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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

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CAPÍTULO 6: La Alquimia del Barro y el Rastreador de Sombras

El sol de las seis de la mañana en León no es una sugerencia; es un mandato. Entra por las rendijas de las ventanas de madera con una determinación casi violenta, pintando rayas de polvo dorado sobre el piso de baldosa. Ji-Hoon se despertó antes de que sonara la alarma de su teléfono, esa misma alarma que ya no tenía sentido porque había decidido desconectarse del cronómetro del mundo. Se quedó mirando el techo alto, donde una pequeña lagartija —un "cuco", como le había dicho Xiomara— cazaba un mosquito con una precisión quirúrgica.

Se levantó y se puso la ropa que Xiomara le había dejado el día anterior: una camisa de mezclilla vieja, desteñida por mil lavadas, y unos pantalones de lona gruesa que le quedaban un poco anchos en la cintura. Se miró al espejo. El ingeniero impecable de Seúl estaba desapareciendo. En su lugar, había un hombre con la mirada más brillante, pero con una sombra de incertidumbre que le recorría la espalda. No había recibido correos, ni mensajes, ni llamadas. El silencio de su padre era más aterrador que sus gritos, porque el Director Kang no olvidaba; simplemente se preparaba.

Caminó hacia el teatro. El aire ya olía a leña quemada y a las tortillas que las mujeres palmeaban en las aceras. Al llegar, encontró a Xiomara rodeada de bultos de cal, arena fina y grandes bidones de agua. Ella estaba con el cabello amarrado en un pañuelo rojo, con manchas de polvo blanco hasta en las cejas.

—¡Llegaste justo a tiempo, chele! —exclamó ella, entregándole una pala que pesaba como si estuviera hecha de plomo—. Hoy no vamos a medir decibelios. Hoy vamos a curar las heridas de estas paredes. Dejá el equipo electrónico en la oficina, que si le cae cal, se te arruina el juguete.

La Lección de la Mezcla BravaJi-Hoon tomó la pala con torpeza. Sus manos, acostumbradas a teclear códigos y ajustar perillas de sensibilidad milimétrica, se sentían extrañas envolviendo el mango de madera áspera.

—¿Qué vamos a hacer exactamente? —preguntó él, mirando el montón de arena.

—Vamos a hacer "mezcla brava" —respondió Xiomara, metiendo las manos en un balde de agua—. Es la técnica vieja. Cal apagada, arena de río y un poquito de melaza para que pegue. No usamos cemento moderno aquí, porque el adobe respira, Ji-Hoon. Si le ponés cemento, lo ahogás, y en el próximo temblor la pared se raja porque no tiene cómo moverse. El adobe es como nosotros: necesita flexibilidad para no quebrarse.

Ji-Hoon empezó a palear la arena, siguiendo las instrucciones de Xiomara. Al principio, sus movimientos eran rígidos, calculados, como si estuviera siguiendo un algoritmo de construcción. Pero el trabajo físico no entiende de algoritmos. El sudor empezó a empaparle la camisa de mezclilla en menos de diez minutos. El polvo de la cal se le metía en la nariz, dejándole un sabor amargo y seco en la garganta.

—No lo hagás así, hombre —dijo Xiomara, acercándose y poniéndose detrás de él. Le tomó los brazos para corregirle el ángulo de la pala—. No es con los brazos, es con la cintura. Dejá que el peso del cuerpo haga el trabajo. Si seguís así, a mediodía no vas a poder ni levantar un vaso de agua.

El contacto físico lo sobresaltó. Sentía el calor de los brazos de Xiomara, la firmeza de sus hombros y el olor a sol que ella siempre desprendía. Ji-Hoon exhaló, tratando de sincronizar su respiración con el movimiento. Poco a poco, el ritmo se volvió más fluido. El sonido de la pala contra el suelo —shhh-clack, shhh-clack— empezó a sonar como una percusión primitiva.

—¿Sabés qué es lo que más me gusta de la cal? —preguntó Xiomara mientras volcaba un balde de agua sobre el cráter de arena—. Que tarda años en secarse del todo. Sigue absorbiendo dióxido de carbono del aire, volviéndose piedra otra vez. Es como si el edificio siguiera vivo, respirando con nosotros.

Ji-Hoon se detuvo un momento para limpiarse el sudor con el antebrazo. Tenía la cara manchada de gris y las manos empezaban a arderle por la alcalinidad de la mezcla.

—En Corea, usamos polímeros —dijo él—. Secan en una hora. Son perfectos, lisos, impermeables. Pero tienes razón... no respiran. Una vez que se secan, se separan de la estructura original. Son como una máscara que no siente la piel que tiene debajo.

—Exacto —asintió ella, empezando a batir la mezcla con un azadón—. Y nosotros no queremos máscaras. Queremos que este teatro sea honesto. Si tiene una cicatriz, que se note, pero que esté curada.

El Intruso en la CapitalMientras Ji-Hoon y Xiomara se hundían en el barro de León, a noventa kilómetros de distancia, en el Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino de Managua, un hombre bajaba de un vuelo de conexión proveniente de Houston.

