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La CEO y su joven a sueldo

La CEO y su joven a sueldo

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Mujer fuerte/hombre frágil / Completas
Popularitas:295
Nilai: 5
nombre de autor: Pratiwi Devyara

Amanda Louis lo tiene todo: una empresa que levantó desde cero, un ático con vista a toda la ciudad y la absoluta convicción de que el matrimonio es un negocio con pésimas condiciones. A punto de cumplir treinta, no quiere marido, ni suegra, ni cuñadas que le arruinen la vida. Lo único que le falta es un heredero.

Mateo Adrián tiene veintiún años, un físico que corta el aliento, una carrera de actor que no despega, un padrastro enfermo y un prestamista a la puerta. Cuando una poderosa empresaria le ofrece una fortuna para convertirse en el padre de su heredero —sin amor, sin compromisos y con un divorcio pactado después del nacimiento—, la respuesta es un no rotundo. Nadie va a comprarlo ni a utilizarlo como un simple medio para tener un hijo.

Pero las deudas no esperan, y Amanda no está acostumbrada a que le digan que no. Lo que propone es un acuerdo reproductivo disfrazado de matrimonio secreto, regido por cláusulas, fechas límite y una única misión: darle el heredero que necesita.

Sin embargo, ese contrato frío pronto se convierte en un juego peligroso de miradas, celos y noches que ninguno de los dos supo prever. Entre una jefa que jamás pide perdón y un chico que se niega a perder la dignidad, el corazón empieza a cobrar intereses imposibles de pagar.

Y mientras ellos intentan averiguar dónde termina el trato y dónde empieza el amor, el pasado llama a la puerta: un primer amor que regresa, una ex dispuesta a todo, un padre con demasiados secretos y una familia que podría separarlos antes de que se atrevan a decir la verdad.

¿Se puede contratar el amor? Amanda está a punto de descubrir cuánto cuesta.

NovelToon tiene autorización de Pratiwi Devyara para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El día de la boda

Durante casi dos semanas, Amanda y Mateo se sometieron a los tratamientos de belleza que venían incluidos en el paquete de bodas de la organizadora de eventos que Nidia había contratado.

Nidia les había dejado muy claro a los organizadores que no podían publicar nada de la boda entre Mateo y Amanda en sus redes sociales.

Era una boda secreta, y la empresa les había garantizado total discreción.

—¿Y por qué me tengo que sentar aquí arriba? —preguntó Amanda, mirando una vasija de barro con brasas encendidas sobre las que habían echado una especie de hierbas aromáticas.

—Es un sahumerio, Mandy —respondió Nidia.

—Sí, pero ¿para qué?

Amanda seguía sin entender qué pensaban hacerle ese día.

—Pues vas a hacer cositas con Mateo, ¿no?

—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Me quieren chamuscar ahí abajo o qué?

—¡Jajaja! —Nidia se dobló de la risa—. Tampoco tanto. Es para que no huela a pescado.

—¡Oye, qué te pasa! Lo mío no huele a nada —se defendió Amanda.

—Ah, ¿y tú lo has olido alguna vez?

—Pues... no.

—¿Ya ves?

—¿Entonces qué tengo que hacer? —preguntó Amanda.

—Sentarte.

—Ay, quema.

—No quema.

Amanda se sentó en el lugar que le habían preparado. Al principio todo parecía ir bien. Hasta que...

—¿Cómo que no quema? ¡Claro que quema, tonta! ¡Estás loca!

Amanda se levantó de un salto.

—Espérate, Amanda.

—No quiero. Mejor cancelo la boda, ¡qué complicación!

Nidia sacudió la cabeza.

—¡Mandyyy!

Las flores estaban acomodadas con esmero en cada rincón, en los barandales de la escalera y en todos los lugares que merecían lucirse.

Ese día, tanto a Amanda como a Mateo les temblaba el corazón. El miedo y los nervios se les revolvían por dentro y no los dejaban pensar en otra cosa.

—Rodri, ¿por qué tengo miedo? —le preguntó Mateo a su amigo, que lo acompañaba en la habitación.

—¿Miedo de qué? Ya te enseñé cómo se hace. Nada más dices: «Sí, acepto», y bla, bla, bla.

—No es eso.

—¿Entonces?

—Tengo miedo de estar tomando una mala decisión.

—Lo que pasa es que te da miedo que Amanda sea fea y vieja, ¿verdad?

Mateo se quedó callado. A decir verdad, eso también lo tenía inquieto.

—Acuérdate de tu objetivo, Mateo. Sacar a tus papás de las deudas, ayudar a pagar el tratamiento de tu papá hasta que se cure y volverte terrateniente.

