Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 11
Ren ordenó a la sierva que acompañaba a la joven que se la llevara rápidamente.
La mujer forcejeó, protestó, lanzó insultos en voz baja mientras la sacaban del yuukaku. Pero se fue. Porque cuando un hombre como Ren ordena, se obedece.
El silencio volvió a la sala común. Las putas nos miraban. Los clientes también. Kimi, desde el fondo, me observaba con los ojos muy abiertos.
Ren se acercó a mí.
—Lo siento —dijo.
Sacó un pañuelo. Blanco. Limpio. Caro. Comenzó a secar mi rostro con una delicadeza que no esperaba. El sake aún goteaba de mi cabello, de mi ropa.
—Está bien —respondí—. No te preocupes. Estoy acostumbrada.
Me miró.
No como mira un cliente. No como mira un hombre a una puta. Me miró como si quisiera entender algo. Como si yo fuera un acertijo.
Y yo le sonreí.
Mi sonrisa perfecta. La de siempre.
Entonces me acerqué más. Lo suficiente para sentir su calor. Lo suficiente para que no hubiera duda de lo que venía.
Y lo besé.
Apasionado. Profundo. Con todo lo que sabía.
Al principio, él apartó el rostro. Sorprendido. Vacilante.
Pero lo besé otra vez.
Y entonces pasó.
Sus brazos me rodearon. Me levantó del suelo como si no pesara nada. Me llevó a una habitación vacía, de esas que usaban para los clientes, y me tumbó en el futón.
Lo follé como a nadie.
Porque sabía que ningún hombre se resiste a una noche de pasión. Cualquier hueco les queda bien. Todos son iguales. Todos caen.
Pero con él fue diferente.
No sé si fue su forma de moverse, su forma de mirarme, su forma de callar mientras gemía. Algo era distinto. Algo no encajaba con el resto.
Cuando terminamos, nos quedamos en el futón.
Su pecho subía y bajaba. El mío también. El sudor se secaba en nuestra piel.
—¿Quién eres? —preguntó.
Sabía que en algún momento hablaría. Sabía que después del sexo siempre llegan las preguntas.
—Soy Ai —respondí—. Pero no sé qué es el amor.
Me miró con curiosidad. Esa misma mirada de antes, pero más intensa.
—¿Cuál es tu relación con Akino?
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo pregunto yo. —Hizo una pausa—. Lo pregunta su esposa. Ella es hija de nobles. Su familia es muy importante.
Me incorporé sobre un codo. Lo miré.
—¿De verdad? —dije—. Si es tan poderosa, ¿cómo terminó casada con un hombre como él?
Ren frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A eso. —Sonreí—. Que una mujer tan inteligente, casada con un hombre tan ordinario... es un talento desperdiciado.
Lo besé de nuevo.
Apasionado.
Otra vez.
Porque las preguntas podían esperar. Porque él podía esperar. Porque mientras lo besaba, mientras lo tenía así, desnudo y vulnerable bajo mí, yo ganaba tiempo.
Y tiempo era lo que necesitaba para entender quién era realmente Ren. Y qué quería de mí.
Cuando me separé, su respiración era otra vez agitada.
—Eres... —comenzó.
—¿Peligrosa? —completé—. Sí. Lo sé.
Sonreí.
Y en la penumbra de esa habitación de putas, con el hombre más poderoso del imperio después del emperador desnudo a mi lado, supe que algo había cambiado.
No sabía qué.
Pero algo se movía en el tablero.
Y yo seguía siendo la única que veía todas las piezas.
Volvimos juntos al palacio.
El camino en silencio. Ren a mi lado, con esa presencia suya que llenaba el espacio sin necesidad de palabras. Yo mirando por la ventanilla, pensando en lo que había pasado, en lo que significaba, en lo que vendría después.
Las puertas se abrieron.
Adentro, Soka estaba en su puesto. Cuando me vio, su rostro se iluminó.
—¡Ai! —saludó—. Bienvenida.
—Gracias —respondí, acercándome.
Charlamos un rato. Cosas triviales. El clima. La comida. Las tareas del día. Nada importante. Todo importante, porque mientras hablábamos, mis ojos recorrían el patio, los pasillos, las ventanas.
Y entonces la vi.
La mujer del yuukaku.
La que me había tirado el sake. La que me había llamado puta de quinta. La que había hecho una escena delante de todos.
Estaba ahí. A unos pasos. Vestida con sedas aún más finas que las de aquella noche. Joyas nuevas. Acompañada de sirvientas que la seguían como perritos falderos.
Me quedé helada.
Pero solo un instante.
Porque entonces lo entendí. Claro. Ella vivía en el palacio. Era la esposa de Ren. ¿Dónde más iba a vivir?
—¿Quién es ella? —le pregunté a Soka, con la voz más casual que pude fingir.
Soka siguió mi mirada.
—¿Ella? —sonrió—. Es la concubina favorita del emperador.
El mundo se detuvo.
Un segundo. Dos. Tres.
La concubina favorita del emperador.
No la esposa de Ren.
La concubina del emperador.
Y Ren... Ren, la mano derecha del emperador, su hermano de crianza... había estado conmigo. Me había llevado a una habitación. Me había follado como si no hubiera un mañana.
Mientras la favorita de su mejor amigo lo buscaba en un burdel.
Una emoción me recorrió el cuerpo. Algo caliente. Algo eléctrico. Algo que reconozco bien.
Poder.
Esto es magnífico. Esto es más de lo que podría haber imaginado.
Ella me vio.
Nuestras miradas se encontraron a través del patio. Y ella... palideció. Como si hubiera visto un fantasma. Como si yo fuera la prueba de algo que no quería recordar.
Se dio la vuelta y se fue apresurada.
Con miedo.
Y cuánta razón tenía para tenerlo.
—¿Por qué lo preguntas? —dijo Soka, curioso.
—Por nada —respondí, con mi sonrisa perfecta—. Se me hizo muy bonita.
Soka se encogió de hombros y siguió con lo suyo.
Yo me quedé mirando el lugar por donde ella había desaparecido.
Concubina favorita, pensé.
Busca a Ren en un burdel.
Lo encuentra conmigo.
Se pone furiosa.
Él la humilla delante de todos.
Y ahora... ahora me ve aquí, en su casa, y huye.
Sonreí.
Querida, pensé, no sabes lo que has hecho. No sabes a quién has agredido.
Pero vas a descubrirlo.
Muy pronto.
Esa noche, en mi habitación, no pude dormir.
Daba vueltas en la estera, repasando cada detalle. La escena en el yuukaku. La furia de ella. La incomodidad de Ren. El beso. La habitación. El sexo. El regreso.
Ella no era su esposa.
Era la mujer del emperador.
Y sin embargo, buscaba a Ren. Lo seguía. Le reclamaba. Se ponía celosa.
¿Qué significaba eso?
¿Qué clase de juego estaban jugando?
Y lo más importante: ¿cómo podía yo usarlo?
Porque esto no era solo un conflicto entre una concubina y una sirvienta. Esto era una grieta. Una grieta en la fachada perfecta del palacio. Una grieta por la que yo podía colarme.
El emperador. Su favorita. Su hermano. Y yo.
Cuatro piezas en un tablero que apenas empezaba a entender.
Paciencia, me dije. Observa. Aprende. Espera.
El momento llegará.
Y mientras la luna se colaba por la ventana, supe que había dado un paso más.
Hacia arriba.
Siempre hacia arriba.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.