¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 24
El silencio en el estudio era tan pesado que podía oír el zumbido de los focos que Sasha aún no había terminado de desmontar. Dante sostenía el teléfono como si fuera una granada a punto de estallar, y su mirada, esa que hace apenas unos minutos se había suavizado con una chispa de deseo genuino, se había convertido en dos cuchillas de obsidiana.
Me llamo Zoe, y en este preciso instante, sentí cómo el suelo que tanto me había costado nivelar se abría bajo mis pies para tragarme entera.
—Dante, mírame —mi voz salió como un hilo quebrado, pero necesitaba que él no se perdiera en el ruido de ese audio—. Sabes quién es mi padre. Sabes que él grabaría cualquier cosa para tener una ventaja. Esa conversación fue una trampa, él me obligó a...
—"Para seducirlo, Zoe. Para que se olvide de Elena y te entregue las llaves del reino" —citó él, con una calma que me dio más miedo que sus gritos. Repitió las palabras de la grabación con una precisión quirúrgica—. Esas son tus palabras en el audio. Tu voz. Tu plan.
—¡Fueron sus palabras puestas en mi boca! —exclamé, dando un paso hacia él, pero él retrocedió instintivamente. Ese pequeño movimiento dolió más que la traición de Elena—. Estaba desesperada por el tratamiento de mamá. Él me dijo que si no lograba que tú confiaras en mí, ella se quedaría en la calle. No era por el dinero, era por su vida.
Dante soltó una carcajada seca, carente de humor. Caminó hacia el ventanal y miró hacia abajo, donde las luces de los coches de prensa ya empezaban a parpadear contra la verja de la mansión.
—El problema de los mentirosos, Zoe, es que cuando finalmente dicen la verdad, ya nadie sabe dónde termina la farsa. Te traje aquí para salvar mi imagen, y tú acabas de entregarle a la prensa el guion de mi destrucción.
La puerta del estudio se abrió de golpe. Elena entró, ya no gritando, sino con la elegancia serena de un verdugo que sabe que ha ganado. Llevaba una copa de champán y nos miraba con una lástima fingida que me revolvió el estómago.
—Vaya, qué tragedia griega —dijo, dando un sorbo—. Julian está abajo intentando que los guardias no dejen pasar a los periodistas al jardín, pero me temo que el daño está hecho. Tu "consultora", Dante, acaba de convertirse en la villana nacional. Y tú... tú eres el pobre magnate engañado por un par de gemelas ambiciosas.
Dante se giró hacia ella. Su rostro no mostraba ninguna emoción, pero la vena de su cuello latía con una violencia que me hizo temer por ella, o por todos nosotros.
—Sal de aquí, Elena —dijo él, en un tono tan bajo que era casi inaudible.
—Oh, me iré. Pero antes, Dante, querido, deberías revisar tu correo de nuevo. Te he enviado los papeles de la "reconciliación". Si quieres que salga a la prensa mañana a decir que todo es un malentendido y que esa grabación es un montaje de los Sterling, vas a tener que devolverme el acceso total a mis fideicomisos. Y ella... —me señaló con la copa— tiene que salir de esta casa esta misma noche. Sin maletas, sin dinero, y sobre todo, sin tu protección.
Miré a Dante, buscando desesperadamente un rastro del hombre que me había besado en la terraza. Pero el "Glaciar" se había congelado por completo. No me miraba. Solo observaba los documentos que Elena le había puesto en las manos.
—Dante, no lo hagas —le supliqué—. Si firmas eso, ella te tendrá bajo su control para siempre.
—¿Y qué sugieres, Zoe? —me espetó él, finalmente clavando sus ojos en los míos—. ¿Que confíe en la mujer que, según esta grabación, está contando los días para ver cuánto puede sacarme?
—¡Esa no soy yo! —grité, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡La mujer que pintó esos cuadros es la que está frente a ti! ¡La mujer que te cuidó esa noche en la oscuridad! ¡¿Crees que eso también fue una actuación?!
Dante se quedó en silencio. El tiempo parecía haberse detenido en ese estudio lleno de lienzos que ahora parecían testigos mudos de mi ejecución. Vi cómo su mano, la misma que me había guiado el pincel con tanta ternura, se cerraba con fuerza sobre el contrato de Elena.
—Julian —llamó Dante por el intercomunicador.
Segundos después, Julian apareció en la puerta, sudoroso y visiblemente sobrepasado por la situación.
—Dime, Dante.
