Mia Saviano sabe lo quiere desde que era una niña, ser la Capo de la Camorra y no dejará que nada intervenga en su camino, menos el hombre que es su enemigo número uno y al cual deberá matar eventualmente.
Leo Saviano quiere ser presidente de los EEUU y no dejará que ningún escándalo arruine su oportunidad.
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La mejor secretaria
Gabriela James
Lanzo una mirada severa contra la nueva practicante, quien detiene su intento de coquetear con el nuevo jefe de campaña de inmediato.
–Las conversaciones personales las dejan para su tiempo libre –digo con severidad–. ¿Estamos de acuerdo?
Ambos asienten y Cindy, la practicante, se sonroja hasta las orejas.
–¿Qué tenemos?
–Según los resultados de las encuestas realizadas la última semana los votantes prefieren las campañas puerta a puerta –responde el nuevo jefe de campaña. Ni siquiera recuerdo su nombre.
–¿Más que las campañas en las redes? –pregunto con escepticismo–. Enséñame la forma en que calculaste la muestra de la población a consultar –le exijo.
Busca nervioso en su carpeta y me entrega una hoja. La leo rápidamente y niego con mi cabeza.
–La muestra está mal calculada.
–No –dice y se apresura en quitarme la hoja–. La media del rango etario de los votantes ronda entre los cuarenta y cinco y cincuenta y ocho años –defiende–. Fui muy cuidadoso con el cálculo.
Acaricio mi sien tratando de eliminar el dolor de cabeza que ya comienza a agobiarme.
–¿Cuánto llevas trabajando aquí? –pregunto sin paciencia.
–Tres semanas –responde.
–¿Qué fue lo primero que se te entregó?
–El reglamento y mi contrato.
–¿Qué exigencia aparecía descrita en ambos documentos?
Piensa y cuando no llega a ninguna respuesta comienza a buscar en su carpeta por la copia del contrato.
–No te agobies –digo–. Es la única cosa subrayada y con letras negras.
–Revisar el correo regularmente, como preferencia una vez cada quince minutos –lee en voz alta.
–¿Lo hiciste?
–¡Por supuesto que sí! –responde exaltado.
–No creo que lo hayas hecho porque esta mañana te envié un correo. En el asunto decía leer antes de calcular la muestra. ¿Lo leíste? –pregunto y puedo ver como palidece–. Por tu cara deduzco que no lo hiciste.
–Yo… yo…
–En el correo decía claramente que el senador quiere cautivar a la masa joven que no está inscrita para votar todavía. Por lo tanto, la muestra no debió haberse calculado con la masa inscrita de votantes.
–Yo… yo… lo siento, no volverá a suceder.
–Claramente no. Estás despedido –digo–. Desocupa tu escritorio de inmediato.
Mientras todos ven al ex jefe de campaña salir golpeo la mesa con mi puño para llamar su atención.
–Estamos trabajando para el próximo presidente de los EEUU, estos errores no pueden suceder. Revisen su puto correo –digo molesta–. Cindy contrata a otro jefe de campaña. Hoy –agrego antes de salir de la sala de reuniones.
Si Leo sigue contratando a gente incompetente no podremos llevar a cabo esta campaña.
Un chico nuevo se detiene a mirar mi cicatriz por más de cinco segundos.
–¿Se te perdió algo? –le ladro–. Archivo es en el tercer piso. ¿O necesitas que te dibuje un mapa?
El joven enrojece antes de salir corriendo.
Me giro y choco con Leo. Por suerte soy baja y mi cabeza choca con su amplio pecho.
–¿Qué te hizo ese muchacho? –pregunta divertido.
–Cruzarse en mi camino. Despedí al jefe de campaña.
Sonríe antes de negar con la cabeza.
–Me ayudaría mucho si dejaras de contratar a personal no calificado –le pido.
–Están altamente calificados, Gabby. El problema es que no son como tú. Nadie lo es.
Sonrío por el halago. –Somos una clase en peligro de extinción. Definitivamente –agrego al mirar como una de las secretarias tropieza y deja caer su café sobre el suelo y su ropa–. Limpia eso –le ordeno antes de caminar a mi puesto de trabajo.
Me siento y abro el correo. Mierda ciento doce nuevos correos. Estaré aquí hasta las tres de la mañana.
