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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XVI. IL RUGGITO DEL MOSTRO E IL SILENZIO DELLE PERLE.

Giulia:

El sonido del pestillo al ceder fue como el disparo de una ejecución. Mi corazón, que ya latía con una arritmia frenética por el llanto, pareció detenerse en seco. Martina se giró, soltando un grito ahogado, pero yo me quedé paralizada, viendo cómo esa figura alta, vestida de negro absoluto, se materializaba en la entrada de mi pequeño refugio.

Alessandra no parecía la mujer que me había besado bajo el árbol. No era la mujer ronca que se quejaba de la gripe. Era una aparición de pesadilla. La luz de la lámpara del techo, que siempre me había parecido cálida, ahora revelaba la frialdad metálica de su mirada heterocromática. Caminaba con una seguridad depredadora, una elegancia que gritaba peligro.

—Vete a la habitación, Martina —susurré, sin apartar los ojos de Alessandra. Mi voz apenas era un hilo—. Por favor... vete ahora.

—¡Giulia, no! —Martina agarró un pesado jarrón de cerámica de la mesa, sus manos temblando violentamente—. ¡Llama a la policía! ¡Tú, lárgate de aquí o...!

Alessandra soltó una risa seca, un sonido carente de humor que me erizó la piel. Se detuvo a dos metros de nosotras, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre con una calma insultante.

—Sì, piccola... no hagas nada extraño porque si lo haces... —Alessandra ladeó la cabeza, y por primera vez vi el destello de algo oscuro en su cintura—... te quedas sin manitos y sin cabeza.

El tono de su voz era profundo, una vibración que parecía sacudir los cimientos del edificio. Martina palideció, mirándome con puro terror antes de soltar el jarrón y retroceder hacia el pasillo. La puerta de su cuarto se cerró con un clic tembloroso, dejándome a solas con el centro de mi tormenta.

Alessandra se acercó un paso más. El olor a lluvia, tabaco caro y ese perfume cítrico que ahora me causaba náuseas inundó el salón.

—¿Viniste a matarme? —pregunté, y una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla—. ¿Es así como resuelven las cosas los Veraldi? ¿Con sangre cuando alguien les dice que no?

—No digas estupideces, Giulia —masculló ella en español, aunque su acento italiano se marcaba más con la rabia—. Vine porque alguien escribió un mensaje que no era tuyo. Vine porque me ocultaste que sabías quién era yo bajo una capa de inocencia que ahora me parece hipócrita.

—¡Yo no sabía nada! —grité, sintiendo cómo la angustia explotaba en mi pecho—. ¡Para mí eras Ale! La mujer que leía sobre esculturas, la mujer que se perdía en los parques. ¡No la "General" que mueve cargamentos ilegales por toda Europa! ¿Cómo esperabas que reaccionara? ¿Que te diera las gracias por mentirme?

—¡No te mentí! —Alessandra dio un golpe en la mesa de centro, haciendo que mis cuentas de bisutería saltaran por el aire—. ¡Simplemente no era relevante! Mi apellido no define lo que sentí cuando te besé.

—¡Define todo, Alessandra! —retrocedí hasta chocar con el balcón, donde las flores que ella me envió se marchitaban como nuestro breve idilio—. Define por qué estás aquí ahora, entrando a la fuerza en mi casa. Define por qué mi amiga está encerrada muerta de miedo. No eres una persona, eres un imperio de violencia. Y yo... yo solo soy una artesana. Para ti soy un juguete, una distracción entre barcos y pistolas.

—¡Basta! —su grito fue como un trueno. Se acercó tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. ¡No me hables como si fuera un monstruo sin alma! He sido más paciente contigo que con cualquier otra persona en mi maldita vida. He gastado tiempo y recursos solo para verte sonreír, ¡y ahora me escupes en la cara que soy solo un imperio!

—¡Porque lo eres! —le espeté, el llanto volviéndose histérico—. ¡Eres una mafiosa! ¡Eres una asesina! ¿Cuántas personas han sufrido por ese dinero con el que compraste mis flores? ¡Me das asco! ¡Me doy asco a mí misma por haber dejado que me tocaras!

Alessandra se quedó rígida. Sus ojos destellaron con una furia cruda, sus mandíbulas apretadas hasta que vi las venas de su cuello marcarse. Parecía que iba a romper algo, que iba a destruirme allí mismo. Pero entonces, estalló de una forma que no esperaba.

—¡AL MENOS YO SI TE LO DIGO EN LA CARA! —rugió, agarrándome de los hombros con una fuerza que no llegaba a lastimar, pero que me inmovilizaba—. ¡TE AMO, MALDITA SEA!