Se llamaba Kim Min-Seok. Vestía un traje de sastre azul oscuro que parecía repeler el calor tropical por puro orgullo, y cargaba un maletín de cuero que contenía la vida profesional de Ji-Hoon en una serie de carpetas legales. Min-Seok no era un ingeniero; era un "solucionador". Trabajaba directamente para el Director Kang y su especialidad era traer de vuelta a los activos que se habían desviado del camino.

Caminó por la terminal con una expresión de absoluto desprecio por el bullicio de los taxistas y el aire cargado de humedad. Un conductor lo esperaba con un cartel que decía su nombre.

—¿A dónde vamos, jefe? —preguntó el taxista en un inglés masticado.

—A León —respondió Min-Seok, su voz fría y precisa—. Y conduzca rápido. No tengo intención de pasar más de cuarenta y ocho horas en este lugar.

Min-Seok sacó su teléfono y vio la última ubicación GPS registrada del teléfono de Ji-Hoon antes de que este fuera desconectado. Era un punto rojo en medio de una red de calles coloniales. Sonrió con una mueca que no tenía nada de amigable. Para él, Ji-Hoon no era un hombre buscando su alma; era un niño rico teniendo un berrinche en el patio trasero del mundo, y él era el adulto encargado de llevarlo a casa, por las buenas o por las malas.

La Intimidad del EsfuerzoDe vuelta en el teatro, el mediodía había caído como una losa de plomo. Xiomara y Ji-Hoon estaban sentados en el suelo de lo que sería el vestíbulo principal, apoyados contra una columna que acababan de resanar. Sus manos estaban cubiertas de una costra grisácea y el cansancio era una presencia física entre ellos.

Xiomara sacó dos recipientes de plástico de su mochila. Los abrió y el olor a comino, ajo y cebolla frita llenó el aire.

—Gallo pinto con huevo frito y maduro —anunció ella, pasándole una cuchara de metal—. Comé, que si no, la cal te va a comer a vos primero.

Ji-Hoon tomó el recipiente. Ya no le importaba la higiene quirúrgica ni el protocolo. Comió con una voracidad que lo sorprendió a él mismo. El sabor era fuerte, reconfortante, el tipo de comida que se siente en los músculos más que en el paladar.

—Xiomara —dijo él después de un rato, mirando sus manos agrietadas—, hoy no he pensado en el Director Kang ni una sola vez. Solo he pensado en la consistencia de la mezcla. ¿Es esto lo que sientes siempre? ¿Esta... presencia total en lo que haces?

Ella se terminó su bocado y lo miró con los ojos entrecerrados por la luz que se filtraba desde el techo.

—Se llama tener los pies en la tierra, Ji-Hoon. Literalmente. Cuando trabajás con las manos, no hay espacio para la ansiedad, porque el cuerpo está demasiado ocupado sobreviviendo. Mi abuela decía que el trabajo manual es la oración de los que no sabemos rezar. Te limpia la cabeza de telarañas.

—Mis manos... me duelen —admitió él, extendiéndolas. Tenía pequeñas ampollas en la base de los dedos—. Pero es un dolor... real. No es como el dolor de cabeza de estar frente a una pantalla doce horas. Este dolor me dice que hice algo hoy. Que cambié algo.

Xiomara tomó las manos de Ji-Hoon entre las suyas. Sus dedos, a pesar de la cal, se movieron con una delicadeza extrema, examinando las heridas del ingeniero.

—Tenés las manos de alguien que nunca ha tenido que pelear por nada físico —dijo ella en voz baja—. Pero tenés la voluntad de aprender. Eso es lo que importa. Vení, vamos a la fuente del patio, hay que lavarse bien antes de que la cal te queme la piel de verdad.

Se acercaron a la fuente del patio interno. El agua caía con un sonido cristalino, un contraste refrescante con el calor asfixiante del interior. Ji-Hoon sumergió las manos y soltó un suspiro de alivio. Xiomara se lavó la cara, dejando que el agua le empapara el pañuelo rojo y el cuello de la blusa.

—¿Sabés qué es lo que más me asusta de que te vayás? —preguntó ella de repente, sin mirarlo, concentrada en el agua que corría por sus brazos.

Ji-Hoon se quedó inmóvil. El corazón le dio un vuelco.

—No me voy a ir, Xiomara. Ya te lo dije. Desconecté todo.

—Lo sé —dijo ella, levantando la vista. Tenía gotas de agua colgando de las pestañas—. Pero el mundo siempre encuentra la forma de colarse por las grietas. Tu mundo es muy poderoso, Ji-Hoon. Tiene aviones, tiene abogados, tiene dinero. Mi mundo solo tiene cal, canciones y gente que se ayuda. Me asusta que, cuando ellos vengan a buscarte, te des cuenta de que este desorden no es suficiente para vos.

Ji-Hoon dio un paso hacia ella. La distancia entre ellos desapareció bajo el arco de la fuente. Podía ver cada detalle de su rostro: las pequeñas pecas sobre su nariz, la determinación en sus labios, y esa vulnerabilidad que ella intentaba esconder tras su fachada de mujer fuerte.