–Te dije que contrataras a una asistente personal. No vas a poder con todo el trabajo tu sola.
–No me conoces.
–Lo hago –insiste mientras voy despachando los correos a la velocidad más rápida que me permiten mis dedos al teclear–. Pero no tienes que cargar con el peso de todos sobre tus hombros. Menos con el mío.
Lo miro sin dejar de escribir.
–Es lindo que pienses eso. Contraté a una asistente, pero no duró mucho.
–Según Robin contraste a seis y ninguna duró más de cuatro horas –replica.
–Por si no te das cuenta, estoy ocupada. Algunos tenemos que trabajar.
Sacude mi cabello. –Qué graciosa –molesta–. Ven a cenar conmigo.
–No puedo. Ocupada.
Se queda callado por tanto rato, que curiosa levanto la vista del ordenador y lo miro. Está mirándome serio y con los brazos cruzados.
–Es una orden, Gabby.
–Nop –respondo.
–Estoy hablando en serio, señorita James.
–Si sabes que estoy haciendo un esfuerzo descomunal por ignorarte ahora mismo, ¿verdad? Quiero terminar mi trabajo y poder salir de aquí antes de las tres de la mañana. Esta semana no he dormido más que un par de horas.
–¿Y de quién es la culpa de eso?
–¡De ti!
Chasquea su lengua y me mira con indulgencia. Odio cuando hace eso.
–El horario está establecido en el contrato. Nadie te obliga a quedarte hasta más tarde.
Cansada. Irritada. Y francamente harta de todos hoy, me levanto en un movimiento. Tomo mi celular y mi cartera antes de mirarlo.
–Más te vale que me lleves al nuevo restaurante griego de la Cuarta Avenida.
–Deja el teléfono aquí.
Lo abrazo contra mi pecho y niego con mi cabeza.
–No te atreverías.
–Si llevas ese maldito cacharro a cenar te juro que lo lanzaré del vehículo en movimiento, James. No estoy bromeando.
Lo miro con todo el odio del que soy capaz.
–Asesino de celulares –siseo antes de dejarlo en mi escritorio–. Pediré el vino más caro del restaurante.
Leo sonríe y me abraza contra su costado.
–Lo que la mejor secretaria del mundo quiera.
Resoplo mientras pienso en cómo mierda recuperaré este tiempo.
Me detengo bruscamente cuando me doy cuenta del día qué es.
Me giro y lanzo un golpe contra su pecho.
–¡Imbécil! –le grito llamando la atención de una de las secretarias del grupo de finanzas–. Sé lo que estás haciendo. No pensaba ir.
–No te creo.
Furiosa golpeo su pecho con mi dedo índice. –No hubiese tenido tiempo de ir. No podría hacerlo. ¿Por qué no confías en mí?
Toma mi rostro y sus ojos se mueven hacia mi cicatriz. –Confío en ti, pero no en los demás.
–No voy a ir –insisto. Aunque la verdad, desde que soy consciente de la fecha, mi corazón pide a gritos ir a ese lugar.
–Hoy estás atrapada conmigo. Y por el gesto en tu rostro, probablemente estarás atrapada el resto de tu vida –susurra y sus ojos se ven aterrados–. No puedo ver cómo te haces daño, Gabby. Me importas demasiado.
–Pero… necesito ir –confieso.
–No bajo mi turno, señorita.
–No soy tu problema –insisto.
No quiero ser la carga de nadie porque sé lo que es vivir con una. Sé cómo se siente ese peso en los pies que no te deja volar libremente.
Lo sé muy bien.
–Eres lo que yo quiero que seas, y ahora mismo quiero que seas mi acompañante para comer –dice divertido y comienza a tirar de mí hacia el ascensor.
Una nube negra cae sobre mí cuando los recuerdos invaden mi mente. Tomo mi mejilla al sentir el mismo ardor que sentí esa noche.
Leo toma mi mano para distraerme. –Estás a salvo. Conmigo siempre estarás a salvo.
Repito sus palabras una y otra vez sin detenerme, intentando creerle.
Quizá algún día mi cerebro entienda que estamos a salvo.
Gracias 🌟⭐🌟⭐🌟⭐🌟⭐🌟⭐