A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 5
Capítulo 5
El cambiazo
Todas las miradas cayeron sobre mí.
Con el anillo encontrado dentro de mi mochila, la escena era perfecta: periodista de medio digital, evento caro, actriz llorando, policía presente. Camila no había improvisado del todo. Quería verme esposada frente a las cámaras.
—Señorita —dijo el policía al mando—, será mejor que explique por qué el anillo de la señorita Duarte estaba en su mochila. Si no puede explicarlo, tendrá que acompañarnos.
Carmen se plantó a mi lado.
—A ver, a ver. Ella trabaja conmigo.
Luego se acercó a mi oído.
—¿Qué demonios está pasando?
Sonreí sin humor.
—Lo que ves. Una trampa de Camila.
Carmen no conocía toda la historia. No sabía que esa actriz era la amante de mi esposo, ni que su suegra y ella habían tirado mis cosas a la calle. Pero tampoco era tonta. Su mano se cerró sobre mi brazo, como si quisiera anclarme al piso.
Camila se acercó un poco, con los ojos brillando de satisfacción.
—Deja de buscar a Diego —susurró—. Lo de hoy es solo una advertencia.
Me dieron ganas de partirle la cara. Ella y Diego habían destruido mi matrimonio y ahora venía a darme lecciones de límites.
—Qué raro —le respondí igual de bajo—. Yo creí que las advertencias las daba la gente que tenía algo sólido bajo los pies.
Su sonrisa se tensó.
—Tú ya perdiste.
—No. Yo apenas entendí el juego.
Antes de que pudiera responder, el salón se agitó.
Diego acababa de entrar.
Llevaba un traje azul que combinaba de manera demasiado obvia con el vestido de Camila. La gente los miró con esa alegría superficial que siempre acompaña a una pareja bonita cuando todavía no se sabe lo sucia que está por dentro.
—Diego —Camila se refugió en sus brazos—. Mi anillo desapareció. Gracias a la policía apareció, pero...
No terminó la frase. Se limpió una lágrima inexistente.
—No llores —dijo él con una ternura que me dio náuseas—. Si se pierde, mandamos hacer otro.
Yo reí.
No pude evitarlo.
Diego levantó la vista. Su expresión cambió al verme.
—¿Tú?
—Sí, yo. Sorpresa.
El policía carraspeó.
—Señorita, esto no es un juego. Un robo de ese valor puede traer consecuencias graves.
Miré la mano de Diego. Ya no llevaba su alianza.
Qué prisa por borrar nuestro matrimonio. Qué prisa por fingir que nunca había existido.
Di dos pasos hacia él.
—Tú dime, Diego. ¿Cómo quieres manejar esto?
Todavía no estábamos divorciados. No quería que todo el salón supiera que yo era su esposa. Él no tenía vergüenza, pero yo todavía estaba intentando conservar algo de dignidad.
Camila se tensó.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Robas y luego le preguntas a mi novio qué hacer. ¿También vas a negar que el anillo estaba en tu bolsa?
El murmullo creció. Algunas personas ya grababan. Carmen repetía que me habían tendido una trampa. Nadie escuchaba demasiado.
Yo miré a Diego.
—¿Le crees?
—Es mi novia —dijo—. Claro que le creo.
Creí que me iba a doler.
Pero no.
Lo que sentí fue una calma dura, casi limpia. Si todavía quedaba dentro de mí alguna sombra de la mujer que lo amó, esa frase la enterró.
Entonces, si él iba a jugar sucio, yo también podía dejar de cuidarlo.
Me di cuenta de algo incómodo: todavía había estado protegiendo partes de él. No por amor, quizá por vergüenza. Porque admitir públicamente que una se casó con un hombre así también duele. Porque la gente nunca pregunta solo qué hizo él; siempre pregunta qué no viste tú. Pero Diego acababa de elegir a Camila delante de todos. Si él ya no tenía pudor, yo no tenía por qué cargarlo por los dos.
Abrí la boca para hablar, lista para romper nuestra fachada frente a todos, cuando la entrada del salón explotó en movimiento.
Primero entró un grupo de hombres de traje negro. Después se detuvo un Maybach frente a la puerta principal. El chofer abrió la puerta y un par de zapatos italianos tocó el piso con una calma ofensiva.
Carmen me clavó los dedos en el brazo.
—Mira eso. Por Dios. ¿Quién es? ¿Modelo? ¿Actor nuevo? ¿Por qué nadie lo tiene fichado?
Yo miré contra la luz.
Y el estómago me dio un giro.
Santiago Alcázar.
El hombre que me salvó del accidente, me cobró la cuenta del hospital y me propuso ser su mujer como quien ofrece comprar una empresa.
¿Qué hacía ahí?
El gerente del evento se abrió paso casi corriendo.
—Señor Alcázar, su presencia honra esta presentación. Sin la inversión de Grupo Alcázar, El Encanto no sería posible.
El salón rugió en murmullos.
Así que él era el presidente misterioso.
