Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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CAPÍTULO 6 – La despedida que no fue
El amanecer llegó demasiado rápido.
Emma no había dormido.
La maleta estaba abierta sobre la cama, medio llena, medio vacía. Como si tampoco supiera si realmente debía irse.
Su padre caminaba de un lado a otro por la casa, metiendo ropa en cajas sin orden. No hablaba mucho. Cuando lo hacía, era para decir frases cortas.
—No lleves tanto.
—Eso no cabe.
—Apúrate.
Emma sostenía entre las manos la carta.
La había terminado de escribir de madrugada.
Las letras estaban torcidas por las lágrimas.
“Gael, si algún día lees esto, quiero que sepas que nunca me fui porque quise…”
No sabía si él la leería alguna vez. Pero escribirla era lo único que le daba un poco de control en medio del caos.
—Nos vamos hoy —anunció su padre sin mirarla.
—¿Hoy? —la voz le salió pequeña.
—Sí.
No hubo espacio para despedidas largas.
No hubo tiempo para procesar.
Solo urgencia.
Como si alguien estuviera persiguiéndolos.
Emma salió al patio una última vez.
El árbol parecía más grande.
Más antiguo.
Más silencioso.
Se acercó al tronco y apoyó la frente contra la corteza.
—No quería irme —susurró—. Yo me iba a quedar. Lo prometí.
El viento movió las hojas con suavidad.
Emma pasó los dedos por el corazón tallado con las iniciales “E + G”.
Lo habían hecho meses atrás, riéndose, prometiendo que serían mejores amigos para siempre.
“Para siempre” parecía una palabra demasiado frágil ahora.
Sacó la carta del bolsillo.
La miró.
Dudó.
Y finalmente la dejó dentro de una pequeña grieta en el tronco, protegida entre la madera.
—Él viene todos los días —murmuró—. La va a encontrar.
Se obligó a creerlo.
Porque si no, dolería demasiado.
En la mansión, Gael terminaba de desayunar.
—¿Vas a ir a verla? —preguntó distraídamente una empleada.
—Sí. Como siempre.
Su padre no levantó la vista del teléfono.
—No tardes.
Gael tomó su bicicleta y pedaleó como cada mañana.
El camino era el mismo.
Las casas eran las mismas.
El aire era el mismo.
Nada parecía diferente.
Hasta que llegó.
La puerta estaba cerrada.
Las ventanas también.
No había ropa tendida.
No había sonido.
Golpeó.
—Emma.
Silencio.
Golpeó más fuerte.
—¡Emma!
Nadie respondió.
Una vecina salió de su casa.
—¿No sabías? —preguntó con tono bajo—. Se fueron esta mañana.
El mundo no hizo ruido.
Gael dejó de escuchar.
—¿Qué?
—El papá tenía problemas. Se fueron del pueblo.
Gael sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
—No… no puede ser.
Corrió hacia el patio.
Saltó la pequeña reja.
El árbol seguía allí.
Pero Emma no.
—¡Emma! —gritó, aunque sabía que era inútil.
El viento respondió por ella.
Nada más.
Gael caminó hasta el tronco y apoyó la mano contra la madera.
Notó el corazón tallado.
“E + G”.
Sus dedos recorrieron las iniciales.
—Ni siquiera te despediste… —murmuró.
El dolor no era solo tristeza.
Era confusión.
Era abandono.
Era una herida nueva encima de otra que ya empezaba a sanar.
Se sentó bajo el árbol y esperó.
Una hora.
Dos.
Tal vez volvería.
Tal vez solo era un malentendido.
Pero el sol empezó a bajar.
Y Emma no apareció.
Mientras tanto, el autobús avanzaba por la carretera.
Emma miraba por la ventana sin parpadear.
El pueblo se hacía pequeño.
El árbol desapareció detrás de las casas.
Sintió un vacío físico.
Como si le arrancaran algo del pecho.
—¿Puedo despedirme? —preguntó en voz baja.
—Ya es tarde —respondió su padre sin mirarla.
Emma apretó los puños.
Las lágrimas no salieron.
Esta vez el dolor era más silencioso.
Más profundo.
Se llevó la mano al bolsillo… olvidando que la carta ya no estaba allí.
Y por un segundo, creyó que tal vez Gael la encontraría esa misma tarde.
Tal vez entendería.
Tal vez no la odiaría.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, Gael se levantó finalmente del suelo.
Estaba molesto.
Herido.
Confundido.
—Siempre dijiste que me lo contarías todo —susurró al árbol—. Siempre.
Esa noche no durmió.
Miraba el techo de su habitación en la mansión, sintiendo algo nuevo.
No era solo tristeza.
Era orgullo herido.
Si se había ido sin despedirse…
Entonces tal vez ya no le importaba.
Y esa idea dolía más que cualquier otra.
Los días siguientes fueron extraños.
Gael siguió yendo al árbol durante una semana.
Esperando.
Buscando una señal.
Pero nunca miró dentro de la grieta del tronco.
Nunca supo que allí, protegida por la madera y el tiempo, descansaba la carta que habría cambiado todo.
El destino había decidido ser cruel.
Porque a veces no son las grandes tragedias las que separan a las personas…
Sino los segundos perdidos.
Las palabras que no llegan.
Las despedidas que no se dan.
Una tarde, el padre de Gael lo llamó a su despacho.
—Nos mudamos a la ciudad —anunció con voz firme—. Mis negocios están creciendo.
Gael levantó la vista.
La ciudad.
Lejos del pueblo.
Lejos del árbol.
Lejos de Emma.
Sintió algo extraño.
Ya no tenía nada que lo atara allí.
Si ella se había ido…
Entonces tal vez él también podía hacerlo.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Pronto.
Gael asintió.
No discutió.
No preguntó más.
Esa noche fue al árbol por última vez.
Se sentó bajo las ramas.
—Si te fuiste porque ya no me querías… está bien —murmuró, aunque no lo sentía así—. Yo también me voy.
El viento movió las hojas suavemente.
Y dentro del tronco, la carta permaneció escondida.
Esperando.
Porque algunas verdades no desaparecen.
Solo esperan el momento exacto para salir a la luz.
Y cuando lo hagan… cambiarán todo.