Rodrigo sonrió, y Mateo le devolvió una sonrisa llena de malicia.

Se abrió la puerta. Mateo se acomodó un poco el saco y bajó acompañado de Rodrigo. Saludó con un apretón de manos a la persona que iba a casarlos, y luego lo invitaron a sentarse.

Cuando todo estuvo listo, comenzó la ceremonia. Con el ánimo firme, Mateo se casó con Amanda sin un solo tropiezo. Pronunció los votos de corrido, sin equivocarse ni una vez, hasta que todos los presentes exclamaron a una sola voz:

—¡Válido!

Mateo soltó el aire, aliviado, y Rodrigo también. Mientras tanto, en otra habitación, Amanda esperaba de pie frente a la puerta junto a Nidia.

—Mandy, Mateo ya terminó. En cuanto abras esa puerta, ya no vas a ser la misma Amanda. Vas a ser la esposa de Mateo, aunque sea sin papeles. ¿Estás lista?

Amanda cerró los ojos, respiró hondo y asintió. Un momento después se abrió la puerta y empezó a bajar la escalera. Todos los que estaban abajo se volvieron a mirarla. Rodrigo se quedó mudo y la señaló con el dedo; Mateo giró la cabeza de inmediato.

—Está guapísima, Mateo.

Las palabras se le escaparon a Rodrigo sin darse cuenta. Mateo, en cambio, se quedó sin habla, con el corazón golpeándole el pecho. La Amanda que se había imaginado todo ese tiempo no se parecía en nada a la mujer que tenía enfrente. Era bellísima: piel blanca y tersa, bastante alta y con unos ojos preciosos.

Se puso de pie sin pensarlo y se acercó a ella. A Amanda también se le estremeció el corazón. Ya lo había visto antes, pero nunca tan de cerca.

Mateo le tendió la mano, un poco dudoso, y Amanda le ofreció la suya, temblorosa. Sus manos se unieron y se apretaron con fuerza. Luego caminaron hasta las dos sillas que les habían preparado, rodeadas de arreglos florales.

El momento quedó registrado: Rodrigo tomaba fotos y grababa video. Tan concentrado estaba que, sin querer, chocó de hombro con Liliana.

¡Pum!

Los dos se quedaron inmóviles, mirándose durante un buen rato. Mariana, que acababa de salir del hospital, llegó en silla de ruedas, empujada por una prima menor. No podía creer que el marido de Amanda fuera tan guapo.

—Qué guapo es, ¿verdad, Nidi? —dijo, sin quitarle los ojos de encima a Mateo.

—Por eso Amanda tenía tanta prisa. Para que el bebé salga bonito.

Las dos sonrieron.

—Bueno, ya, yo me voy a comer. ¿Vamos? —propuso Nidia, y Mariana asintió.

—¡Mateo, Mateo, una foto!

Rodrigo giró la cámara hacia él mismo, Mateo y Amanda. Los tres sonrieron.

¡Clic! La foto quedó lista.

—Él es Rodrigo —le dijo Mateo a Amanda.

Ella sonrió y le estrechó la mano.

—Hola.

—Hola, soy Rodrigo, amigo de Mateo.

Amanda volvió a sonreír. Rodrigo era de esos amigos medio fresco, pero con modales.

—Amanda, ¿sabías que hace rato Mateo tenía miedo? —soltó Rodrigo, como si la conociera de toda la vida.

—¿Ah, sí?

—Sí. Miedo de que fueras fea.

—Rodri...

Mateo le lanzó una advertencia, y Rodrigo salió corriendo, muerto de risa. Mateo bajó la cabeza, apenado con Amanda, pero ella solo sonrió.

Para los invitados, aquel fue un día lleno de alegría. Pero para Amanda y Mateo, el matrimonio seguía siendo lo que era: un acuerdo por conveniencia.

Aunque cada uno se había quedado impresionado con la belleza del otro, no olvidaban que esa boda era fruto de un trato. Un día antes de la ceremonia, habían firmado un contrato prenupcial.

En él constaba que Amanda saldaría todas las deudas de la familia de Mateo y cubriría el tratamiento de su padrastro hasta el final, incluida la ayuda para conseguirle un donante de riñón.

A cambio, Mateo le daría un heredero. Si se iba y rompía el acuerdo, todo el dinero que Amanda hubiera gastado en él se consideraría una estafa, y ella lo llevaría ante la policía.

Esa noche, las empleadas prepararon una cena de lujo en el balcón de la habitación de Mateo. A partir de esa noche se irían de vacaciones, y en la casa solo quedarían Mateo y Amanda.

