Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.
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En alta mar
Habían pasado veinte días desde que Aralisse zarpó de las costas de Zaryah rumbo a Eluniah. Desde entonces, el movimiento constante del mar había marcado su rutina con una precisión casi agotadora.
El barco se mecía suavemente sobre las olas y el sol entraba cada mañana por la pequeña escotilla de su camarote, iluminando el escritorio cubierto de libros y pergaminos. Allí pasaba casi todo su tiempo.
Su rutina era siempre la misma: despertar antes del amanecer, cepillar su cabello con calma y leer durante horas sobre la historia, la política y las costumbres de Eluniah.
Después escribía apuntes con su caligrafía perfecta, intentando memorizar todo lo posible.
A mediodía tomaba una comida ligera que Lysandre o Erak le enviaban, aunque rara vez terminaba más de la mitad. Luego continuaba estudiando, leyendo sobre los clanes guerreros de Eluniah y su compleja jerarquía mágica.
Por las noches, mientras el resto de la tripulación reía en cubierta, Aralisse observaba el horizonte desde la escotilla de su camarote, dejando que la brisa salada le refrescara el rostro. A veces cerraba los ojos e imaginaba los jardines de Lysirah, los pasillos del palacio y la voz suave de su madre recitando antiguas oraciones junto al fuego...
Pocas veces salía de su habitación, sentía que simplemente ya no podía confiar en nadie. Y aunque no lo decía en voz alta, todos notaban la distancia que había comenzado a poner ella y el resto.
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En el comedor del barco, Lysandre y Erak compartían la mesa principal casi en silencio, mientras el resto de la tripulación cenaba en mesas más pequeñas entre murmullos y risas.
Lysandre apartó el plato sin haber probado bocado. Su expresión, normalmente tranquila, mostraba un evidente cansancio.
—No ha salido del camarote en siete días —murmuró, mirando hacia el pasillo que conducía a las habitaciones nobles—. Ni siquiera al amanecer, cuando el mar está más calmado.
Erak levantó la vista y asintió con gravedad.
—Desde aquella noche… cuando habló con la reina Selarya, evita cualquier contacto.
Lysandre apoyó los codos sobre la mesa y se frotó las sienes.
—Lo que hice con la sirvienta estuvo mal. No fue digno de un noble. Pero… mi error me trajo consecuencias. Estoy seguro de que acepto a la joven para castigarme.
Soltó una risa amarga.
Erak entrelazó los dedos sobre la mesa. Su postura seguía siendo firme, aunque el tono de voz era más suave.
—No la culpes, Lysandre. Yo también le oculté información y ella creyó que estabas simpatizando con quién ella considera el enemigo. La princesa carga demasiadas cosas encima: perdió a sus padres, fue traicionada por su propia sangre… y aun así partió sola hacia un reino que apenas conoce. Todo esto la supera y probablemente no sabe cómo manejarlo.
—Lo sé —respondió Lysandre en voz baja—. Pero no puedo evitar preocuparme. Come poco, duerme poco… y no deja que nadie entre a verla.
El sonido del mar llenó el silencio que siguió.
Por un momento ambos permanecieron callados, escuchando el crujido del barco y el golpeteo lejano de las velas movidas por el viento.
Finalmente, Erak habló de nuevo:
—Dale espacio. Está nerviosa por llegar al Imperio. No sabe qué le espera y eso le genera ansiedad.
Lysandre asintió, aunque su expresión no cambió. —Aun así, su rutina no es saludable. A este ritmo va a enfermar antes de llegar a Eluniah.
Erak asintió lentamente, pero ninguno volvió a hablar.
En la cubierta baja, en un pequeño comedor reservado para las damas de compañía, ellas también cenaban juntas.
Selinah, Helaena y Liriah compartían una mesa sencilla con frutas, queso curado y una jarra de vino especiado. Era una de las pocas veces en que el silencio del viaje no resultaba incómodo.
—La princesa no ha salido en todo el día —murmuró Helaena mientras partía un trozo de pan—. Ni siquiera para tomar aire.
Su tono dejaba ver preocupación, aunque también resignación. Ya había aprendido que insistir demasiado solo conseguía que Aralisse se encerrara más.
Selinah bajó la mirada y asintió.
