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Te Amaré, Hasta Que El Divorcio Nos Separe

Te Amaré, Hasta Que El Divorcio Nos Separe

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio arreglado / Amante arrepentido
Popularitas:694
Nilai: 5
nombre de autor: YESRABI

Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.

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Ida A La Casa De Los Song

Leo detuvo el auto en el momento en que la casa de mis padres se vislumbró a nuestro costado. Solté un suspiro y salí del auto sin esperar a más. Necesitaba que esta mierda terminara cuanto antes y, sobre todo, necesitaba volver a casa para asegurarme de que esa mujer no hubiera robado nada... Solamente.

—El doctor Wong me dio las mejores plantas medicinales del mercado —aseguró Leo con una caja de madera pulcra en las manos.

—Te quedarás cerca. Necesito que me saques del infierno cuando sea necesario.

Leo asintió y ambos nos detuvimos en la entrada principal. Llamé a través del timbre y la puerta se abrió al segundo siguiente. El ama de llaves nos sonrió con gusto, corriéndose a un lado para dejarnos entrar con completa familiaridad.

—Llamaré a la señora —informó.

Asentimos para ella y Leo le dejó a su cuidado la caja que llevaba. Dejamos los zapatos, luego nos encaminamos hacia la sala con el silencio arrastrándose en nuestras espaldas hasta que mi madre se asomó por el pasillo sin hacernos esperar demasiado. Sus ojos parecían más salvajes de lo normal. Su postura era firme. Impecable.

Recordé aquellos años de infancia en los que esa misma mirada me atormentaba. Ya era un adulto, pero, aun así, no podía evitar que las piernas me temblaran, como si mi consciencia me obligara a arrodillarme para pedir clemencia.

—Oh, mi precioso Leo —se acercó mamá, con una de las comisuras alzada—. Sé lo que planean contigo estando aquí, pero esta vez Victor no tendrá escapatoria, así que ve con la señora Yuan para que te prepare un guisado —me miró, endureciendo el gesto—. Tu papá nos espera en el despacho.

Respiré hondo, tratando de no rodar los ojos con mi madre cerca. Lancé una mirada a Leo y este asintió antes de perderse por el otro pasillo. El silencio agobiante de la casa comenzaba a incomodarme; sin embargo, se disipó casi tan pronto como la risa de mi padre llegó a mis oídos. Entonces una clase de emoción y temor se colaron en mi pecho.

—No quiero problemas en mi casa —advirtió mi madre al detenernos en la puerta.

No me dejó ni responderle cuando abrió. Ella ingresó primero, pero mi camino se detuvo por completo cuando vi a mi hermano sentado al costado de Victoria en uno de los sillones, ambos sonrientes, mientras mi padre limpiaba las pequeñas lágrimas que alcanzaron a salir.

—¡Hijo mío!

Mi padre comenzó a toser pesadamente. Mamá se acercó con un vaso de agua, golpeando suavemente la espalda para que se mantuviera calmado; sin embargo, yo no podía avanzar con tanta libertad como hubiera deseado. Estaba enojado. Estaba jodidamente celoso. Decidí ignorar a la gente de ese lado para acercarme a mi padre. Le tomé la mano y besé su dorso, ganándome la caricia suave en mi cabeza.

—Te he extrañado, hijo —reprochó papá con su característico puchero—. Quizá muera mañana y tú no estarás por aquí —dramatizó, ganándose el zape de mamá.

—La empresa ha estado pasando por buenos días, papá —le sonreí, acariciando su mano—. Te traje la mejor medicina china para que te recuperes... Así puedes esperarme para darte las buenas noticias.

—Aish, mi hijo me adora tanto —sonrió orgulloso.

—No lo mandé a llamar para esto, Frederick —interrumpió mi mamá, señalándome el asiento vacío al costado derecho frente a mi padre—. Ya que han tenido la magnífica idea de divorciarse, tenemos que dejar las cuentas claras.

—Los abogados han verificado todo, mamá —declaré.

—Yo no veo a un nieto lloriqueando por aquí —escupió con la frialdad en su tonada—. La cláusula hablaba de un nieto a cambio de la totalidad de las acciones, pero como ya sabemos, eso no pasó.

La cabeza me dolió. Una punzada aguda que casi me expulsa el ojo de la cuenca. Debido a la amenaza de mi madre, sabía que no iba a poder irme de ese sitio tan fácil como deseara. Tomé un buen aire y lo expulsé con el afán de poder controlarme y aguantar lo más que pudiera.