Así los dos tendrían toda la libertad para cumplir con sus deberes de marido y mujer, y lograr cuanto antes el embarazo que buscaban.

Mateo esperaba en la mesa, con la comida y las bebidas ya servidas. Poco después llegó Amanda, y otra vez se quedó deslumbrado.

Su esposa llevaba un vestido rojo con un escote profundo en V, tacones y un labial del mismo tono.

Cuando Amanda se sentó frente a él, Mateo tragó saliva y desvió la mirada. Esa mujer le despertaba el instinto más primitivo.

Cenaron conversando, haciéndose preguntas sobre todo lo que todavía no sabían el uno del otro.

—¿Te gusta este lugar? —le preguntó Amanda con la vista perdida en el horizonte. Ya habían terminado de cenar y estaban de pie junto al barandal del balcón.

—Sí, me gusta —respondió Mateo.

Se miraron a los ojos durante un largo rato, hasta que, de pronto, sus labios se encontraron.

Amanda nunca en su vida había besado a nadie. Aun así, consiguió seguirle el ritmo a Mateo, gracias a la cantidad de películas románticas que había visto antes de que llegara ese día.

Sin darse cuenta, las manos de Mateo ya recorrían todos los rincones que deseaba. Los dos respiraban agitados.

Amanda se sobresaltó varias veces cuando él la tocaba ahí, porque nadie la había tocado nunca. Llegó a apartarle la mano, pero Mateo insistió, un poco a la fuerza, hasta que ella terminó por rendirse y dejarse llevar.

Justo cuando las cosas estaban más encendidas, Mateo se detuvo en seco. Amanda se quedó quieta, rígida donde estaba.

—Si lo quieres, pídemelo. Ruégame.

Se lo susurró al oído, en un tono travieso y provocador, y se alejó. Amanda sintió como si le hubieran arrancado algo de adentro. Cerró los ojos, entre furiosa y encantada.

Entonces fue tras él a paso rápido y lo hizo girar. Mateo se sorprendió; Amanda se apoderó otra vez de su boca, y esta vez no parecía dispuesta a soltarla.

El ardor de la juventud se encendió en Mateo. La empujó de vuelta hacia dentro, se quitó el saco y lo tiró al piso sin más. Luego se despojó de la poca ropa que le quedaba encima y empujó a Amanda hacia la cama.

¡Pum!

Amanda quedó tendida boca arriba frente a él. Las manos de Mateo volvieron a hacer lo mismo que antes, recorriéndola por todas partes, y otra vez se detuvieron de golpe.

—¿Por qué? —preguntó Amanda, conteniendo la rabia. La había llevado hasta las nubes y de nuevo la dejaba caer.

—Ruégame —le exigió Mateo, lleno de arrogancia.

Amanda, ya dominada por el deseo y la excitación, terminó por suplicar.

—Por favor, Mateo, hazlo.

—No te oigo —fingió él.

—¡Por favor, Mateo, por favor!

Lo dijo con tanta urgencia que casi sonó a llanto. Mateo empezó a quitarle las prendas que todavía la cubrían.

Luego se bajó el cierre, y lo que apareció ante ella hizo que Amanda abriera los ojos como platos. Con eso iba a cumplir su parte del trato.

—¡Aaah!

Amanda gritó de dolor apenas él empezó. Mateo se quedó quieto, deteniéndose un momento.

La miró y la acarició con ternura. Luego le dio un beso muy suave en los labios y volvió a empujar, despacio.

—Mmm...

Amanda empezó a sentir algo que nunca había sentido. Mateo siguió abriéndose paso cada vez más adentro, hasta que, de una sola embestida, la hizo suya por completo.

—¡Aaaah!

Amanda volvió a gritar. Mateo la abrazó un largo rato, hasta que, sin darse cuenta, fue ella la que empezó a moverse debajo de él.

Como si le pidiera que siguiera, que fuera más allá. Mateo lo entendió y le dio, una embestida tras otra, justo lo que ella quería.

Siguieron unidos, mirándose a los ojos, arrastrados por oleadas de sensaciones que se les mezclaban por dentro. El amor estaba en su lugar y les regalaba un placer sin igual. La noche avanzó, y al final los dos se derrumbaron con un largo grito.

Por primera vez, Amanda sintió algo tibio derramarse dentro de su vientre. Lo miró, y él la miró a ella. Sin darse cuenta, se quedaron abrazados hasta que llegó la mañana.

Quién sabe si para los demás aquel matrimonio sería válido o no, considerando que no había sido el padre de Amanda quien los había casado. Pero Amanda lo había planeado todo con cuidado, de modo que, si algún día eso le traía problemas, ya tenía la respuesta para resolverlos.

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