Zaya siempre fue rechazada por su manada por no transformarse en el tiempo esperado. Cuando finalmente despierta a su loba, Sura, aun así es expulsada tras ser rechazada por su compañero destinado, el alfa Varg. Condenada como renegada, sobrevive en el bosque hasta encontrar la Manada de la Oscuridad.
Allí conoce a Zack, otro renegado, con quien crea un vínculo muy fuerte. Ambos se ven envueltos en un conflicto mayor cuando Zack descubre que es el compañero destinado de Maia, hermana del temido Alfa Razkan (Sombra), líder de la manada. Esto provoca tensiones entre el destino, la lealtad y la autoridad.
Mientras Zaya intenta adaptarse y sobrevivir en este nuevo mundo, secretos sobre el pasado de Razkan y la destrucción de su antigua compañera revelan que el destino de todos está profundamente conectado, y que Zaya podría tener un papel decisivo para cambiarlo todo.
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Capítulo 24
Zaya dormía, pero el sueño era inquieto.
De pronto, despertó sobresaltada, el pecho subiendo y bajando sin control. El corazón le latía tan fuerte que parecía querer salírsele del cuerpo.
Se sentó en la cama, el cuarto sumido en la penumbra.
Entonces… lo vio.
En la ventana, entre las cortinas levemente agitadas por el viento, una sombra. Alta. Inmóvil. Observando.
La sangre se le heló en las venas.
—¿Hay alguien ahí…? —susurró, aun sabiendo que no debería.
La sombra se movió.
Un escalofrío le recorrió la espina, pero, contra toda lógica, algo dentro de ella la impulsó. Miedo, curiosidad, instinto. No supo decir qué. Simplemente se levantó y caminó despacio, los pies descalzos tocando el suelo frío.
La sombra se deslizó por la ventana y desapareció.
Zaya tragó saliva… y decidió seguirla.
Bajó las escaleras en silencio absoluto, atravesó la cocina y salió por la parte trasera de la casa. La llovizna había cesado, pero el olor a tierra mojada lo volvía todo más denso. Adelante, la figura se movía con rapidez, internándose en el bosque.
—Espera… —murmuró, sin saber por qué.
Caminó unos metros bosque adentro. La oscuridad parecía viva, cerrándose a su alrededor. El viento susurraba entre los árboles, haciendo que las ramas crujieran como lamentos.
Entonces… silencio.
La figura había desaparecido.
Zaya se detuvo, el corazón martilleándole en los oídos. Miró a la derecha. Nada. A la izquierda. Nada.
—Maldición… —susurró.
CRACK.
El sonido de ramas quebrándose resonó detrás de ella.
Zaya se giró de un salto.
—¡¿Quién está ahí?!
Una silueta surgió entre los árboles.
—¿Zack? —jadeó, aliviada y confusa—. ¿Qué haces aquí?
La voz le falló. Y… ¿por qué estabas en mi cuarto?
La sonrisa que apareció en el rostro de él no era la de siempre.
Era fría. Vacía.
—Viste demasiado, Zaya —dijo con calma—. No debía ser así.
El estómago se le revolvió.
—¿De qué hablas, Zack?
Él dio un paso al frente.
—Te quiero a ti —su voz era baja, perturbadora—. Así que elige… Entregarte por las buenas… o por las malas.
El mundo pareció girar.
—Igual que la chica que viste ayer en el bosque.
El aire le faltó.
—¿Fuiste tú…? —la voz le salió en un hilo—. Zack… ¿Fuiste tú?
Él inclinó la cabeza, satisfecho.
—Eres inteligente.
La sonrisa se ensanchó.
—Ahora… vamos a jugar.
Con un movimiento rápido, desenvainó un puñal; la hoja reflejó la escasa luz que se filtraba entre los árboles.
El pánico se apoderó de ella.
Zaya se dio la vuelta y corrió.
El aire le cortaba los pulmones, las piernas le ardían, pero no se atrevía a detenerse. El bosque parecía cerrarse a su alrededor, como si los árboles conspiraran para atraparla.
Entonces, más adelante, se detuvo en seco.
Paco estaba ahí.
De pie en medio del camino, con una sonrisa torcida en los labios. A su lado, surgiendo de las sombras, Lessia.
—No tienes adónde huir, Zaya —dijo Paco, la voz demasiado serena.
El corazón se le desplomó.
—Déjenme ir… Por favor… —suplicó, retrocediendo un paso.
Lessia rio; una risa fría, sin rastro de humor.
—Ingenua. ¿De verdad creíste que lo descubrirías todo y saldrías ilesa?
Los dos avanzaron, obligando a Zaya a retroceder… hasta chocar contra algo sólido a sus espaldas.