—No se trata de lo que sea suficiente —dijo él, su voz volviéndose una frecuencia baja y vibrante—. Se trata de dónde me siento vivo. En Seúl, yo era un fantasma que diseñaba espacios para otros fantasmas. Aquí, bajo este sol que me quema y con estas manos que me duelen, por primera vez siento que mi cuerpo me pertenece. No me voy a ir porque no quiero volver a ser una sombra.

Xiomara lo miró largamente. No hubo risas, ni bromas, ni modismos nicaragüenses. Solo un entendimiento profundo que no necesitaba traducción. Ella levantó una mano mojada y le tocó la mejilla, dejando un rastro de agua y frescura sobre su piel manchada de cal.

—Entonces —susurró ella—, más vale que terminemos de resanar esa pared antes de que oscurezca. Porque cuando las sombras lleguen, quiero que nos encuentren trabajando.

La Sombra en la Calle RealAl atardecer, León se tiñó de un naranja casi irreal. Los volcanes al fondo parecían estar en llamas. Ji-Hoon y Xiomara salieron del teatro, agotados pero con una extraña sensación de victoria. Él caminaba con los hombros un poco más bajos, con la ropa sucia y el cabello desordenado, pero con una paz que nunca había conocido en su apartamento de lujo en Gangnam.

—Mañana te voy a enseñar a poner los sensores —dijo él—. He estado pensando que si los colocamos detrás de las vigas de guayacán, podemos usar la resonancia de la madera para amplificar el sonido de forma natural, sin necesidad de tanta electrónica.

—¡Ideay! Ves que sí sos un genio —rio ella, dándole un codazo—. Sabía que el barro te iba a despertar las ideas.

Se detuvieron en la esquina de la calle que llevaba al hotel de Ji-Hoon. Xiomara le dio un beso rápido en la mejilla y se despidió con la mano mientras se alejaba hacia su casa. Ji-Hoon se quedó mirándola un momento, con una sonrisa que ya no era una mueca técnica, sino un reflejo del alma.

Pero mientras giraba para entrar en el hotel, se detuvo en seco.

En la acera de enfrente, apoyado contra una pared de color ocre, un hombre de traje azul oscuro fumaba un cigarrillo con una calma insultante. El hombre apagó el cigarrillo con la punta del zapato y levantó la vista.

—Ji-Hoon-ah —dijo el hombre en un coreano perfecto, con un tono que heló la sangre del ingeniero—. Tu padre está muy decepcionado. Dice que hueles a suciedad desde aquí.

Ji-Hoon sintió que el mundo de León, con su calor y su cal, se alejaba a mil kilómetros de distancia. Min-Seok dio un paso adelante, la luz de la farola reflejándose en sus gafas de montura plateada.

—¿Quién es la mujer, Ji-Hoon? —preguntó Min-Seok, señalando hacia la dirección por la que se había ido Xiomara—. ¿Es ella la razón por la que el heredero de Kang Solutions está jugando a ser albañil en un pueblo olvidado por Dios?

Ji-Hoon apretó los puños. El dolor de las ampollas en sus manos le recordó que ya no era el mismo hombre que había bajado del avión dos semanas atrás.

—Vete de aquí, Min-Seok —dijo Ji-Hoon, su voz firme, aunque por dentro sus nervios gritaban—. Dile a mi padre que el contrato con Daegu tendrá que esperar. No voy a volver.

Min-Seok soltó una carcajada suave, un sonido que cortó la noche como una cuchilla.

—Ji-Hoon, siempre has sido un soñador. Pero los sueños aquí se pudren rápido por el calor. Mañana a las nueve estaré en el lobby de tu hotel. Si no bajas con tus maletas, tendré que empezar a hablar con las autoridades locales sobre "irregularidades" en tu visa de trabajo. O quizá deba hablar con la familia de esa mujer. Parecen gente sencilla... sería una lástima que tuvieran problemas legales por culpa de un extranjero que no sabe cuándo rendirse.

Min-Seok se dio la vuelta y se perdió en las sombras de la calle Real, dejando a Ji-Hoon solo bajo la luz parpadeante de la farola.

Ji-Hoon entró al hotel, pero sus pasos ya no eran ligeros. Entró en su habitación y se sentó en la oscuridad. El olor a cal todavía estaba en su ropa, pero ahora el aire de la habitación se sentía frío, como si el invierno de Seúl lo hubiera perseguido hasta el trópico.

Sacó su cuaderno. Sus dedos temblaban. No escribió sobre música, ni sobre Xiomara. Escribió una sola frase, una advertencia que se repetía en su mente como un eco distorsionado:

"El cristal ha llegado a León. Y el cristal corta más profundo que el adobe."

Ji-Hoon sabía que la guerra no había terminado. Solo que ahora, el campo de batalla ya no eran las juntas de accionistas, sino el corazón de una ciudad que apenas estaba empezando a amar y la seguridad de la mujer que le había devuelto la vida.

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