—Prepara el coche privado. El que no tiene matrícula rastreable. Quiero que saques a Zoe de aquí ahora mismo. Llévatela a un hotel seguro, lejos de la ciudad. Que nadie la vea salir.
—¿Qué? —sentí un frío súbito—. ¿Me estás echando?
—Te estoy quitando del ojo del huracán —respondió él, dándole la espalda de nuevo—. No puedo pensar con claridad mientras estás aquí recordándome lo idiota que fui al creer que eras diferente.
Elena soltó una risita triunfal y se acercó para besar la mejilla de Dante, pero él la apartó con un movimiento brusco, casi violento.
—Y tú —le dijo a Elena—, firma esa maldita declaración para la prensa. Si una sola palabra sale mal, si un solo periodista sospecha que estás mintiendo, te enviaré con tu padre a la misma celda, me cueste lo que me cueste.
Julian se acercó a mí y me tomó suavemente del brazo.
—Zoe, tenemos que irnos. La prensa está a punto de saltar la valla lateral.
—No —me resistí, mirando la espalda de Dante—. No me voy a ir así. Dante, mírame a la cara y dime que crees que soy esa mujer del audio. ¡Mírame!
Él no se movió. Se quedó allí, como una estatua de mármol negro frente al ventanal, mientras la lluvia volvía a golpear el cristal con una furia renovada.
—Llévatela, Julian —ordenó por última vez.
El trayecto hacia el garaje fue un borrón de sombras y susurros. Rosa me esperaba junto al ascensor de servicio con una pequeña mochila donde había metido mis cosas de aseo y un cuaderno de bocetos. Tenía los ojos hinchados de llorar.
—Lo siento tanto, niña —me susurró, dándome un abrazo rápido—. El señor está herido, pero él no es un hombre malo. Dele tiempo.
—El tiempo es lo único que no tengo, Rosa —respondí, sintiendo cómo el corazón se me hacía pedazos.
Julian me metió en el asiento trasero de un sedán negro blindado. Salimos por la puerta trasera de la propiedad, esquivando por milímetros a un fotógrafo que intentaba trepar el muro. Me hundí en el asiento, cubriéndome la cara con las manos, mientras el motor rugía alejándose de la única vida que me había hecho sentir viva en años.
Durante las dos horas de viaje hacia el refugio, Julian no dijo nada. El silencio en el coche solo era roto por las notificaciones constantes de su teléfono. Sabía que el mundo entero estaba hablando de nosotros. Sabía que mi rostro estaba en cada portal de noticias, etiquetado como "La Gemela Impostora".
—¿A dónde vamos? —pregunté finalmente, cuando las luces de la ciudad quedaron atrás.
—A una propiedad de la familia de mi madre —respondió Julian, sin quitar la vista de la carretera—. Dante la usa para casos de extrema necesidad. Estarás segura allí. Nadie conoce el lugar.
—Él me odia, ¿verdad?
Julian suspiró y apretó el volante.
—Dante no te odia, Zoe. Dante tiene miedo. Ha pasado toda su vida construyendo muros para que nadie pueda traicionarlo como lo hizo Vanessa Sterling. Y justo cuando decidió abrir una pequeña ventana para ti, Elena le lanza una granada por ella. No está enojado contigo, está enojado consigo mismo por sentirse vulnerable.
—Pero la grabación...
—La grabación es una obra maestra de la edición, Zoe. Yo lo sé, él lo sabe en el fondo de su alma. Pero ante los accionistas, ante el mundo, esa grabación es una verdad legal. Y Dante Volkov vive de las verdades legales.
Llegamos a una pequeña casa de campo rodeada de pinos y una neblina densa que parecía sacada de uno de mis cuadros más tristes. Julian me entregó las llaves y una tarjeta de crédito prepagada.
—No uses tu teléfono. No entres a redes sociales. Hay comida en la nevera para una semana. Dante me llamará cuando el polvo se asiente.
—¿Y Elena? ¿Qué va a pasar con ella?
—Ella va a jugar a ser la esposa perfecta frente a las cámaras durante unos días para salvar la fusión. Dante la va a tener en una jaula de oro, pero esta vez la jaula tendrá electricidad. Él no le perdonará esto jamás.
Me bajé del coche, sintiendo el aire gélido de la montaña en mis pulmones. Vi cómo Julian daba la vuelta y desaparecía entre la bruma, dejándome sola en una casa que no conocía, con un nombre que ahora era sinónimo de infamia.