Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 11: La mesa
La mesa siempre había sido un campo de batalla.
Para Elian Vaelor, comer no era un acto neutral. Era una prueba. Un riesgo. Un momento en el que cualquier error podía convertirse en castigo. Por eso, cuando despertó y recordó las palabras del Duque Kael Ardenfell —“Mañana comerás conmigo”—, su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Náuseas.
Tensión en los hombros.
Ese impulso automático de desaparecer.
Se vistió despacio, con movimientos cuidadosos. Eligió la ropa más discreta que encontró, colores suaves, mangas largas. Nada que llamara la atención. Nada que pareciera exigir demasiado espacio.
Cuando salió de la habitación, un sirviente lo esperaba.
—El duque lo aguarda —dijo, sin juicio ni dureza.
Elian asintió y lo siguió.
No al gran comedor.
Eso lo desconcertó.
Lo llevaron a una sala más pequeña, luminosa, con una mesa sencilla de madera clara. Solo dos lugares. No había otros nobles. No había testigos. No había espectadores.
Kael ya estaba allí.
No llevaba uniforme. Vestía ropa cómoda, sobria. Cuando vio a Elian entrar, no dijo nada de inmediato. Solo señaló la silla frente a él.
—Siéntate —dijo.
Elian obedeció.
Se sentó con cuidado, manteniendo la espalda recta, las manos juntas sobre el regazo. Sus ojos se movían rápido, evaluando cada detalle, cada posible amenaza.
La comida llegó.
Platos simples. Calientes. Aromas suaves. Pan fresco. Sopa clara. Un trozo pequeño de carne cocida lentamente. Nada pesado. Nada abrumador.
Elian tragó saliva.
Kael no tocó su plato.
—Come —dijo—. A tu ritmo.
Elian tomó la cuchara con manos temblorosas. Dio el primer bocado despacio. Esperó.
Nada ocurrió.
Dio otro.
El silencio era extraño. No opresivo. No tenso. Solo… silencioso.
A mitad del plato, Elian se detuvo.
El viejo impulso apareció de inmediato.
Deja algo.
Detente ahora.
No muestres necesidad.
Dejó la cuchara a un lado.
Kael lo notó.
—¿Ya estás lleno? —preguntó, sin reproche.
Elian bajó la mirada.
—Puedo… continuar más tarde —dijo rápido—. No quiero abusar.
Kael apoyó los antebrazos en la mesa.
—Elian —dijo con calma—. Aquí no existe abusar por comer.
El omega se encogió un poco.
—Mi cuerpo… se acostumbra mal —murmuró—. Si come demasiado… luego duele más cuando no hay.
Kael entendió.
—Por eso comeremos de forma regular —respondió—. No para llenarte de golpe. Para que tu cuerpo aprenda que habrá un después.
Elian lo miró por primera vez directamente.
—¿Y si no lo cree?
Kael sostuvo su mirada.
—Entonces se lo enseñaremos con tiempo.
Elian volvió a tomar la cuchara.
Comió un poco más.
No todo.
Pero más que antes.
Cuando terminó, no hubo comentario alguno. Nadie retiró el plato. Nadie observó con juicio. Kael recién entonces comenzó a comer el suyo.
Ese gesto —esperar— hizo algo inesperado en Elian.
Le aflojó el pecho.
Después de la comida, el mareo llegó suave. No doloroso, pero evidente. Kael lo notó de inmediato.
—Descansa —dijo—. El médico tenía razón. Tu cuerpo aún está adaptándose.
Elian asintió.
Se levantó despacio. Antes de salir, se detuvo.
—Mi señor… —dudó—. Gracias… por comer conmigo.
Kael lo miró con atención.
—Gracias por quedarte —respondió.
Esa tarde, Elian durmió.
No profundamente.
No sin sobresaltos.
Pero durmió.
Y cuando despertó, por primera vez en mucho tiempo, no sintió hambre inmediata.
No porque estuviera lleno.
Sino porque algo nuevo comenzaba a asentarse en su cuerpo, lentamente, con cautela.
La idea de continuidad.
Desde ese día, la mesa dejó de ser un castigo.
Y sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, quedó claro que compartir comida no era solo una medida médica.
Era una promesa silenciosa.