El tema de la cláusula de mi heredero no solo conllevaba el hecho de que nunca quise consumir mi matrimonio oficialmente, sino que, hablar de este asunto, también era recordar un accidente que anhelaba olvidar algún día.

Pero nunca sería así, claro estaba.

—El abogado dijo que Ben tiene derecho al 25 % de las acciones, yo no tengo ningún jodido problema, así que no lo entiendo.

—Ben todavía es muy joven para entender esto —intervino John—. Victoria y yo creemos que sería buena idea si ingresa como becario a la empresa para ayudarte con algunos deberes hasta que tenga la edad suficiente para tomar su papel.

Dirigí la mirada hacia ellos. Los dos estaban sentados juntos, casi cercanos. El nombre de ella escupido por la boca de mi propio hermano me hirvió la sangre. Quería ignorarlos. Mi espíritu infantil me rogó por girarme y hacer como si no existieran. Aplicar la formidable ley de hielo me sonaba como lo más prudente... Pero no pude. Algo dentro de mí me obligaba a remarcar su presencia en mi atmósfera.

—¿Y la madre de tus hijos? —pregunté, jadeando una risa—. Porque si no mal recuerdo, Ben y Christopher tienen una madre, ¿no?

La cara de mi hermano se endureció. Mi corazón se agitó como loco, obligándome a buscar la mirada de la que era mi esposa, pero al mismo tiempo, suplicándome para terminar con el maldito martirio.

—¿Eso qué tiene que ver contigo?

—No tomaré decisiones que impliquen a los niños si Ginny no está presente —miré a mi madre—. Ella dejó de lado su exitosa carrera como conductora para entregarse por completo a sus hijos, creo que ella merece más estar en esta posición —me levanté—. Llámala y dile que venga, es su derecho.

Miré a papá y recibí su asentido silencioso. Me encaminé fuera de la oficina, dirigiéndome directamente hasta la cocina, donde pude escuchar de lejos la suave charla entre Leo y la Yuan. El mundo de pronto se movió y una nueva punzada me golpeó el cráneo, haciéndome tambalear mi camino. No obstante, unos brazos me sujetaron la cintura, motivándome a mantenerme de pie.

—¿Tomaste tu medicamento?

Pronto el sonido de aquella voz me acarició los oídos. El dolor de cabeza se volvió tormentoso, pero la fuerza ejercida en mi cuerpo me hizo mantener la razón. Victoria tiró de sus comisuras ante mi nula respuesta, decidiendo que era mejor arrastrarme hasta la silla más cercana del lugar. Sacó de su bolso una tira de pastillas y dejó un par en mi palma, luego se perdió unos segundos mientras conseguía un vaso de agua para mí. Miré las pastillas con las palabras estancándose en mi garganta. Mi atención se dirigió a esa mujer, quien simplemente tiró de la barbilla como una demanda silenciosa. Sin embargo, fue el nuevo golpe cerebral lo que me hizo dejar de cuestionarme todo para tomar el medicamento.

—El médico dijo que debías cargar con tus pastillas en todo momento, ¿desayunaste?

Sentí que la cara se me calentó cuando la miré de nuevo. La respuesta no salió de mi parte, y eso fue suficiente para que me quitara el vaso y me tendiera la mano como una invitación a tomar la suya.

—Solo tomaste el café, ¿no es así? —adivinó—. Victor—ah, ¿de qué carajos te sirve vivir para la empresa supermillonaria de la familia si te vas a morir por algo tan insignificante como una enfermedad? Si vas a morir que sean con honores, con una muerte natural, no por esta bajeza.

Me tomó la mano cuando no reaccioné y me jaló contra ella, arrastrándome. Mi neurona más viva dejó de funcionar. La calidez de su piel contra la mía me electrificó los sentidos y no pude reaccionar correctamente. Era consciente de que bien podía detenerme y soltarme de su agarre, mas simplemente me dejé llevar, esforzándome por convencerme de que esto me daría la respuesta que estaba necesitando sin querer.

—Señora Yuan, ¿podría preparar una ración más para Victor? —habló, llamando la atención de los dos ahí dentro—. Y tú, Leo, ¿no se supone que deberías preocuparte por el bienestar del que te paga para que tengas una buena vida?

—¿Ah?

Leo me miró con los ojos saltones y las mejillas sonrojadas por el regaño de Victoria. Probablemente, me habría burlado de él si tan solo pudiera superar el shock de este momento. Estaba perdido. Jodidamente perdido.

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