Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Capítulo 1

Capítulo 1

¿No podemos seguir casados?

Clara Blanco miró el acuerdo de divorcio sobre el escritorio. Alejandro Montenegro ya lo había firmado.

Alzó la vista hacia la ventana. Su marido estaba de espaldas, bañado por la luz de la tarde. Alto, impecable, distante. Incluso sin verle el rostro, podía sentir su frialdad.

—Ya firmé. Hazlo tú cuanto antes. Quiero terminar todos los trámites antes de que vuelva Emilia.

Alejandro hablaba sin mirarla, con las manos a la espalda.

—Como firmamos un acuerdo de separación de bienes antes de casarnos, no hay nada que repartir. Aun así, te daré veinte millones de pesos y una casa en la zona oeste. Si te vas sin nada, tendré que darle explicaciones a mi abuelo.

Clara sintió que se le hundía el pecho.

—¿Tu abuelo… sabe que quieres divorciarte de mí?

—¿Y qué si no lo sabe? ¿Eso cambiaría mi decisión?

Tuvo que sujetarse al borde del escritorio para mantenerse en pie. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Alejandro, ¿no podemos… seguir casados?

Él se volvió por fin y la observó como si acabara de decir algo incomprensible.

Su rostro seguía provocándole el mismo vuelco en el corazón: los ojos oscuros, las cejas rectas, la boca que rara vez le ofrecía una sonrisa.

—¿Por qué?

—Porque… te amo.

Las lágrimas le nublaron la vista.

—Te amo, Alejandro. Quiero seguir siendo tu esposa. Aunque tú no sientas lo mismo por mí…

—Ya no puedo más, Clara. Para mí, cada minuto de este matrimonio sin amor ha sido un suplicio.

Hizo un gesto con la mano. Ni siquiera tenía paciencia para escucharla.

—Casarnos fue un error. Sabías que lo hice por mi enfrentamiento con mi abuelo. También sabías que amaba a otra mujer y que, por ciertas circunstancias, no podíamos estar juntos. Los tres años ya se cumplieron. Emilia vuelve de Estados Unidos y voy a casarme con ella. Es hora de que dejes de ser la señora Montenegro.

Clara bajó la cabeza. Las lágrimas cayeron sobre el escritorio y ella se apresuró a secarlas.

Alejandro lo vio. Su mirada se ensombreció por un instante.

Entonces sonó su teléfono. En cuanto leyó el nombre en la pantalla, contestó.

—Emilia, ¿ya subiste al avión?

Qué voz tan dulce. A Clara le costaba creer que fuera el mismo hombre que acababa de hablarle con tanta dureza.

—Ya estoy en el aeropuerto de Santa Aurelia —respondió Emilia Rivas, alegre.

—¿Qué? Pensé que llegabas esta noche…

—Quería darte una sorpresa.

—Espérame. ¡Voy por ti ahora mismo!

Alejandro pasó junto a Clara sin detenerse y salió del estudio.

Cuando la puerta se cerró, ella se quedó sola.

Diez años amándolo en silencio. Tres años de matrimonio. Había cuidado de él y de su familia, se había entregado por completo. Y para él, todo ese tiempo solo había sido una condena.

Alejandro, en cambio, parecía sentirse libre. La dejaba atrás para casarse con la mujer que siempre había amado.

Clara tomó aire, pero el dolor no cedió. Había dado todo lo que tenía y ni así había logrado ablandarle el corazón.

Soltó una risa amarga y negó con la cabeza. Una lágrima cayó sobre la firma de Alejandro y corrió la tinta.

* * *

Esa noche, Alejandro llevó a Emilia a Villa Marea.

Entró con ella en brazos, sin preocuparse por las miradas de quienes estaban en la casa. Emilia parecía tan delicada que daba la impresión de que una ráfaga de viento bastaría para derribarla.

—Alejandro, todavía estás casado. Quizá deberíamos mantener un poco de distancia —murmuró ella, acariciándole el pecho—. Si Clara nos ve, va a odiarme.

—No lo hará.

Respondió sin vacilar.

—Además, no la amo. Lo nuestro era un acuerdo. Ella sabe cuál es su lugar.

La familia Montenegro rodeó a Emilia y se desvivió por recibirla. Clara, mientras tanto, seguía poniendo la mesa en el comedor.

Alejandro la vio de lejos, sola entre los platos, y sonrió con desprecio.

¿Todavía intentaba ganarse a su familia? ¿Creía que seguir sirviéndolos iba a salvar el matrimonio?

Qué absurdo.

Poco después, el mayordomo llegó corriendo.

—¡Señor Alejandro! ¡La señora se fue!

—¿Se fue? ¿Cuándo?

—¡Hace un momento! No se llevó nada. Se quitó el delantal y salió por la puerta de atrás. La recogieron en un auto negro.

Alejandro fue de inmediato al dormitorio.

Todo estaba limpio y ordenado. Sobre la mesita de noche solo quedaba el acuerdo de divorcio, ya firmado por Clara. El papel tenía manchas de lágrimas.

Frunció el ceño y se acercó a la ventana.

Un Rolls-Royce salió de Villa Marea a toda velocidad. En unos segundos, hasta las luces traseras desaparecieron.

Esa tarde le había suplicado que no la dejara. ¿Y ahora se marchaba con semejante prisa?

Molesto, tomó el teléfono y llamó a su secretario.

—Averigua de quién es el auto con la matrícula SA-9999.

—Sí, señor Montenegro.

Cinco minutos después recibió la respuesta.

—Es el auto del director general del Grupo Duarte.

¿Mateo Duarte, el hijo mayor de aquella familia?

Clara venía de un pueblo. No tenía dinero ni contactos. Durante sus tres años juntos, ni siquiera le había conocido amigos. ¿Cómo había conseguido acercarse al heredero de los Duarte?

¿Ya tenía a otro esperando? Vaya rapidez.

—Señor… ¿de verdad le pidió el divorcio hoy? —preguntó el secretario con cautela.

—¿Qué tiene de malo hoy? ¿Tenía que esperar hasta el año que viene?

—No, señor. Es que… hoy es el cumpleaños de su esposa.

Alejandro se quedó inmóvil.

* * *

En el asiento trasero del Rolls-Royce, Mateo Duarte tomó la mano de su hermana y la sostuvo entre las suyas.

—Nicolás supo que volvías y preparó fuegos artificiales. Se gastó más de un millón. Quiere animarte esta noche.

—No tengo ganas de ver fuegos artificiales.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de su hermano mayor. Ya no era Clara Blanco, la esposa sumisa de Alejandro. Había vuelto a ser Valeria Duarte.

Miró una vez más el teléfono que usaba con su identidad de Clara.

El último mensaje no era de su marido. Era de Emilia.

«Te lo dije: tarde o temprano me devolverías el lugar que me quitaste. Alejandro es mío. ¡Deja de hacerte ilusiones!»

Valeria sonrió con amargura. Dejó caer una última lágrima.

Ahora lo veía todo con claridad.

—¿Todavía te cuesta dejarlo ir? —preguntó Mateo, abrazándola.

—Hoy es mi cumpleaños.

—Lo sé. Y ese desgraciado eligió justo hoy para hacerte esto.

—Por eso ya no tengo nada que lamentar. Alejandro mató a Clara Blanco con sus propias manos.

Cuando levantó la mirada, en sus ojos ya no había rastro del amor que le había tenido.

—Me costó demasiado salir de ahí. Sería una idiota si volviera.

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