Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Anulación
Apenas llegó el último día, Helen despertó antes que el sol.
No hubo dolor fingido, ni cansancio, ni necesidad de esconderse. Se levantó con una ligereza que no había sentido desde su llegada a ese mundo. Se vistió con sencillez elegante, recogió su cabello con cuidado y, por primera vez, sonrió sin máscaras.
[hoy termina]
Bajó las escaleras casi en silencio, ignorando la sorpresa de los criados que apenas comenzaban su jornada. No buscó a Claud, no lo pensó siquiera. Salió de la mansión cuando el cielo aún estaba teñido de tonos rosados y dorados, y el carruaje partió casi al amanecer, como si también él comprendiera la urgencia de ese día.
El templo la recibió con su habitual solemnidad. Helen cruzó las puertas con el corazón acelerado, convencida de que todo acabaría allí mismo. Sin embargo, cuando el mago la vio, frunció el ceño con una calma que la obligó a detenerse.
—Mi lady.. El plazo se cumple hoy, sí… pero debe esperar a que el día termine. La anulación solo puede solicitarse cuando el ciclo esté completo.
Helen se quedó en silencio unos segundos. Luego asintió despacio.
—Entiendo.
[solo unas horas más… puedo hacerlo]
No discutió. No suplicó. Simplemente aceptó. Salió del templo con paso tranquilo y se internó en el pueblo, que ya comenzaba a llenarse de vida. Compró algo de comida sencilla.. pan fresco, fruta, un poco de queso. Luego, casi por impulso, entró en una pequeña tienda de libros y eligió uno de tapas gastadas, con letras doradas apenas visibles.
Un libro para esperar.
Cuando regresó al templo, el mago la miró con abierta sorpresa.
—¿Ha vuelto tan pronto?
—Sí —respondió Helen con serenidad—. Esperaré aquí.
El mago la observó un instante más, como si intentara comprenderla, y finalmente asintió.
—Puede hacerlo. El templo es un lugar seguro.
Helen se acomodó en un rincón bañado por la luz que entraba desde lo alto. Comió despacio, leyó algunas páginas, dejó que el tiempo pasara sin prisa. Nadie la molestó. Nadie la llamó. Por primera vez desde su boda, no había obligaciones, ni fingimientos, ni temor.
[esto… esto es libertad]
Las horas transcurrieron suaves, casi amables. El murmullo lejano de los rezos, el eco de los pasos, el aroma del incienso… todo parecía acompañarla en silencio. Helen se sentía ligera, en paz, como si cada minuto la alejara un poco más de la mansión Opathi y de Claud.
Cuando el sol comenzó a descender y las sombras se alargaron en el templo, Helen cerró el libro y respiró hondo.
Había esperado.
Había resistido.
Y ese tiempo de espera.. lejos de ser una carga.. fue el mejor que pudo tener.
[ya casi… ya casi soy libre]
Sentada en el templo, con el corazón tranquilo y la decisión firme, Helen Lewis supo que aquel día marcaría el verdadero comienzo de su nueva vida.
Apenas la medianoche se anunció con el sonido grave de las campanas del templo, el ambiente cambió.
El murmullo lejano cesó, las antorchas parecieron arder con una luz más firme, y el aire se volvió solemne, cargado de una energía antigua. Helen cerró el libro con calma, aunque su corazón comenzó a latir con más fuerza.
Había llegado el momento.
El mago salió desde el interior del templo, sus pasos resonando suavemente sobre la piedra. Su expresión era seria, concentrada, como si ahora ya no fuera solo un servidor del templo, sino un juez del destino.
—Lady Helen —dijo—, antes de proceder debo comprobar que el matrimonio no haya sido consumado.
Por un instante, Helen sintió que el aliento se le detenía. Una tensión involuntaria recorrió su espalda.
[¿cómo…?]
Debió notarse en su rostro, porque el mago alzó una mano con gesto calmado.
—No tema.. No será nada impropio. Basta con revisar la palma de su mano. La magia del templo puede confirmar la verdad sin causar daño alguno.
Helen exhaló despacio, dejando que el alivio disipara el sobresalto inicial.
—Entiendo —respondió.
Se acercó y extendió la mano con firmeza. El mago tomó su palma entre las suyas, y un leve calor comenzó a recorrerle la piel. Símbolos arcanos aparecieron brevemente, como hilos de luz que se entrelazaban sobre su mano. Helen observó en silencio, conteniendo la respiración.
El mago cerró los ojos.
Pasaron solo unos segundos, pero para Helen parecieron eternos.
Finalmente, el mago asintió.
—Se confirma.. El matrimonio no fue consumado. Lady Helen Lewis… usted aún es virgen.
[tal como debía ser]
El mago se apartó y tomó un documento cuidadosamente preparado, escrito con tinta especial y sellos del templo. Se lo entregó a Helen con solemnidad.
—Este es el acta de anulación. Desde este momento, no existe vínculo alguno entre usted y Claud Opathi. Ni legal, ni hereditario, ni espiritual.
Entonces levantó ambas manos y comenzó a moverlas con precisión ritual. El aire vibró. Luces brillantes surgieron entre sus dedos, trazando símbolos en el espacio, girando y entrelazándose como constelaciones vivas. Durante unos segundos, el templo se llenó de destellos suaves y poderosos a la vez.
Y luego… todo se apagó.
El silencio volvió.
Helen sostuvo el documento entre sus manos, sintiendo su peso real, definitivo. Caminó lentamente hasta donde había estado sentada antes y volvió a ocupar su lugar, apoyando el pergamino sobre su regazo.
No lloró.
No rió.
Solo respiró.
[se acabó]
Sentada en el templo, bajo la luz tranquila de la medianoche, Helen Lewis sostuvo la prueba de su libertad. Por primera vez desde que despertó en ese mundo, no había cadenas invisibles, ni plazos, ni temor a perderlo todo.
Solo un futuro abierto… y el control absoluto sobre su propio destino.