El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor. Me quedé mirándola, con la boca entreabierta, el aire escapando de mis pulmones. Alessandra respiraba con dificultad, sus ojos fijos en los míos, revelando una vulnerabilidad que me resultó aterradora porque venía de alguien tan poderoso.

—¿Me... me amas? —susurré, empezando a sollozar con más fuerza—. No puedes amarme. No sabes lo que es eso. Tú solo posees cosas. Me quieres en tu colección, junto a tus barcos y tus prostitutas brasileñas.

—Giulia, no... —su tono cambió de repente, volviéndose suave, casi suplicante. Intentó llevar su mano a mi mejilla para secar mis lágrimas—. Escúchame, principessa. Puedo protegerte. Puedo darte el mundo...

—¡No quiero tu mundo! —le grité, apartando su mano de un golpe—. ¡Tu mundo está manchado de sangre! ¡Ojalá nunca te hubiera conocido! ¡Ojalá te hubieras muerto de esa gripe en tu mansión de cristal!

Alessandra retrocedió como si le hubiera dado una bofetada real. La expresión de dolor que cruzó su rostro fue breve, reemplazada rápidamente por una máscara de piedra, pero yo sabía que le había dado donde más le dolía.

—Eres lo peor que me ha pasado —continué, las palabras saliendo como veneno de mi boca—. Eres un parásito que arruina todo lo que toca. Vete de aquí. Vete con tu familia de criminales y déjame morir en mi pobreza, porque prefiero eso a ser la "mujer" de un monstruo como tú.

Me desplomé en el sofá, cubriéndome la cara con las manos, llorando con una amargura que me desgarraba la garganta. Escuché el silencio de Alessandra, un silencio pesado y cargado de una oscuridad que nunca antes había sentido.

—Va bene, Giulia —dijo finalmente, su voz de nuevo fría, profesional, muerta—. Has dejado tu posición muy clara.

Escuché sus pasos alejarse hacia la puerta.

—Pero recuerda una cosa —se detuvo en el umbral sin mirar atrás—. Dijiste que no querías saber nada de mí. Cumpliré tu deseo. Pero en este mundo, el olvido es un lujo que los Veraldi no concedemos fácilmente. Adiós, artesana.

El eco del portazo final de Alessandra resonó en las paredes desnudas de mi sala como el cierre de una tumba. Durante unos segundos, el silencio fue tan absoluto y pesado que sentí que el aire se había solidificado en mis pulmones. Pero entonces, la presión en mi pecho estalló.

Me desplomé por completo en el sofá, ocultando mi rostro entre los cojines que aún conservaban ese rastro casi imperceptible de su perfume cítrico y caro. Un sollozo desgarrador, de esos que nacen en las entrañas y te dejan sin aliento, escapó de mi garganta.

—¡Giulia! ¡Oh, Dios mío, Giulia! —Martina salió disparada de la habitación, tropezando con la alfombra en su urgencia por llegar a mí. Se lanzó al suelo y me envolvió en sus brazos con una fuerza desesperada.

—¡Se fue, Martina! ¡Le dije que era un monstruo y se fue! —grité, mi voz rompiéndose en mil pedazos, mientras mis lágrimas empapaban su hombro—. ¡Le dije que ojalá se hubiera muerto! ¡Soy una estúpida, soy una maldita estúpida!

Martina me mecía con brusquedad, apretándome contra ella mientras su propia respiración era errática por el miedo residual.

—¡Claro que eres una estúpida! —me regañó ella, su voz temblando entre el alivio y la indignación—. ¡¿Cómo se te ocurre gritarle esas cosas a una mujer así?! ¡Podría habernos matado a las dos allí mismo! ¡¿Viste cómo me miró?! ¡Esa mujer no tiene alma, Giulia, tiene una cuenta regresiva en los ojos!

—¡Pero me dijo que me amaba! —chillé, golpeando débilmente el brazo del sofá, sintiendo cómo el corazón se me hacía pedazos—. ¡Me lo gritó en la cara y yo le escupí veneno! ¡La amo, Martina! ¡Maldita sea, la amo y tengo tanto miedo que me duele el cuerpo!

—¡No la amas, estás bajo el síndrome de Estocolmo de sus regalos y sus trajes italianos! —sentenció Martina, separándose un poco para mirarme a los ojos, aunque sus propias manos seguían temblando—. Escúchame bien: esa mujer es peligro. Es sangre, es muerte, es todo lo que juramos evitar cuando vinimos aquí. ¡Míranos! ¡Estamos temblando en nuestro propio salón porque ella decidió entrar sin permiso!

