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El Bully Que Se Enamoró

El Bully Que Se Enamoró

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Escuela / Romance
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El rosarino

Junio entró con el frío de verdad. En El Trébol se sentía en los bancos del patio que amanecían mojados y en la bufanda que mamá me obligaba a ponerme aunque adentro del colegio me la sacara a los cinco minutos. Yo seguía con la trenza, pero ya no tan tirante. No porque me hubiera animado a soltármela, sino porque después de lo de la biblioteca me daba menos vergüenza que se me escaparan mechones.

Thiago no me dijo más “Cuatro ojos” en toda la semana siguiente. No me dijo nada, en realidad. Pasaba por al lado de mi banco y no tiraba nada, no me pedía la tarea, no se reía cuando Ramiro hacía un chiste sobre mí. Al principio pensé que se había aburrido. Después me di cuenta de que era peor: me miraba.

No como antes, para ver si me ponía colorada. Me miraba cuando yo hablaba con Santiago en Literatura. Cuando le pasaba los apuntes de Historia a Valentina. Cuando me reía —poco, pero me reía— porque Santiago me contó que en Rosario tenía una hermana que le robaba las zapatillas. Thiago estaba al fondo, con la campera en el respaldo de la silla, y cada vez que yo levantaba la vista él bajaba la suya al cuaderno como si estuviera escribiendo. Pero no escribía nada.

El lunes la profe Susana nos hizo leer en voz alta un poema de Pizarnik. Me tocó a mí. Leí bajito, con la voz que me salía cuando sabía que todo el curso escuchaba. Cuando terminé, Santiago me dijo “leíste bien”. Thiago no dijo nada, pero vi que apretó el lápiz hasta que se le marcaron los nudillos blancos.

A la salida de Literatura Santiago me alcanzó en el pasillo.

—Che, Ríos, ¿tenés los apuntes de la clase pasada? Falté por el médico.

—Sí. Te los paso mañana.

—Dale, gracias.

Thiago venía tres pasos atrás con Ramiro. No escuché lo que le dijo Ramiro, pero sí la respuesta:

—Callate.

No fue gritado. Fue seco. Ramiro se le quedó mirando raro y no dijo más nada.

El miércoles Susana nos volvió a poner de a dos. Santiago se sentó conmigo sin preguntar, como la otra vez. Esta vez Thiago levantó la mano.

—Profe, ¿puedo cambiar de grupo?

—¿Con quién, Benítez?

—Con Ríos.

Toda el aula giró. Ramiro se rio. Lautaro hizo “uhhh” bajito. Susana levantó las cejas.

—Ya están de a dos. Quedate donde estás.

Thiago no insistió. Pero se pasó toda la hora mirando para nuestro banco. No al trabajo. A mí. Y a Santiago.

Cuando sonó el timbre, Santiago juntó sus cosas y me dijo “nos vemos”. Yo estaba guardando la carpeta cuando sentí la sombra.

—Borrás eso —me dijo Thiago, señalando el margen de mi hoja.

Había dibujado una campera colgando de un hombro sin darme cuenta. Lo tapé con la mano.

—No es nada.

—Borralo.

—Dejame en paz, Benítez.

Se quedó parado. Por primera vez no tenía cara de canchero. Tenía la mandíbula tensa y los ojos clavados en la hoja.

—¿Te gusta Santiago?

—Te dije que no es tu problema.

—Contestame.

—No. No me gusta. ¿Contento?

No dijo nada. Se dio vuelta y se fue. Pero cuando pasó por al lado de Santiago, que estaba hablando con Valentina en la puerta, le dio un empujón con el hombro que casi lo tira contra los lockers.

—Perdón —dijo Thiago, sin sonar perdón.

Santiago lo miró confundido. —Todo bien.

Yo me quedé con la mano apretando la hoja. La campera dibujada se me había corrido el trazo.

El jueves no fui a la biblioteca. Me quedé en el patio, en el banco de cemento al lado del mástil, con el alfajor que me había comprado. No quería que Thiago entrara y se sentara de vuelta. No quería que me preguntara más cosas que yo no sabía contestar sin temblar.

Igual vino.

Se sentó en la otra punta del banco. No trajo a nadie. Tenía las manos en los bolsillos de la campera y la vista al frente, a los de primero que jugaban al quemado.

—Yo no te empujé ayer a propósito —dijo de golpe.

Lo miré. —¿A mí?

—No. Al rosarino.

—Ah.

Silencio.

—¿Por qué te hacés la trenza floja ahora? —preguntó después.

Me quedé dura. ¿Se había dado cuenta?

—Porque me duele la cabeza si me la ato fuerte.

—Te queda mejor.

Me salió una risa chiquita, nerviosa. —¿Me estás cargando?

—No. —Se pasó la mano por el pelo—. No te estoy cargando.

Se paró. Antes de irse, me miró dos segundos más de la cuenta.

—No hables tanto con Santiago.

—No me digas con quién hablo.

—No te lo digo. Te lo pido.

Y se fue caminando rápido, con las manos todavía en los bolsillos.

Me quedé con el alfajor a medio comer y con el pecho raro, como cuando corrés en Educación Física y después te falta el aire pero no sabés si es por cansancio o por otra cosa.

Esa noche le conté a mamá que me dolía la cabeza. No mentí del todo. Me hizo un té y me dijo que me sacara los anteojos un rato para descansar la vista.

En mi pieza me miré al espejo con el pelo suelto. Me lo até otra vez, ni muy tirante ni muy flojo. En el cuaderno de Lengua, abajo del “Thiago” que había tapado con liquid paper, escribí “no te lo digo. Te lo pido.” y lo encerré en un círculo chiquito.

Al otro día Santiago me pidió los apuntes de Historia y se los di. Thiago nos vio desde el banco del fondo. No dijo nada. Pero cuando salimos al recreo, me lo crucé en el pasillo y no me dijo “Cuatro ojos”.

Me dijo “Ríos”.

Solo eso. Ríos.

Y yo, que había pasado dos meses odiando mi apellido en su boca, sentí que por primera vez sonaba distinto.

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Veronica Asuncion Caglia Mongelos
me encanto la historia de los dos.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia
Melu♡: muy buena sugerencia 🥰 la voy a tener en cuenta. besos
total 2 replies
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