Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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Pudiste pero no quisiste
Al terminar la fiesta, Julián no pudo irse a su casa. Conducido por un impulso autodestructivo y una necesidad desesperada de ver el daño que había causado, manejó hasta el club. Se estacionó lejos, en las sombras, y entró solo.
Se sentó en una mesa apartada, en un rincón oscuro donde las luces de neón apenas llegaban. Esperó. Diez minutos después, la vio.
Luciana salió de la cocina cargando una bandeja pesada. Se veía exhausta, con ojeras profundas que resaltaban su piel morena. Julián sintió un nudo en la garganta. Quería levantarse, pedirle perdón de rodillas, decirle que era un imbécil. Pero cuando ella pasó cerca de su mesa y sus miradas se cruzaron, lo que vio en los ojos de Luciana lo detuvo en seco.
No había tristeza. No había súplica. Había una indiferencia gélida.
Ella se acercó a su mesa con la libreta en la mano, como si él fuera un extraño total.
—¿Qué va a tomar el caballero? —preguntó Luciana. Su voz era plana, profesional, despojada de cualquier emoción.
—Luciana... por favor, escúchame —susurró él, intentando tomar su mano sobre la mesa.
Ella retiró la mano instantáneamente, como si hubiera tocado algo asqueroso.
—Aquí soy la mesera, y usted es el cliente. Si no va a pedir nada, tengo otras mesas que atender. Gente que sí sabe cómo comportarse en público —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos.
—Lo que dije en el galpón... no era yo. Estaba asustado, Mateo me presionó y yo...
—Tú elegiste, Julián —lo interrumpió ella con una calma que lo aterrorizó—. En el galpón, cuando estábamos solos, elegiste ser el chico de la biblioteca. Pero en cuanto entró la luz y tus amigos, elegiste ser un monstruo. No puedes tener las dos cosas. No puedes amarme en la oscuridad y escupirme en la luz.
—No te escupí, yo solo...
—Me llamaste oportunista. Dijiste que solo sirvo para limpiar mesas —Luciana se inclinó un poco, su rostro a centímetros del de él—. Y sabes qué es lo más gracioso? Que tienes razón. Sirvo para limpiar mesas, para cuidar a mi padre y para sobrevivir sola. Tú, en cambio, no sirves ni para defender a la persona que dices querer. Eres un accesorio de tus amigos, Julián. No eres nadie sin ellos.
Julián se quedó mudo. La verdad de sus palabras le golpeó con más fuerza que el accidente del auto. Luciana se dio la vuelta y se alejó sin esperar respuesta.
Esa noche, cuando Luciana llegó a su casa a las cuatro de la mañana, fue directo al jardín. Bajo la luz de la luna, con las manos desnudas, empezó a cavar. Arrancó cada uno de los bulbos que Julián le había regalado. Sus uñas se llenaron de tierra, sus manos se lastimaron con las piedras, pero no se detuvo hasta que la caja de madera estuvo vacía.
Entró en la casa y encontró a su padre dormido en el sofá, con una foto de Esther en el pecho. Luciana lo cubrió con una manta y se sentó en el suelo, rodeada del silencio sombrío de su hogar. Por primera vez en mucho tiempo, no lloró. El dolor por la muerte de su madre seguía ahí, pero la decepción por Julián había quemado la última pizca de ingenuidad que le quedaba.
Se dio cuenta de que no necesitaba que nadie la rescatara de su mundo abrumador. Ella era su propio refugio.
A la mañana siguiente, Julián llegó a la escuela con ojeras y el ánimo por el suelo. Mateo intentó hacer otro chiste sobre la "meserita", pero esta vez, Julián no se rió.
—Cállate la boca, Mateo —dijo Julián, con una voz que sorprendió a todos.
—¿Qué te pasa? ¿Todavía estás sensible por el choque?
—Me pasa que soy un cobarde, pero ya me cansé de ser tu sombra —respondió Julián, dándose la vuelta y caminando hacia el salón de literatura.
Se sentó en su banco habitual y esperó a que Luciana entrara. Cuando ella lo hizo, con su paso elegante y sutil, él se puso de pie frente a todos. El salón se quedó en silencio. Julián abrió la boca para hablar, para pedir perdón públicamente, para romper su máscara de una vez por todas.
Pero Luciana ni siquiera lo miró. Pasó por su lado como si él fuera parte de los muebles, se sentó en su lugar, abrió su libro de fantasía y se sumergió en un mundo donde las personas eran valoradas por su corazón y no por su apariencia.
Julián se quedó parado en medio del salón, rodeado de sus amigos "populares", sintiéndose más solo y vacío que nunca. Había recuperado su voz, pero había perdido a la única persona que valía la pena escuchar.
"𝐄𝐧 𝐮𝐧 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐧𝐭𝐚𝐧 𝐞𝐧𝐜𝐚𝐣𝐚𝐫, 𝐚𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐥𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐯𝐚𝐥𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞𝐬 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐞𝐬 𝐬𝐞𝐫 𝐭𝐮 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨, 𝐬𝐢𝐧 𝐦𝐢𝐞𝐝𝐨 𝐚 𝐬𝐞𝐫 𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐚 𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐝𝐞 𝐭𝐮 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫 𝐲 𝐧𝐨 𝐡𝐚𝐲 𝐧𝐚𝐝𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐚𝐭𝐫𝐚𝐜𝐭𝐢𝐯𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐚𝐭𝐫𝐞𝐯𝐞 𝐚 𝐬𝐞𝐫 𝐚𝐮𝐭𝐞́𝐧𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐞𝐧 𝐮𝐧 𝐦𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐦𝐚́𝐬𝐜𝐚𝐫𝐚𝐬"