Una tercera figura.
El olor fue la primera advertencia.
Giró la cabeza lentamente… y el mundo pareció derrumbarse.
Había un cuerpo ahí.
Tirado en el suelo, parcialmente cubierto por hojas y tierra, como si fuera basura desechada.
—No… —el susurro murió en su garganta.
—¿A cuántas más mataron? —preguntó Zaya, la voz quebrada, los ojos anegados—. ¿Cuántas lobas más van a morir?
Paco inclinó la cabeza, como si estuviera orgulloso.
—Mira tú misma.
Jaló el cuerpo un poco más hacia la luz.
Zaya sintió que las piernas le fallaban.
—¿Ruya…?
El nombre escapó en un grito sofocado.
—No… —cayó de rodillas—. No… Por favor… Ella no…
Lessia cruzó los brazos, indiferente.
—Siempre fue débil. Fácil de controlar. Fácil de silenciar.
—Tú… —Zaya levantó el rostro, la mirada tomada por el dolor y la furia—. ¡Tú decías amarla!
Paco se acercó; la sonrisa se desvaneció.
—El amor no significa nada cuando alguien amenaza con exponer la verdad.
Zaya sintió que algo dentro de ella se quebraba.
La tristeza se convirtió en rabia. El miedo se convirtió en determinación.
—No van a salirse con la suya —gruñó—. El alfa va a enterarse. Razkan va a…
Lessia se lanzó demasiado rápido y la empujó con fuerza.
—Razkan no va a llegar a tiempo.
El aire alrededor pareció vibrar.
—Y tú… —completó Paco, sacando una hoja manchada—… vas a reunirte con ellas.
El pánico regresó con toda su fuerza.
Zaya intentó levantarse, pero la rodearon. Los tres cerraban el cerco lentamente, como depredadores jugando con su presa.
Lessia se acercó despacio y le arrebató el puñal a Zack de la mano.
—Quiero tener ese honor —dijo, los ojos brillándole con crueldad.
Zaya sintió la desesperación subirle como un nudo a la garganta.
—Zack… —la voz le falló—. Eras mi amigo. Por favor… Ayúdame.
Él no desvió la mirada. No mostró culpa. Solo una sonrisa fría le apareció en los labios.
—Fue un buen actor —soltó Lessia, inclinándose un poco—. Zack fingió desde el principio.
—No… —Zaya sacudió la cabeza, incrédula.
—Eliminamos a las débiles —continuó Lessia con desprecio—. A las inútiles. Y a cualquier estorbo que se interponga entre el alfa y yo. Somos hermanos, Zaya.
—No… —Zaya intentó arrastrarse hacia atrás, el cuerpo temblándole.
Lessia avanzó.
Zaya reunió toda la fuerza que le quedaba e intentó levantarse, pero sin el poder de su loba, las piernas le cedieron. Su cuerpo estaba débil, vulnerable, entregado.
Lessia la empujó con violencia y se montó sobre ella, inmovilizándole los brazos con el peso de su propio cuerpo.
El puñal relució bajo la tenue luz de la luna.
—Vas a dejar de existir —susurró Lessia, inclinándose cerca del rostro de Zaya—. Y nadie te va a extrañar.
Zaya cerró los ojos, el corazón desbocado, sintiendo la hoja rozarle el pecho.
Un segundo.
Un último suspiro.
Entonces…
El dolor estalló.
Lessia le clavó el puñal directo en el corazón.
Zaya boqueó, el aire huyéndole de los pulmones, la visión oscureciéndose con rapidez.
El mundo se apagó.
—¡NO!
Zaya despertó con un grito, incorporándose bruscamente en la cama, el cuerpo entero empapado en sudor, el pecho ardiéndole como si aún sintiera la hoja atravesándola.
La respiración le llegaba corta, entrecortada. El cuarto estaba en silencio, envuelto en la penumbra de la madrugada.
Razkan derribó la puerta del cuarto en ese mismo instante, cruzando el espacio en segundos. Ella estaba sentada en la cama, temblando, las lágrimas corriéndole por el rostro.
—¡Zaya! —la atrajo hacia sus brazos con fuerza—. Está todo bien. Fue solo una pesadilla. Estás a salvo.
Ella se aferró a él, el cuerpo entero sacudiéndose.
—Los vi… Los vi a ellos… —susurró, todavía en shock.
Razkan la apretó más contra su pecho.
—Shhh… Ya pasó. Estoy aquí. Fue solo una pesadilla.
Pero, mientras la abrazaba, el lobo dentro de él gruñía, inquieto.
Porque, en el fondo…
el miedo que Zaya había sentido parecía demasiado real para ser solo un sueño.