Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 16
Sentí que me tiraban al suelo. Azkarion se abalanzó sobre Julian antes de que pudiera apretar el gatillo contra mi padre. El estallido de un disparo rompió el silencio, seguido de gritos y más ráfagas de fuego. Me arrastré por el suelo polvoriento hacia mi padre, mis dedos buscando desesperadamente los nudos que lo ataban.
—¡Papá, soy yo! ¡Alexa! —le quité la venda de los ojos. Su mirada estaba perdida, nublada por el miedo y la confusión.
—¿Alexa? Hija... ¿qué has hecho? —susurró con una voz que se me clavó en el alma.
A unos metros, Azkarion y Julian estaban enzarzados en una lucha brutal. No era una pelea de caballeros; era una pelea a muerte. Azkarion golpeaba a Julian con una rabia animal, cada impacto sonando como una sentencia de muerte. Los hombres de Julian estaban siendo reducidos por los guardias de Azkarion, pero en medio de la confusión, Julian logró sacar una pequeña navaja de su bota.
—¡Azkarion, cuidado! —grité.
El acero brilló bajo la luz de una linterna táctica. Azkarion esquivó el golpe por milímetros, pero la navaja le cortó el brazo. Sin inmutarse por el dolor, lo agarró del cuello y lo estampó contra un contenedor metálico con una fuerza que hizo vibrar todo el lugar.
—Se acabó, Julian —gruñó Azkarion, su rostro manchado de sangre y ceniza—. Te dije que si la tocabas, no quedaría nada de ti.
Los guardias de Azkarion tomaron el control de la situación, esposando a los supervivientes. Azkarion se apartó de Julian, que yacía en el suelo gimiendo, y caminó hacia nosotros. Su camisa blanca estaba empapada en sangre y su respiración era un silbido irregular. Se arrodilló a mi lado, sus manos temblorosas buscando mi rostro para asegurarse de que estaba ilesa.
—¿Estás bien? —preguntó, ignorando su propia herida abierta en el brazo.
—Sí... estamos bien —respondí, abrazando a mi padre, que lloraba silenciosamente contra mi hombro.
Azkarion me miró con una mezcla de alivio y una tristeza infinita. Por un momento, no hubo CEO, ni deudas, ni venganzas. Solo éramos dos personas rotas en medio de un almacén en ruinas. Extendió su mano sana y rozó mi cabello, un gesto tan tierno que me rompió el corazón más que cualquier insulto.
—Llévenselos —ordenó Azkarion a sus hombres, refiriéndose a Julian y sus sicarios—. Asegúrense de que el detective Vane sepa que su hijo ha sido capturado en flagrante delito de secuestro.
Ayudó a mi padre a levantarse. Arthur Hills miró a Azkarion con una mezcla de gratitud y horror. Sabía que este hombre era su salvador, pero también sabía que era el hombre que se había llevado a su hija.
—Señor Hills —dijo Azkarion con una voz solemne—, un coche lo llevará a un hospital privado. Estará bajo mi protección personal a partir de ahora. No volverá a pasarle nada.
—Gracias... —logró decir mi padre, apretando mi mano—. Alexa, ve con él. Tienes que... tienes que cuidarte.
Vi cómo se llevaban a mi padre hacia uno de los vehículos negros. Me quedé sola con Azkarion en la inmensidad del almacén. El silencio volvió a instalarse, roto solo por el goteo de agua de alguna tubería rota. Me giré hacia él, con el traje blanco arruinado y el corazón en pedazos.
—Lo hiciste —susurré—. Sabías que Julian mordería el anzuelo si me traías aquí. Me usaste como cebo otra vez.
Azkarion se apoyó contra un poste de acero, cerrando los ojos por un segundo. El agotamiento parecía estar ganándole la batalla a su voluntad de hierro.
—Era la única forma de atraerlo fuera de sus madrigueras legales, Alexa. Julian nunca habría salido a la luz si no creyera que tenía algo que yo no podía permitirme perder.
