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Dulce Isa: La Niñera Que Cambió Nuestras Vidas

Dulce Isa: La Niñera Que Cambió Nuestras Vidas

Status: Terminada
Genre:CEO / Niñero / Padre soltero / Romance entre patrón y sirvienta / Completas
Popularitas:99
Nilai: 5
nombre de autor: Bianly

Isabela acepta un trabajo como niñera en una mansión aislada, donde viven Gael Mancini —un reservado CEO viudo— y sus tres hijos de 13, 9 y 4 años.

Los niños, que antes vivían bajo reglas estrictas y una gobernanta impopular, no quieren aceptar a nadie nuevo. Pero Isabela llega llena de vida, risas y juegos, trayendo a la casa lo que parecía prohibido: paseos por el parque, horas en la sala de juegos, saltos en la piscina e incluso una tierna visita al cementerio, donde los niños se conectan con el recuerdo de su madre.

Mientras los niños se encantan con Isabela, Gael observa, dividido entre el miedo a abrirse y el deseo de ver felices a sus hijos.

Entre el personal de la casa hay amor, tensión y secretos, e Isabela tendrá que conquistar no solo a los pequeños, sino también ganarse su lugar en ese hogar complejo.

NovelToon tiene autorización de Bianly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Isa intentó salir de la cama despacio, con cuidado, pero no consiguió dar ni dos pasos cuando sintió la mano de él envolver su muñeca con firmeza.

—¿Ya vas a huir? —la voz de él llegó baja, aún ronca, con aquel timbre que desordenaba todo dentro de ella.

Ella giró el rostro y lo encontró acostado, las sábanas revueltas en la cintura, el pecho sudado subiendo y bajando despacio. Un hombre satisfecho, peligroso y… adicto a ella.

—Si no me voy ahora, no voy a salir nunca más —ella rió, intentando mantener el tono ligero, aun con el cuerpo aún temblando.

Él la jaló de vuelta con un movimiento solo, y ella cayó sobre el pecho de él, riendo aún más cuando la mano de él fue directo a su cintura.

—Entonces quédate un poco más. Solo un beso —él susurró, antes de capturar la boca de ella con un beso perezoso, caliente, lleno de sabor a cama.

Isa se dejó llevar por algunos segundos, perdida en el calor, en los labios de él, en el modo como las manos de él sujetaban su cuerpo como si estuvieran hechas para eso.

Pero ella se alejó, aun contra su propia voluntad, dejando un último beso corto demorado.

—Si alguien se despierta, estamos fritos.

—Ya estamos —él murmuró con una media sonrisa pícara, los ojos acompañando cada movimiento de ella mientras ella se volvía a poner la camisa de dormir, peinaba los cabellos con los dedos y caminaba hasta la puerta con las piernas temblorosas.

Ella abrió despacio, espió el pasillo y salió, aún sintiendo el sabor de él en los labios y el toque de él marcado en la piel.

Volvió a su cuarto con el corazón disparado, y una certeza creciendo dentro de ella: no daba más para huir de aquello.

La mañana transcurrió tranquila, de aquellas que engañan. Todo parecía en orden: mesa puesta, niños arreglados y riendo, olor a café fresco mezclándose con el perfume de Isa.

Gael apareció en la cocina arreglándose la manga de la blusa social, impecable como siempre. Se paró detrás de Isa y soltó casualmente:

—Tengo una confraternización en la empresa. Necesito llevar a los niños. Y tú también vas —él dio una breve mirada a los ojos de ella, directo y decidido. —Trata de comprarte una ropa bonita.

Isa parpadeó sorprendida, abriendo una sonrisa sin saber si era nerviosa o encantamiento.

Antes de que ella respondiera, Doña Marlene, que revolvía el café con la cuchara batiendo más fuerte de lo necesario, soltó con aquel tono atravesado:

—Yo, eh… Nunca llevó ni foto de la familia, ahora quiere presentar luego a la niñera…

Gael contuvo la risa y lanzó una mirada disimulada a Isa, que ya estaba con los ojos agrandados.

—¿La señora quiere ir también? —él replicó con una sonrisa burlona.

Marlene se apresuró en balancear la cabeza.

—¡Qué eso, señor! Yo solo estoy diciendo…

La mesa explotó en risas, los niños divirtiéndose con la “burla” e Isa haciendo de todo para esconder el rubor en el rostro. Pero el desconcierto quedó. Ella percibió: estaban todos atentos.

Más tarde, con todo listo, Gael decidió llevar a los niños para la escuela e invitó a Isa para ir junto.

El camino hasta la escuela fue marcado por conversaciones ligeras y risas de los niños en el asiento de atrás. Uno a uno, fueron dejados en los portones con besos y saludos. Hasta que quedaron solo los dos.

Isa rompió el silencio primero:

—Gael… ayer por la mañana, yo escuché a Marlene y a Leide cuchicheando. —ella vaciló, después completó — Hablando de nosotros.

Él mantuvo los ojos en la calle, pero la mandíbula se trabó.

—¿Y qué exactamente ellas dijeron?

Ella soltó una risa seca, medio nerviosa.

—Que tú me sujetas por la cintura como si fuera a propósito. Que yo tiemblo cuando tú te aproximas. Que va a salir mal... o muy bien, dependiendo del punto de vista.

Gael paró el coche en el semáforo en rojo, giró hacia ella con calma.

—¿Y tú? —él preguntó, la voz baja, firme. — ¿Crees que va a salir mal?

Ella lo encaró por un segundo, el corazón acelerado.

—Creo que ya está saliendo. Yo no sé esconderme, Gael. Y... cuando tú te acercas, yo realmente tiemblo.

Ella tragó seco, encarando a él.

—Tengo miedo de que ese nuestro secreto acabe volviéndose motivo para sacarme de aquí. Que yo los pierda a ellos… o a ti.

Gael soltó el aire despacio, como si estuviera conteniendo todo lo que quería decir.

—Isa, yo nunca hice nada como estoy haciendo ahora. No es solo por impulso. Es porque yo quiero. Y nadie aquí manda más que yo en esa casa, entonces que se fastidie lo que ellas hablan. Solo yo sé lo que yo siento cuando toco en ti. Y solo tú sabes lo que sientes cuando me miras.

El semáforo abrió. El coche siguió. Pero la tensión entre los dos quedó.

Isa sabía: no era más solo una atracción. Era una bomba de relojería a punto de explotar.

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