En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 05
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, más frío que la llovizna de su muerte. Sintió una náusea repentina, una punzada de pánico que la hizo tambalearse. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué la estaba mirando desde el espejo? ¿Estaba soñando? ¿Se había vuelto loca?
—Esto no es real —murmuró, la voz resonando extrañamente en sus propios oídos. Era la voz del reflejo, la voz que había escuchado antes, suave y melódica, ajena a su propia identidad.
El vestido que llevaba, un camisón de seda plateada con bordados de encaje negro, era exquisito, pero no era algo que Valeria hubiera poseído jamás. Incluso sus manos, que ahora miraba de cerca, eran diferentes. Eran delgadas, elegantes, con dedos largos y uñas perfectamente cuidadas. Las suyas, las de Valeria, eran más robustas, las de una persona que usaba sus manos para trabajar, para sostener libros, para agarrar las manijas del autobús.
La ansiedad se convirtió en terror. Esto no era una recuperación, no era un hospital, no era un sueño. Era algo más oscuro, más inexplicable. Comenzó a tocarse el cabello, sintiendo la suavidad sedosa, la pesadez de la melena. Se pellizcó de nuevo, esta vez con más fuerza. El dolor fue real, un pinchazo agudo, pero la mujer en el espejo ni se inmutó. *Ella* sintió el dolor, pero no era *su* rostro. Era un rostro que conocía de memoria, que había analizado en el libro, que había visto ilustrado en la portada.
Era el rostro de Lady Seraphina von Drakenburg.
El shock fue tan abrumador que casi la hizo caer de rodillas. Seraphina. La villana de "Corazones de Ceniza". La mujer de cabello negro azabache y ojos penetrantes, vestida de esmeralda en la portada del libro. Era *su* rostro, sus ojos violetas. El corazón en su pecho comenzó a latir con una fuerza desbocada, un tambor de terror y incredulidad.
Se tambaleó de nuevo hacia la cama, cayendo sobre el colchón mullido, sus piernas incapaces de sostenerla. El mundo giraba a su alrededor, una vorágine de terciopelo carmesí, oro y madera oscura. Sus manos se aferraron a las sábanas de seda, arrugándolas.
—No puede ser —jadeó, la voz ronca, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de ella. —No, no, no…
Era una locura. Una absoluta y completa locura. La reencarnación era cosa de libros de fantasía, de anime, de historias que devoraba para escapar de su vida mundana. No era algo que le ocurriera a Valeria, la empleada de la galería de arte que vivía en un apartamento con un gato gruñón y facturas que pagar.
Intentó buscar explicaciones racionales. ¿Un golpe en la cabeza tan fuerte que le había provocado una amnesia total y un trastorno de identidad disociativo? ¿Un coma prolongado en el que su mente había construido esta elaborada fantasía? Pero la nitidez de los detalles, la consistencia de sus sensaciones, el hecho de que su "cuerpo" se sintiera ajeno y al mismo tiempo real, lo desmentían. Se palpó la cabeza, buscando la herida, la protuberancia. No había nada. Solo su cabello sedoso y la piel impecable.
Se arrastró fuera de la cama de nuevo, esta vez con más determinación. Necesitaba más pruebas, algo que pudiera anclarla a la realidad, o que confirmara esta pesadilla. La habitación era enorme, y cada objeto parecía susurrar historias de otra época.
Abrió un armario de roble oscuro, tan grande como su propia cocina. Dentro, colgaban decenas de vestidos que la habrían dejado sin aliento en la galería de arte: sedas, brocados, terciopelos en tonos profundos de verde, azul, morado y carmesí. Bordados intrincados con hilos de oro y plata, adornados con perlas y gemas que brillaban débilmente en la penumbra. Junto a ellos, abrigos de piel suntuosos, capas con capuchas forradas y una hilera de zapatos de tacón delicados que parecían obras de arte en sí mismos. Todo diseñado con una estética que gritaba "nobleza fantástica del siglo XIX", con un toque mágico.
Recordó las descripciones de Seraphina en la novela: sus vestidos exquisitos, su colección de joyas, su ostentación. La villana siempre estaba impecablemente vestida, su apariencia era una extensión de su poder y su orgullo. Valeria, que solía comprar su ropa en tiendas de segunda mano o rebajas, no podía creer la cantidad de riqueza que se mostraba en ese armario.
Una pequeña caja de madera de ébano tallada, que estaba en la parte superior del tocador, llamó su atención. La abrió con manos temblorosas. Dentro, no había joyas, sino una pila de cartas atadas con una cinta de seda vieja y un pequeño diario de cuero.
El diario. Su corazón dio un vuelco. Se sentó en la silla frente al tocador, su mano casi quemada por el tacto del cuero. Lo abrió con reverencia. La caligrafía era elegante, fluida, pero claramente no la suya. Las palabras estaban escritas en un idioma que, de alguna manera, su mente entendía, aunque no era el español que hablaba. Era como si el conocimiento hubiera sido implantado directamente en su cerebro.
Las primeras páginas hablaban de bailes, de intrigas cortesanas, de la frustración por un prometido distante, el Duque Kaelen. Mencionaba a una media hermana, Elara, con un tono de desprecio apenas velado. Hablaba de la familia, la Casa von Drakenburg, y de las presiones para mantener el poder y la reputación.
Cada palabra era un golpe, un clavo más en el ataúd de su antigua identidad. "Corazones de Ceniza". Las piezas encajaban con una precisión aterradora. Estaba viviendo la vida de Seraphina. La villana. La mujer que moría trágicamente.
Un estruendo sordo en la puerta la sobresaltó, haciéndola cerrar el diario de golpe. Se sintió como una ladrona, aunque, técnicamente, estaba en *su* habitación, en *su* cuerpo.
—¿Lady Seraphina? ¿Estáis despierta, mi señora? —Una voz femenina y dulce se escuchó desde el otro lado.
Valeria se congeló. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía actuar? No tenía ni idea de cómo se comportaba Seraphina, qué palabras usaba, qué tono de voz. Su mente, habituada a un mundo donde las emociones eran más contenidas, no estaba preparada para la grandilocuencia de este lugar.
—Sí —respondió, su voz sonando temblorosa, pero aún con ese matiz melódico ajeno.
La puerta se abrió con un suave crujido, revelando a una joven sirvienta con un uniforme pulcro y un rostro ansioso. Tenía el cabello rubio ceniza recogido en una trenza y ojos grandes y preocupados.
—¡Oh, gracias a los cielos, estáis despierta! —exclamó la sirvienta, corriendo hacia ella con una expresión de alivio—. Estábamos tan preocupados. El médico dijo que solo era un desmayo por agotamiento, pero lleváis casi dos días inconsciente.
¿Dos días? Valeria parpadeó. ¿Dos días desde qué? ¿Desde su "muerte" en la acera o desde algún evento en la vida de Seraphina?
—¿Un desmayo? —Valeria intentó sonar casual, pero su voz traicionaba su confusión. Se recordó a sí misma que debía mantener la calma, que la villana no se desmoronaría por un simple desmayo.
La sirvienta asintió, sus ojos llenos de genuina preocupación.
—Sí, mi señora. El día que Lady Elara regresó al ducado. Después de vuestra discusión… os desplomasteis en el jardín. Nos asustó mucho.