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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Donde la herida respira

El mundo no se detuvo

4 de abril del año 2000 — 03:17 a.m.

Hospital St. Mary, ala infantil.

Evan caminaba por los pasillos blancos, acompañado por la enfermera Lidia, que le sonreía como si

fuera un chico normal. Pero no lo era. No después de lo que vio. No después de lo que vivió.

Había dejado los medicamentos. Por decisión propia.

Irene —¿Y si vuelve?

Evan —¿Y si nunca se fue?

Su voz era tranquila. Pero detrás de sus ojos había una niebla espesa.

Ya no gritaba en las noches. Ya no hablaba dormido.

Solo miraba, como si viera más de lo que decía.

Aurora en los espacios vacíos

Evan a veces escribía en un cuaderno que nadie le había dado.

Lo abría por la mañana.

Trazaba palabras sin pensar.

Y en las páginas aparecían frases que no recordaba haber escrito:

“No es una pesadilla si nunca te despertás.” “Aurora no está muerta. Está detrás del ruido.” “Él te va a

visitar cuando creas que estás curado.”

Una noche, encontró un dibujo en una de las hojas:

Aurora, sentada frente a un espejo, con el rostro tapado.

La habitación se volvió helada.

Y entonces, como si alguien respirara en su oído, escuchó:

¿?—No me olvides.

Irene investiga sola

Irene había pedido una licencia médica. Nadie sabía exactamente por qué.

La psicóloga modelo. La mujer lógica.

Ahora pasaba los días en un archivo estatal, revisando microfilms, cartas de casos olvidados, cintas de

audio mal etiquetadas.

Buscaba un patrón.

Y lo encontró.

Niños que hablaban de sombras.

De “ojos que no dormían”.

De una puerta que no debía abrirse.

Fechas encontradas: 1950 — 1972 — 1987 — 2000.

Siempre la misma figura.

Distinto nombre. Distinta forma.

Misma respiración.

Y en algunos casos… los niños también hablaban de una niña de cabello claro. Aurora.

En un margen de un informe fechado en 1950, Irene reconoció una firma temblorosa.

La firma de su madre, oficial de policía en aquel tiempo.

Sintió un escalofrío. Guardó el documento como si ardiera en sus manos.

La grieta no se cierra

Evan ya no soñaba.

Vivía dentro de una vigilia extraña.

Algunos días, sentía que era parte del mundo.

Otros, el aire a su alrededor se volvía pesado, como si el mundo entero respirara con una sola boca.

Una noche se despertó con el cuerpo cubierto de palabras escritas con marcador negro.

Frases que no recordaba haber escrito:

“Gracias por recordarme.” “¿Volvés a abrir la puerta?” “La grieta está en vos ahora.”

Intentó lavarse. Pero las palabras volvían.

A la mañana siguiente, estaban borradas.

Como si el monstruo no quisiera que otros lo supieran.

Solo él.

En su reloj digital, la fecha parece imposible: 31 de febrero, 00:00.

El monstruo era un caos. Puro caos.

Conversación con Irene — El acuerdo

19 de abril del 2000 — 16:00 p.m.

Irene lo visitó una tarde.

No era una sesión.

Era un reencuentro.

Ambos sabían que algo había sobrevivido.

Que el monstruo no se había ido.

Solo había cambiado de lugar.

Irene —¿Crees que está muerto?

Evan —No puede morir.

Irene —¿Por qué no?

Evan —Porque todavía lo nombramos.

Silencio.

Irene —¿Y cómo hacemos para seguir con esto?

Evan —No lo olvidamos. Pero tampoco lo alimentamos. No le damos forma. No lo invocamos.

Irene —¿Y si vuelve?

Evan —Va a volver. Siempre vuelve. Pero si lo vemos a tiempo… podemos elegir no invitarlo.

Reencuentro con sus padres

20 de abril del 2000 — 18:12 p.m.

Residencia temporal, sala de visitas.

Evan esperaba sentado, con las manos frías y un vaso de leche que no había tocado.

La puerta se abrió.

Su madre entró primero. Ojos cansados, la piel envejecida por noches sin dormir.

Su padre detrás, rígido, incapaz de saber qué decir.

Por un segundo, nadie habló.

Eran tres silencios chocando en la misma habitación.

La madre se inclinó, temblando.

Camila —Evan… ¿te acordás de nosotros?

Él los miró.

No como un niño.

Como alguien que había cruzado un lugar del que ellos jamás habían oído hablar.

Evan —Sí. Pero no somos los mismos. Ni ustedes. Ni yo.

Su padre bajó la mirada.

La madre lloró.

Evan no se movió. Solo sostuvo el vaso, sin beberlo.

Evan —Quiero que me crean —dijo, casi susurrando—. Porque si no me creen… va a volver.

El silencio volvió a ser todo.

Pero esta vez, pesaba más que las palabras.

Aurora habla por última vez

Esa noche, Evan se acostó sin pastillas.

Sin miedo.

Y soñó.

Aurora estaba en el mismo bosque donde jugaban de chicos.

La nieve caía lentamente. El cielo era violeta.

Ella lo miró. Sonreía.

Pero también lloraba.

Aurora —No me recuerdes solo por mi muerte. Recordame cuando cantábamos en la nieve.

Evan —Lo intento. Pero duele igual.

Aurora —Eso está bien. El dolor no es un monstruo. El monstruo es lo que hacemos con él.

Evan— ¿Y vos… te vas a ir?

Aurora guardó silencio.

Luego dijo, apenas audible:

Aurora —Buscá donde empezó. No en vos. No en mí. Antes. Mucho antes.

Y caminó hacia el bosque.

Desapareció.

No como humo.

Como alguien que, por fin, pudo quedarse en paz.

Sospecha

7 de mayo del 2000 — 23:59 p.m.

Evan, en su habitación.

Se miraba al espejo.

No había nada raro en su reflejo.

Nada fuera de lugar.

Y sin embargo, algo en su interior no encajaba.

Escribió en el cuaderno una frase que no podía sacarse de la cabeza:

“Lo que derrotaste no era él.

Era solo la forma que necesitabas ver.”

El aire se volvió denso.

El reloj volvió a marcar la fecha imposible: 31 de febrero.

Evan cerró los ojos.

Evan —Él no murió… ¿verdad?

No hubo respuesta.

Pero el silencio respiró.

El archivo de las sombras

8 de mayo del 2000 — 01:41 a.m.

Residencia temporal, habitación de Evan.

La lámpara encendida apenas iluminaba el cuarto.

Las paredes estaban cubiertas de hojas sueltas, notas clavadas, frases en voz baja.

Evan escribía en su cuaderno. Murmuraba:

Evan —No es suficiente con recordarlo. Hay más. Mucho más.

Abrió un cajón cerrado con llave.

Dentro había sobres antiguos.

Cartas con fechas viejas: 1950. 1972. 1987.

Páginas arrancadas de diarios escolares.

Informes clínicos con nombres tachados.

Todos hablaban de él.

Evan desplegó un mapa y marcó puntos:

lugares donde aparecieron frases.

incendios.

niños desaparecidos.

testigos mudos.

Evan —No soy el primero. Pero puedo ser el último que lo entienda.

Si lo rastreo… tal vez encuentre dónde empezó.

Lo susurró en voz baja, como si alguien escuchara detrás de las paredes:

Evan —Voy a encontrar los diarios del monstruo.

No para destruirlo.

Todavía no.

Primero… voy a escribir el mío.

La cámara se aleja.

La habitación está cubierta de ojos dibujados.

Algunos están cerrados.

Uno, en la esquina… acaba de abrirse.

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