
El foco se estabilizó.
La grieta en el espejo…
se detuvo.
Mi energía siguió ahí.
Pero ya no estaba rompiéndolo todo.
Abrí los ojos completamente.
Y por primera vez…
lo vi diferente.
No estaba provocando.
No estaba empujando.
No estaba jugando.
Estaba sosteniéndome.
Sin tocarme.
Eso…
me descolocó más que todo lo anterior.
—¿Por qué…? —empecé.
Pero no terminé.
Porque en ese instante—
la puerta del baño se abrió de golpe.
La puerta golpeó contra la pared.
Fuerte.
Seco.
—¿Estrella?
Una chica del salón asomó la cabeza.
Su voz dudó al verme.
Yo seguía ahí.
Inmóvil.
Con la respiración desordenada.
Con el corazón aún fuera de ritmo.
Parpadeé.
Una vez.
Otra.
Intentando volver.
Intentando parecer… normal.
—Estoy… bien —dije.
Pero la mentira no se sostuvo.
Ni siquiera en mi propia voz.
La chica frunció el ceño.
—Se escuchó raro… como si algo se hubiera roto.
Mi mirada se movió sola.
Directo al espejo.
La grieta.
Más grande.
Más visible.
Más imposible de ignorar.
Tragué saliva.
—Se cayó algo.
Silencio.
Ella no discutió.
Pero tampoco se lo creyó del todo.
Se quedó un segundo más de lo necesario.
Observándome.
Midiendo.
—Bueno… —murmuró al final—. El maestro te está buscando.
Asentí.
Sin confiar en mi voz.
La puerta se cerró otra vez.
Y entonces—
el silencio regresó.
Pero no era el mismo.
Porque él ya no estaba.
Otra vez.
Miré alrededor.
Vacío.
Demasiado limpio.
Demasiado normal…
para lo que acababa de pasar.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Pero mi cuerpo—
sabía la verdad.
Aún podía sentirlo.
Más débil.
Más lejano.
Pero presente.
Como una marca que no desaparece.
—¿Por qué…? —susurré.
No hubo respuesta.
Solo mi reflejo.
Y la grieta.
Me acerqué lentamente.
Cada paso más consciente que el anterior.
Levanté la mano.
Y justo antes de tocar el vidrio—
lo sentí.
No a él.
A alguien más.
Mucho más lejos.
Mucho más frío.
Mucho más…
peligroso.
Mi respiración se detuvo.
No era curiosidad.
No era duda.
Era algo más primitivo.
Más directo.
Vigilancia.
Como si unos ojos invisibles acabaran de fijarse en mí.
Como si hubieran estado esperando este momento.
Observando.
Midiendo.
Decidiendo.
Y esta vez—
no hubo confusión.
No era imaginación.
No era el miedo.
Era real.
No solo él sabía dónde estaba.
Alguien más…
también.