In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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La frágil memoria del mar
El trayecto desde la casa de mis abuelos hasta la playa nunca se me había hecho tan largo. El viento de la tarde golpeaba mi rostro, secando los últimos mechones húmedos de mi cabello, mientras el peso del correo de mi madre sobre el divorcio seguía vibrando en el fondo de mi mente. Intenté apartarlo. No iba a dejar que la amargura de la ciudad me robara este momento. A mis 22 años, cargando con el secreto de una intimidad intacta y un corazón que jamás se había rendido ante nadie, sentía que cada paso sobre la arena me acercaba a un abismo desconocido.
A lo lejos, junto a la orilla, divisé su silueta. Min-Woo ya estaba allí, mirando el horizonte con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta oscura. Al escuchar mis pasos rompiendo la densa neblina costera, se giró rápidamente. Su rostro se iluminó con un alivio tan evidente que me hizo detener por un segundo.
—Viniste —dijo con una voz suave, casi ahogada por el rumor de las olas—. Temía que te arrepintierst a último momento.
Me acerqué, sentándome en la arena a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para notar el calor que emanaba de su cuerpo. El recuerdo de mi ducha caliente todavía se sentía fresco en mi piel, volviéndome peligrosamente sensible a su presencia.
—Te dije que vendría, Min-Woo —respondí, abrazando mis rodillas—. Además... creo que merezco algunas explicaciones. ¿Por qué dejaste que el tiempo nos borrara por completo?
Él suspiró, clavando sus ojos oscuros en el mar, y la nostalgia pareció inundar el espacio entre los dos.
—Mi padre se deshizo de todo lo que nos unía a nuestra vida anterior, In-Oh —confesó con amargura—. Cuadernos, agendas, números... todo. Me repitió que debíamos hacer "borrón y cuenta nueva" porque el pasado nos destruiría. Cuando crecí e intenté buscarte por internet, no encontré ningún rastro de tu dirección actual. Me convencí de que habías seguido adelante y que mi recuerdo sería solo una carga para ti. Fue una decisión cobarde, lo sé. No tiene sentido decir que fue por protegerte; la verdad es que tuve miedo de que ya no me recordaras.
Su explicación me dejó un sabor agrudulce. No era la respuesta heroica que una parte de mí anhelaba; era la confesión de un chico que simplemente se había rendido ante la distancia. Me dolió su falta de perseverancia, pero al mirar sus ojos fijos en mí, supe que no podía juzgarlo con tanta dureza. La vida nos había golpeado a ambos de formas distintas.
—Supongo que la madurez no siempre nos hace valientes —murmuré, aceptando su verdad a regañadientes.
—Quiero enmendarlo, In-Oh —dijo él, acortando la distancia entre los dos.
Pasamos un largo rato sumergidos en esa mezcla de cariño y melancolía, hablando de las cosas pequeñas que nos habíamos perdido en diez años. Sin embargo, el encanto se vio interrumpido cuando sentí el teléfono vibrar en mi bolsillo. Lo saqué discretamente, esperando que fuera mi tía, pero me topé con un par de mensajes de Seo-Jun. No eran mensajes autoritarios, sino las palabras de un amigo profundamente herido y asustado por la distancia.
Seo-Jun: In-Oh, sigo esperando tu respuesta de la tarde... Me duele que me dejes a un lado por alguien que no estuvo contigo en estos diez años. Solo quiero saber que estás bien.
Seo-Jun: Me hace daño pensar que me estás ocultando cosas. Avísame cuando regreses a casa, por favor.
Un nudo de culpa me apretó el estómago, pero antes de que pudiera guardar el celular, Min-Woo captó mi distracción. Se había quitado la chaqueta oscura hace un momento, quedándose solo en polera. Se puso en pie y me ofreció su mano para ayudarme a levantar.
Al sujetarla, el contacto de su piel firme contra la mía desató una corriente eléctrica que me paralizó. Lo sostuve con fuerza por unos segundos que se sintieron eternos, hasta que nuestras miradas se cruzaron bajo la luz de la luna. Lentamente, solté su agarre, buscando aire, pero él dio un paso rápido y me tomó firmemente de la cintura. Sus manos grandes se apretaron contra mi silueta, atrayéndome hacia su pecho con una fuerza que delataba que nunca había dejado de quererme. Con una lentitud magnética, una de sus manos subió por mi brazo hasta acunar mi rostro, delineando mi mandíbula con una ternura infinita mientras inclinaba su cabeza, acortando peligrosamente la distancia entre nuestros labios.
Justo en ese milisegundo, una pesada rama seca de los pinos cercanos cedió ante el viento, colapsando con un crujido violento sobre las rocas de la orilla.
El estruendo nos dio un susto tan grande que, al intentar separarnos de golpe y retroceder a ciegas, perdimos el equilibrio. Tropezamos torpemente y caímos de espaldas directamente al agua fría de la orilla. El impacto del mar nos empapó por completo.
Al levantarnos entre risas nerviosas y jadeos por el frío, el ambiente cambió por completo, tiñéndose de una timidez sumamente candente. Min-Woo, incómodo por la tela empapada, se quitó la polera rápidamente con un movimiento ágil. Al quedarse al descubierto bajo la luz de la luna, no pude evitar contener el aliento: frente a mí ya no estaba el niño delgado del campamento, sino un hombre con un buen cuerpo adulto, de hombros anchos y torso firmemente marcado por los años.
Sentí mis mejillas arder al instante, pero mi propia situación no era mejor. Mi ropa mojada se había pegado por completo a mi piel, delineando mi silueta de una forma tan explícita que revelaba cada curva de mis 22 años. Avergonzada, atiné a cubrirme el pecho con ambas manos de inmediato.
Min-Woo, al darse cuenta, se puso completamente rojo. Con una mezcla de caballerosidad e incomodidad sexy, tomó rápidamente la chaqueta que había dejado seca sobre la arena antes de caer, y dio un paso hacia mí para envolver mis hombros con ella. Sus manos rozaron mi piel helada, y por un segundo, su rostro quedó a escasos centímetros del mío, ambos respirando agitados, atrapados en la intensa electricidad de nuestros cuerpos mojados.
—Será... será mejor que te lleve a casa antes de que te enfermes —articuló él con la voz ronca, rompiendo el trance mientras apartaba la mirada, visiblemente afectado por lo que acababa de ver.
Caminamos de regreso al pueblo en un silencio absoluto, donde el único sonido era el de nuestros pasos y el roce de su chaqueta gigante sobre mi cuerpo. No hubo promesas de hablar al día siguiente; la tensión era demasiada para articular palabras.
Min-Woo me acompañó hasta el porche de la casa de mis abuelos. Me dio una última mirada cargada de un deseo contenido antes de dar la vuelta, pero la burbuja de sensualidad se reventó en cuanto abrí la puerta principal.
Ahí, de pie en medio del living iluminado y con los brazos cruzados, estaba mi abuelo. Su rostro serio y su mirada severa se clavaron en mi ropa húmeda y en la chaqueta ajena que me cubría. Estaba muy, muy molesto por la hora, listo para exigir una explicación que yo no sabía cómo dar...