El Ducado de Valerius es conocido como la tierra del invierno eterno, y su gobernante, el gran Duque Cédric, como un hombre despiadado que combate a los monstruos de las fronteras con magia de hielo. Tras la muerte de su esposa, el ducado se volvió aún más frío, y su pequeño hijo, Theo, crece imitando la severidad de su padre, privado de toda infancia.
Por un antiguo pacto de sangre y gratitud, el Conde Kalen ofrece la mano de su amada hija, Alissa, una joven tímida pero rebosante de alegría y una sutil bendición de luz. Cédric acepta: él necesita una madre perfecta para su heredero, y ella desea proteger a su padre.
Alissa llega a un palacio gris decidida a cumplir una misión: devolverle la sonrisa al pequeño Theo y demostrarle que la calidez puede derretir incluso el hielo más grueso.
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Capitulo 2
El gran comedor del ducado Valerius era tan acogedor como una cripta. La enorme mesa de roble negro era tan larga que Alissa sentía que necesitaba un megáfono para comunicarse con el duque, quien se sentaba en el extremo opuesto. El único sonido en el lugar era el tintineo metálico de los cubiertos contra la porcelana fina.
Theo estaba sentado a la derecha de su padre. El niño manejaba el cuchillo y el tenedor con una destreza que daba miedo para sus seis años; no tiraba una sola miga, no hacía ruido al masticar y mantenía la espalda tan recta que parecía tener una espada clavada en la columna.
Alissa, que estaba acostumbrada a las cenas ruidosas con su padre en el sur, donde se reían y compartían anécdotas del día, sentía que el silencio le aplastaba el pecho.
—Theo —llamó Alissa suavemente, rompiendo la regla implícita de no hablar durante los alimentos.
El niño se congeló con el tenedor a mitad de camino y alzó la vista, parpadeando con solemnidad. Cédric también detuvo sus movimientos, clavando sus ojos azules en ella.
—Me di cuenta de que tu uniforme tiene el bordado del león de invierno un poco hacia la izquierda —comentó ella con una sonrisa cálida, tratando de aligerar el ambiente—. En mi hogar, solía coser amuletos de buena suerte en los dobladillos de la ropa de mi padre. Si quieres, mañana puedo bordar un pequeño copo de nieve con hilos de luz en el tuyo. Dicen que protege contra los resfriados del norte.
Theo miró el bordado de su pecho y luego miró a su padre, esperando aprobación.
—Un heredero de Valerius no necesita amuletos, Lady Alissa —intervino Cédric, con esa voz profunda que parecía hacer vibrar las copas de cristal—. Su uniforme está bendecido por el Sumo Sacerdote del Templo. La magia de luz ornamental es innecesaria aquí.
El tono del duque no era hostil, simplemente era... plano. Pragmático. Como si estuviera leyendo un informe militar en lugar de hablar con su esposa.
Alissa sintió una punzada de timidez y bajó un poco la cabeza, jugando con su comida. "Qué hombre tan difícil", pensó, sintiendo un poquito de frustración. Pero cuando volvió a mirar a Theo, notó que el niño la observaba de reojo, con una chispa de genuina curiosidad en sus ojitos apagados. Eso le dio fuerzas. No se iba a rendir.
Justo cuando Alissa iba a responder, las pesadas puertas dobles del comedor se abrieron de par en par con un estruendo, interrumpiendo la tensión.
—¡Vaya, qué alegría me da ver que no te has congelado por completo en mi ausencia, Cédric! —una voz masculina, vibrante y llena de burla, resonó por todo el salón.
Un joven de cabello rubio brillante y ojos verdes cargados de picardía entró como si fuera el dueño del lugar. Vestía ropas de seda fina con los colores dorado y blanco de la familia imperial, y una capa que arrastraba con total elegancia y cero preocupación por el protocolo.
Era el Príncipe Heredero, Christopher Reinhardt.
—Christopher —gruñó Cédric, soltando el tenedor con un suspiro pesado que delataba que esto pasaba más seguido de lo que le gustaría—. Te he dicho mil veces que anuncies tus visitas. Las fronteras están inestables y no tengo tiempo para tus caprichos.
—Oh, vamos, no seas tan amargado. Me enteré de que tu carruaje del sur llegó hoy y no pude aguantar las ganas de conocer a la valiente mujer que aceptó encerrarse en este bloque de hielo contigo —Christopher ignoró por completo las quejas del duque y se dirigió directamente hacia Alissa.
El príncipe se inclinó con una gracia exagerada, tomó la mano de Alissa y depositó un suave beso en el dorso, dedicándole una sonrisa encantadora.
—Un enorme placer, Lady Alissa. Soy Christopher, el desagradable que tiene que aguantar el mal humor de su esposo en la capital. Debo decir que el Conde Kalen tenía razón: eres un rayo de sol absoluto.
Alissa se sonrojó por completo, sorprendida por la informalidad del futuro emperador, pero no pudo evitar soltar una pequeña risita tímida que sonó como campanitas en el silencioso comedor.
Al escuchar esa risa, Cédric entrecerró los ojos y una extraña opresión se instaló en su pecho. Theo, por su parte, miraba al príncipe y luego a Alissa, completamente fascinado por el repentino desorden en su aburrida rutina.
me gustó porque tuvo de todo y también un dicho más vale muy corto y hermoso que largo y frustrarte
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