⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
🔞🚫No me denuncien por hechar volar mi imaginación.🚫🔞
Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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Ni al Cielo ni a la Tierra
El estallido de calor que emanó de Dag fue tan intenso que el Hacha del Juicio de Hrim, a escasos centímetros del cuello de Natt, vibró con un chirrido metálico. Dag ya no era el joven bibliotecario asustado, ni la batería de la Resistencia. Era una entidad de pura combustión. Al ponerse de pie, los cables de fibra óptica que aún colgaban de su espalda se desintegraron en cenizas blancas.
-Imposible...- Siseó Hrim, retrocediendo un paso. Sus seis alas se agitaron violentamente, intentando dispersar el calor que empezaba a fundir su armadura de platino -Ningún humano puede reclamar el fuego carmesí. Es la marca del traidor.-
Dag no respondió con palabras. Se inclinó sobre Natt, quien sangraba oro sobre el suelo de metal. Con una delicadeza que contrastaba con la furia que irradiaba, Dag puso su mano sobre la herida del hombro de su amante. Al contacto, el veneno azulado del hacha fue succionado por Dag, quien soltó un gruñido de dolor, pero no se detuvo hasta que la carne de Natt empezó a cerrar.
-Vete... Dag... huye.- Jadeó Natt, sus ojos ámbar recuperando un poco de brillo al ver el rostro de Dag -No dejes que... te convierta en él.-
Dag se giró hacia Hrim. Su ojo izquierdo brillaba con un carmesí tan profundo que parecía sangre viva, mientras que el derecho conservaba el ámbar del ángel. El Brote había mutado. Se había convertido en un híbrido de luz y sombra.
-Tú hablas de silencio, Hrim.- Dijo Dag, su voz resonando con el peso de mil tormentas -Pero el silencio es solo para los que no tienen nada por qué luchar. Nosotros somos el incendio que tú mismo provocaste.-
Dag se lanzó hacia adelante. No necesitaba espadas. Cada golpe de sus puños era una explosión de energía que hacía retroceder al General. Hrim, enfurecido por el desafío de un ser de barro, levantó el Hacha del Juicio y descargó un golpe capaz de partir la montaña en dos. Dag detuvo el filo con sus manos desnudas. El metal sagrado cortó sus palmas, pero en lugar de sangre roja, de las heridas de Dag brotó lava dorada que empezó a corroer el hacha.
La batalla se convirtió en un caos visual. El laboratorio estaba colapsando. Las vigas de acero caían del techo, fundiéndose antes de tocar el suelo. Natt, recuperando sus fuerzas gracias al toque de Dag, invocó los restos de su propia esencia. No para pelear, sino para actuar de ancla. Sabía que si Dag seguía liberando ese poder sin control, su humanidad se evaporaría para siempre.
Natt se arrastró y abrazó las piernas de Dag desde atrás, hundiendo sus dedos en la luz que emanaba del chico.
-¡Dag! ¡No te pierdas en el fuego! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Recuerda el frío de la iglesia! ¡Recuerda mi nombre!-
Hrim aprovechó la distracción. Con un movimiento de sus alas, creó un torbellino de plumas de platino que cortaban como cuchillas. Una de ellas atravesó el costado de Dag, y otra hirió a Natt en el rostro.
-¡Córtenle el corazón!- Rugió Hrim, preparando el golpe final con lo que quedaba de su hacha.
En ese momento de agonía, Dag sintió la vibración de Natt a través de sus piernas. Sintió el amor, el miedo y la desesperación del hombre que había cortado sus alas por él. Ese sentimiento actuó como un pararrayos. Dag no se convirtió en luz blanca. Se convirtió en humano de nuevo, pero con el poder de un dios.
-Si es una correa... corto la cadena.- Susurró el muchacho.
Dag extendió sus manos y no lanzó fuego. Lanzó vacío. Una esfera de oscuridad absoluta que absorbió toda la luz de Hrim, toda su Gracia y todo su orgullo. El General del Cielo gritó cuando sus seis alas empezaron a desintegrarse, no por el fuego, sino por la falta de un propósito que las sostuviera.
Hrim cayó al suelo, su armadura de platino ahora negra y agrietada. Ya no era un dios. Era un anciano de ojos grises y mirada rota.
-¿Por qué...?- Susurró Hrim, mirando sus manos que desaparecían en cenizas -¿Por qué el barro ganó al cristal?-
-Porque el cristal se rompe.- Respondió Dag, su voz volviendo a ser la del chico de la biblioteca, aunque cargada de una fatiga eterna -Pero el barro puede volver a forjarse.-
El búnker empezó a desmoronarse definitivamente. La Lanza, sobrecargada por el poder de Dag, estalló en la superficie, provocando un terremoto que amenazaba con sepultarlos a todos. Gibeon y los pocos sobrevivientes de la Resistencia corrían hacia las salidas de emergencia, olvidando su arma y su cañón.
Dag se desplomó en los brazos de Natt. Su piel estaba cubierta de quemaduras y sus ojos volvían a ser ámbar, pero estaban nublados. Había usado todo lo que era para ganar esa batalla.
- Mi ángel...- Susurró Dag, su mano buscando el rostro de su amante-He olvidado... he olvidado el nombre de la ciudad. He olvidado cómo sabe el café. Pero sé quién eres tú.-
Natt lo cargó en sus brazos, besando su frente ensangrentada.
-No importa, mi amor. Te llevaré a donde no necesites recordar nada más que mi nombre.-
Salieron del búnker justo antes de que la montaña colapsara sobre los restos de Hrim y la Resistencia de Hierro. Afuera, el cielo de Dion City ya no era púrpura. Era gris, una calma muerta después de la tormenta. Habían ganado la guerra, pero a un precio devastador.
Se adentraron en el bosque, dos figuras heridas caminando hacia un horizonte que ya no les pertenecía ni al Cielo ni a la Tierra. Eran los habitantes de las cenizas.