—Está agotada. Zaryah fue un desastre… no debe ser fácil procesar todo lo que pasó.
Luego decidió cambiar el tema.
—Liriah, ¿te gusta la vida en el mar?
—Mucho —respondió ella con naturalidad mientras servía un poco de vino—. Aunque confieso que tengo curiosidad por el Imperio. Quiero ver cómo es vivir en otro reino.
Selinah se recargó en la silla.
—Yo extraño el ruido de la ciudad. Aquí, cuando todos duermen, solo se escucha el mar. Hay demasiado silencio.
—A mí me gusta —dijo Liriah encogiéndose de hombros—. En Zaryah dormía escuchando las olas contra las rocas. Me ayuda a dormir.
Helaena negó con la cabeza.
—Yo jamás podría. Me daría miedo.
Las tres rieron.
—¿Y ustedes qué extrañan? —preguntó Liriah con curiosidad.
Helaena respondió primero:
—Mis espejos.
Selinah rodó los ojos.
—Qué sorpresa. Yo extraño mis libros.
—¿Y tú, Liriah? —preguntó Helaena, dándole un pequeño golpe con el codo—. ¿Qué dejaste en Zaryah?
La joven bajó la mirada un momento.
—Mi gato —respondió finalmente—. Se llamaba Milo. Tenía una oreja doblada y robaba pescado de la cocina.
Hubo un breve silencio antes de que Helaena se echara a reír.
—Bueno, aquí nadie puede robarte la comida.
—Todavía —añadió Selinah con una sonrisa divertida—. Espera a que se termine el pan fresco.
Las tres volvieron a reír sin notar que, afuera, el cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras.
La noche cayó sobre el mar envuelta en niebla.
En el camarote de Aralisse, una vela se consumía lentamente sobre el escritorio. El aire olía a tinta, papel y sal.
La princesa llevaba horas inclinada sobre los pergaminos. Sus notas seguían siendo precisas y ordenadas, pero hacía rato que ya no estaba leyendo realmente.
Apoyó la frente sobre el libro y cerró los ojos.
Su mente viajó sin permiso hacia Myrelle, hacia el perfume de su madre y hacia la risa de Lyrien corriendo por los jardines.
Por primera vez en días, sintió los ojos humedecerse.
El sonido de la puerta al abrirse la sobresaltó.
—¿Otra vez despierta? —preguntó Lysandre entrando sin anunciarse.
Llevaba el cabello algo despeinado por el viento y la capa húmeda por las olas.
Aralisse no levantó la vista.
—Estoy estudiando.
—Eso llevas diciéndome veinte días —replicó él mientras se apoyaba contra el marco de la puerta—. No recuerdo la última vez que comiste con la tripulación o con tus damas.
—No tengo por qué hacerlo.
Lysandre soltó una risa seca.
—Porque eres la princesa, claro.
Ella levantó la mirada entonces, cansada.
—¿Qué quieres?
—Sé que sigues molesta —respondió él sin rodeos—. Y que crees que encerrarte va a solucionar algo.
La vela chispeó entre los dos.
—No hables como si me conocieras.
—Te conozco mejor de lo que quieres admitir.
—No es cierto —respondió ella inmediatamente.
Hubo un breve silencio. El barco volvió a moverse lentamente sobre las olas.
Lysandre suspiró.
—¿Por qué aceptaste traer a Liriah?
—No tengo por qué darte explicaciones —contestó Aralisse con frialdad.
—Sí las tienes. Nos viste juntos y desde entonces actúas diferente. ¿Es por mí?
Aralisse se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste.
Ella lo miró con incredulidad.
—No puedo creer que seas tan egocéntrico. Traje a Liriah conmigo porque es joven e inteligente. Con la educación adecuada puede tener una mejor vida. En el Imperio podrá aprender mucho más que en Zaryah.
Lysandre guardó silencio unos segundos.
—Entiendo —murmuró finalmente—. Me disculpo.
—Lárgate de aquí —respondió la princesa.
Lysandre bajó la mirada un instante.
—Ya no sé cómo llegar a ti —susurró.
El sonido de sus pasos se mezcló con el crujido de la madera hasta desaparecer por el pasillo.
La puerta se cerró.
Aralisse permaneció inmóvil unos segundos más, molesta.
Luego tomó la pluma y volvió a escribir.