Caminé hacia él y le tomé el brazo herido. La sangre fluía con rapidez. Me arranqué una tira de la seda de mi propio vestido —ese vestido rojo que ahora me parecía un símbolo de nuestra guerra— y empecé a vendarle el brazo con manos expertas pero temblorosas.
—¿Y qué era eso que no podías permitirte perder, Azkarion? ¿Las acciones de los Miller? ¿Tu prestigio?
Él abrió los ojos y me miró fijamente. La vulnerabilidad que había estado ocultando toda la noche salió a la superficie, inundando su mirada gris. Sus dedos rozaron mi cuello, deteniéndose justo donde el collar de zafiros debería haber estado, pero yo lo había dejado en la mansión.
—Te lo dije en el estudio —susurró, su voz apenas un hilo—. No me importa el dinero. No me importa el poder. Pero no podía permitirme perderte a ti. No antes de que entendieras por qué hice todo esto.
—Lo entiendo, Azkarion. Lo hiciste por venganza. Por tu madre. Por un pasado que te consume —terminé de vendarle el brazo y apreté el nudo con fuerza, haciéndole soltar un pequeño grujido—. Pero al hacerlo, te convertiste en lo mismo que destruyó a tu familia. Usaste a inocentes. Me usaste a mí.
Él me tomó de la cintura, atrayéndome hacia su espacio personal con una urgencia renovada. Su cercanía olía a pólvora, a sudor y a esa fragancia de sándalo que ahora era mi adicción y mi perdición.
—¿Crees que no lo sé? —preguntó, su rostro a milímetros del mío—. Cada noche que te miro, veo lo que he sacrificado. Veo la pureza que estoy manchando con este contrato. Pero si tengo que ser un monstruo para mantenerte a salvo en este mundo de buitres, lo seré.
Me besó con una desesperación que me dejó sin aliento. Fue un beso salado, mezclado con el sabor de la sangre y el polvo. No había nada de romántico en ello; era un acto de supervivencia. Sus manos se aferraron a mi espalda, subiendo por la tela de mi traje hasta encontrar mi piel, reclamándome en medio de las ruinas de nuestra propia historia.
—Mañana... —dijo él contra mis labios, su aliento cálido dándome vida— mañana el mundo sabrá que los Miller han caído. Y tú estarás a mi lado cuando firme la fusión final.
—No estaré a tu lado porque quiera, Azkarion —respondí, aunque no me aparté de sus brazos—. Estaré allí porque no tengo otra opción. Porque me has hecho tu cómplice.
Él sonrió, una curva amarga en sus labios.
—A veces, Alexa, ser cómplices es mucho más íntimo que ser amantes.
Me tomó de la mano y me guio hacia la salida del almacén. La noche estaba en su punto más oscuro, pero las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, recordándome que mañana tendríamos que volver a ponernos nuestras máscaras. Caminamos hacia el coche, dos sombras unidas por un pacto de sangre y seda, sabiendo que el camino que nos quedaba por recorrer estaba lleno de secretos que aún no se habían revelado.
Al llegar a la mansión, el silencio era diferente. Ya no se sentía como una prisión, sino como un búnker. Azkarion me acompañó hasta la puerta de mi habitación. Se detuvo en el umbral, mirándome con una intensidad que me hizo apretar los puños.
—Duerme, Alexa. Mañana empieza una nueva etapa de este contrato.
Entré en mi habitación y cerré la puerta. Me quité la ropa manchada y me metí en la ducha, dejando que el agua caliente borrara el rastro del almacén, pero nada podía borrar la sensación de sus manos sobre mí. Me puse un camisón de seda negra y me senté en la cama, mirando el anillo de diamantes que había dejado en la mesilla.
Brillaba con una luz fría, como un recordatorio de que mi libertad seguía teniendo un precio. Pero ahora, después de lo que había pasado en el almacén, ya no estaba segura de quién era el prisionero y quién era el carcelero. Me acosté, cerrando los ojos, y por primera vez en semanas, no vi facturas ni contratos. Vi los ojos grises de Azkarion mirándome en medio de la oscuridad, prometiéndome que, pasara lo que pasara, nunca me dejaría ir.