—¡Es que no lo entiendes! —seguí gritando, mi llanto volviéndose casi histérico—. Ella no es solo su apellido... había algo en sus ojos, algo roto... ¡Y yo lo terminé de romper! ¡Soy un parásito, eso fue lo que le dije! ¡Le dije que era un parásito!

Me abracé a mis propias rodillas, balanceándome mientras el vacío de la habitación parecía hacerse más grande. Martina volvió a abrazarme, esta vez con más suavidad, dejando que mis gritos se convirtieran en gemidos sordos de agonía.

—Ya pasó, ya pasó... —susurraba ella, aunque su mirada seguía fija en la puerta, como si esperara que los hombres de Alessandra volvieran para terminar el trabajo—. Hiciste lo correcto, aunque doliera. La alejaste. Ahora podemos estar a salvo. Podemos volver a ser solo nosotras.

Pero mientras Martina intentaba consolarme, yo solo podía pensar en la frialdad de la última mirada de Alessandra. Ella había dicho que el olvido era un lujo que los Veraldi no concedían. Y mientras mis lágrimas caían sobre la alfombra barata, supe que no había ganado mi libertad. Solo había cambiado un romance peligroso por una sentencia de sombras.

—¡La odio por hacerme amarla! —fue mi último grito antes de que el agotamiento me venciera, dejándome rota en los brazos de mi amiga, bajo la sombra de un ramo de quinientas rosas que ahora parecían coronas fúnebres en nuestro balcón.

Alessandra:

El frío de la noche milanesa se filtraba por las rendijas de mi Maserati, pero no era nada comparado con el hielo que se había instalado en el centro de mi esternón. Conducía mecánicamente, con la vista nublada por una humedad que me negaba a reconocer, hasta que la presión se volvió insoportable. No era la gripe. No era el cansancio del puerto. Era como si un ancla de hierro estuviera tirando de mi corazón hacia el abismo, desgarrando el músculo y la fibra.

Logré llegar al estacionamiento privado de uno de mis edificios de seguridad, pero en cuanto apagué el motor, el mundo se desmoronó. Abrí la puerta del coche buscando aire, pero mis piernas, esas que siempre habían sido mi soporte de acero, fallaron por completo. Me desplomé sobre el asfalto frío, apoyando la espalda contra la rueda, mientras un sollozo desgarrador, uno que no sabía que era capaz de emitir, escapaba de mis pulmones.

—*Maledizione... perché fa così male?* —gemí, apretando los puños contra mi pecho, tratando de aplastar el dolor físico que las palabras de Giulia habían sembrado en mí.

Mi secretaria, que me había estado siguiendo en otro vehículo por órdenes de Valentina, llegó corriendo apenas unos minutos después. La vi borrosa, una mancha de pánico acercándose a mí.

—¡Signora Veraldi! ¡Dios mío! —gritó, arrodillándose a mi lado—. Está pálida... ¿Es el corazón? ¿Quiere que llame a una ambulancia? ¿A los gemelos? ¿A quién llamo, Alessandra?

—*A casa...* —logré articular, mi voz siendo apenas un susurro entrecortado, afónico, roto por el llanto que no podía detener—. *Voglio solo andare a casa... non ce la faccio più. Il dolore... mi sta uccidendo.*

Ella me miró con terror; nunca me había visto así. La General, la mujer que manejaba imperios, estaba hecha un ovillo en el suelo, llorando como una niña herida. Ignorando mi petición de silencio, sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó el único número que sabía que podía controlar el caos.

—¿Signore Alessio? Sí, es Alessandra... No sé qué pasa, se desplomó... está... está llorando, señor. Dice que le duele el pecho.

Me pasó el teléfono con urgencia. Mis dedos apenas pudieron sostener el aparato contra mi oreja. El aire me faltaba, y cada vez que intentaba respirar, las palabras de Giulia —*parásito, monstruo, ojalá te hubieras muerto*— se clavaban como cristales rotos en mi garganta.

—*¿Papà?* —mi voz salió en un hilo, quebrada, cargada de una agonía que nunca le había mostrado al hombre que me enseñó a ser fuerte.

—*Alessandra? Cara, che succede?* —la voz de mi padre sonó profunda, perdiendo esa calidez de la risa de hace unas horas para volverse puro instinto protector—. *¿Dónde estás? Háblame.*

—*Papà... mi fa male... qui...* —sollocé, apretando el teléfono mientras las lágrimas empapaban mi camisa de seda negra—. *Ella... ella me odia. Todo el mundo tiene razón... soy un monstruo. No puedo respirar, papà... no puedo.*

Me quedé allí, en la oscuridad del estacionamiento, desangrándome emocionalmente a través de una línea telefónica, mientras el apellido Veraldi se sentía más que nunca como una corona de espinas que finalmente me había destrozado el corazón.

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