Carmen parecía a punto de llorar de felicidad profesional.
—Es él. Es él. Valeria, es nuestro objetivo.
Santiago no miró al gerente. Caminó directo hacia mí. Cada paso suyo silenciaba un poco más a la sala.
Se detuvo frente a mí.
—Me dijeron que mi novia fue confundida con una ladrona.
El salón estalló.
Yo casi me atraganté con el aire.
—¿Quién es tu novia? —le susurré, furiosa—. Soy una mujer casada.
Santiago inclinó la cabeza hacia mi oído.
—Tu esposo está abrazando a otra mujer. ¿Crees que él va a sacarte de esto?
Maldito.
Tenía razón.
—Entonces vino a ayudarme, señor Alcázar.
—Si terminas detenida, ¿quién me paga el hospital?
Le lancé una mirada asesina. Él sonrió apenas.
El gerente tragó saliva.
—Señor Alcázar, seguramente todo fue un malentendido.
Camila, por supuesto, no pudo callarse.
—¿Malentendido? Mi anillo estaba en su bolsa. Todos lo vieron. ¿Ahora por ser su... novia, ya no cuenta?
Diego le tomó el brazo.
—Camila, basta. Dejémoslo así.
Ella lo miró como si la hubiera traicionado.
—¿Dejarlo así? ¿Eso quieres? ¿No me dijiste que yo era la única? ¿O todavía te importa ella?
—No hagas una escena.
—¡Tú la estás haciendo!
Yo cerré los ojos un segundo. ¿Por qué los infieles siempre arrastraban a terceros hasta en sus peleas?
Santiago habló con calma.
—Entonces, señorita Duarte, ¿mantiene que no fue un malentendido?
—Claro que no. Ella robó mi anillo.
Santiago extendió la mano al policía.
El agente, confundido, le entregó la joya.
Santiago la observó bajo la luz. Luego soltó una risa breve.
—Curioso. Este anillo se lo regalé yo a mi novia. Tiene sus iniciales grabadas. ¿Desde cuándo es suyo, señorita Duarte? Si no fue un malentendido, como acaba de insistir, entonces lo que hizo fue acusar falsamente a otra persona. ¿Con qué intención?
Todos se inclinaron para mirar.
Yo también.
El anillo era similar al de Camila, sí. Pero la piedra era más limpia, el diseño más fino, el trabajo mucho más caro.
Y por dentro, en letras pequeñas, estaban grabadas mis iniciales.
V.S.
Valeria Salcedo.
Me quedé sin palabras.
Camila palideció.
Diego apretó los labios.
El gerente entendió de inmediato hacia dónde soplaba el viento. La actriz podía ser protagonista, pero Santiago era el dinero.
—Señorita Duarte —dijo, ahora serio—, este evento no puede verse manchado por acusaciones sin fundamento.
—¡Es mi anillo! —gritó ella—. Él lo cambió. ¡Lo cambió para protegerla!
Diego la sujetó.
—Camila, nos vamos.
—¿Nos vamos? ¿Y mi carrera? ¿Y la película? ¿Y todo lo que prometiste?
Santiago la miró como si fuera una cuenta mal redactada.
—Un hombre que no protege a su mujer no sirve de mucho —dijo.
Sus ojos pasaron por Diego.
El golpe fue silencioso, pero perfecto.
Diego entendió la referencia. Lo vi en la rigidez de su cuello, en la forma en que apartó la mirada sin querer parecer afectado. Santiago no necesitaba levantar la voz para humillarlo. Era peor: lo hacía con frases limpias, frente a todos, dejando que cada persona completara la bofetada en su cabeza.
La prensa ya no intentaba disimular. Todas las cámaras estaban sobre nosotros.
Y yo, con el anillo ajeno en el centro de la escena, entendí que Santiago no solo me había salvado.
Había cambiado el juego completo.
También entendí el precio.
Desde ese segundo, para todos los presentes yo no era solo la reportera acusada ni la esposa abandonada. Era la mujer que Santiago Alcázar acababa de llamar novia. Esa mentira podía salvarme de una patrulla, sí, pero también podía incendiar todo lo que todavía no se sabía de mi matrimonio.
Miré a Diego.
Él también lo sabía.
En su mirada vi cálculo, rabia y algo parecido al miedo. No miedo por mí, claro. Diego no había tenido miedo de perderme cuando se metió en esa cama con Camila. Tenía miedo de que yo dejara de ser una mujer avergonzada y me volviera un problema público. La diferencia era enorme.
Santiago, con una sola mentira, me había puesto un escudo y una diana en la espalda.
Yo no sabía si agradecerle o morderlo.
Probablemente ambas cosas.
Pero todavía no.
Primero tenía que salir viva de ese salón, con mi nombre intacto y las manos sin esposas.
Lo demás, incluso Santiago, podía esperar hasta que dejara de temblarme la voz.
Y las piernas.
Todo mi cuerpo, en realidad.
Entero.