un caos en tacones
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Cap 6
¡Paren todo! El momento ha llegado. Alek Volkov, el hombre que decide quién vive y quién muere en el puerto, está parado frente a una puerta pintada con arcoíris y nubes de algodón. Lleva un café negro en la mano, un traje que grita "soy millonario" y una sobrina de cinco años, Katia, que lo mira como si fuera un alienígena. E Ivan... bueno, Ivan está disfrutando esto más que un niño en una dulcería.
Alek empujó la puerta de la oficina de la directora. Renata estaba de espaldas, organizando unos expedientes en un estante alto. Al escuchar el paso pesado de Alek, se giró con la elegancia de una gacela.
—Buenos días, en un momento los atien... —Renata se detuvo en seco. Sus ojos avellana recorrieron los 1.90 metros de Alek, deteniéndose en esa sonrisa sexy que él intentaba (y fallaba) ocultar—. Oh. El "Gigante de Vitrina". Qué sorpresa. ¿Te perdiste camino a una sesión de fotos?
¡Toma! Round uno para la maestra. Ni un "hola", directo a la yugular. Miren la cara de Alek, está tratando de mantener la fachada de "tutor responsable" mientras su ego sangra un poquito.
—Señorita Valdés —dijo Alek, bajando el tono de voz para sonar profesional, aunque su mirada devoraba cada rizo de ella—. No estoy perdido. Estoy aquí por negocios... familiares. Soy el tutor legal de Katia Volkova.
Renata bajó la mirada hacia la niña. Su expresión cambió al instante. La frialdad desapareció y una dulzura genuina iluminó su rostro. Se puso de cuclillas para estar a la altura de la pequeña, ignorando por completo la imponente presencia de los dos rusos.
—Hola, Katia. Qué ojos tan bonitos tienes —dijo Renata en un ruso perfecto (cortesía de sus años de estudio, porque esta mujer es un estuche de monerías)—. Yo soy Miss Renata y este va a ser tu nuevo lugar de juegos.
Alek e Ivan se quedaron de piedra. ¿Ruso? ¿La maestra mexicana hablaba su idioma con un acento que sonaba a seda y terciopelo?
—¿Hablas ruso? —soltó Ivan, acercándose con una sonrisa encantadora y apoyándose en el escritorio de Renata—. Preciosa, eres una caja de sorpresas. Alek, te dije que era inteligente, pero esto es otro nivel. Soy Ivan, por cierto, el que tiene mejor carácter de los dos.
Renata se levantó, recuperando su postura profesional y lanzándole a Ivan una mirada divertida pero firme.
—Mucho gusto, Ivan. Y sí, hablo cuatro idiomas. Ser maestra requiere cerebro, no solo paciencia —luego miró a Alek, quien no dejaba de verla—. Señor Volkov, acompáñeme a ver las instalaciones. Katia, puedes ir con Miss Gaby a ver el área de juegos un momento.
Caminaron por el pasillo. Alek se sentía fuera de lugar entre dibujos de crayola y olor a pegamento, pero no podía dejar de mirar cómo Renata se movía.
—Este es el salón de música, allá el comedor —explicaba Renata con voz fluida—. Aquí seguimos reglas estrictas, señor Volkov. No me importa cuánto dinero tenga o qué tan grande sea su auto. Aquí lo único que importa es la seguridad y el bienestar de los niños. ¿Le quedó claro o necesita que se lo dibuje con manzanas?
Ivan soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—¡Manzanas! ¡Alek, te ofreció dibujitos! —Ivan le guiñó un ojo a Renata—. Me encantas, de verdad. Si este gruñón no te convence, yo estoy disponible para las juntas de padres de familia.
Alek se detuvo, obligando a Renata a girarse. La cercanía era peligrosa. Él podía oler su perfume de vainilla y ella podía sentir el calor que emanaba de ese muro de músculos.
—Me queda claro, Maestra —dijo Alek, acortando la distancia—. Pero no se confunda. No vine aquí a jugar. Vine a asegurarme de que mi sobrina esté en las mejores manos. Y por lo que veo... usted tiene manos muy capaces.
La Conciencia: Uf, la tensión se puede cortar con un cuchillo de plástico de la cocina de juguete. Él está intentando marcar territorio, pero ella lo mira como si fuera un examen que está a punto de reprobar. Alek cree que tiene el control, pero acaba de entrar al único lugar del mundo donde él no es el jefe... el reino de Miss Renata.
Renata sostuvo la mirada, sin retroceder, con un brillo de desafío en sus ojos.
—Las mejores manos, sí. Pero también las más firmes. Si Katia se queda, usted se ajusta a mis horarios y a mis normas. ¿Trato hecho?
Alek sonrió. No era una sonrisa de negocios, era una sonrisa de "has captado toda mi atención".
—Trato hecho, Malen'kiy vikhre (Pequeño tornado).
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