Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 24
La mansión estaba en frenesí. Costureras corrían de un lado a otro con telas blancas y cintas doradas; guardias de seguridad verificaban rutas, reforzaban puertas, probaban radios; abogados reunían papeles que parecían multiplicarse a cada hora.
Era la víspera de la boda. El pacto estaba a punto de ser sellado ante todos.
Jay mantenía la postura impecable. Vestía el traje de ensayo, saludaba a los miembros del consejo, pronunciaba las líneas ensayadas con frialdad. Cada gesto calculado, cada palabra medida. Para todos, era el novio perfecto.
Nin lo soportaba con elegancia. Probaba velos, caminaba por los pasillos con la postura de quien sabe que es vitrina, no novia. La mirada serena escondía el peso, pero por dentro solo contaba las horas hasta que todo terminara.
Win, sin embargo, no conseguía soportarlo. El salón preparado para el ensayo le parecía una prisión. Cada mirada dirigida a Jay y Nin era como hierro caliente contra su piel.
No aguantaba ver a Jay ajustando el velo en el hombro de Nin, ni soportaba los flashes de los fotógrafos. El corazón se disparaba, la mente gritaba, y el recuerdo del beso prohibido volvía a cada segundo.
A media mañana, soltó el vaso de champán sobre la mesa con demasiada fuerza.
— Necesito salir — dijo, seco, para nadie en específico.
Oleg intentó intervenir.
— Señor Win, mañana…
— Dije que necesito salir — repitió, atravesando el salón antes de que alguien lo detuviera.
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La calle lo recibió con aire húmedo, olor a lluvia antigua. Entró en el primer coche que encontró disponible y le mandó al conductor que lo llevara “lejos”. No dijo adónde.
Horas después, estaba en un bar de lujo en el centro, pero el ambiente refinado no lo calmaba. Botellas de whisky cambiadas, vasos llenos y vacíos se acumulaban delante de él.
Con cada trago, la mente intentaba borrar un recuerdo. La sonrisa fría de Jay. El toque firme en su nuca. El sabor a sangre en el beso. La visión de la alianza en su dedo, brillando como sentencia.
— Mierda… — murmuraba, golpeando el vaso en la mesa.
El camarero servía en silencio, acostumbrado a hombres que bebían para olvidar guerras. Pero Win no quería olvidar una guerra. Quería olvidar a Jay.
Solo que no conseguía hacerlo.
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Cuando cayó la tarde, ya estaba tambaleándose. El ruido de la ciudad era un zumbido distante, y cada rostro a su alrededor parecía borroso. Pero los ojos grises de Jay permanecían nítidos en su mente, como si lo persiguieran.
En el espejo detrás de la barra, vio su propio reflejo: ojos rojos, expresión perdida, el dragón tatuado pareciendo más vivo que nunca. Un hombre hecho pedazos.
Y por primera vez, admitió en silencio:
Ya no sé lo que quiero.
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La noche ya había engullido la ciudad cuando Win volvió a la mansión. El coche se detuvo delante de los portones iluminados, y los guardias abrieron sin preguntas. Oleg lo esperaba en la entrada, con la mirada seria, pero no dijo nada. Solo observó el olor a alcohol y la forma torpe en que Win subía los escalones.
En el pasillo, Jay estaba sentado en una de las poltronas, como si hubiera esperado todo el día. El traje aún impecable, el brazo tatuado a la vista. Los ojos grises lo siguieron, atentos, peligrosos.
Win se detuvo delante de él, tambaleante, intentando mantener la voz firme.
— Mañana… todo esto acaba.
Jay sonrió de lado, frío.
— Te equivocas, Win. Mañana… todo comienza.
El silencio que siguió quemó más que el alcohol en sus venas.
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Aquella noche, Win no consiguió dormir. El cuerpo quemaba, la cabeza palpitaba, y cada trago que tomó solo parecía haber alimentado aún más el fuego. Dos días se habían convertido en uno: y él sabía que no había forma de escapar.
En el fondo, tenía miedo no de la boda.
Sino de sí mismo.