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Bennosuke El Eco Del Vacío

Bennosuke El Eco Del Vacío

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Aventura
Popularitas:94
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Torres

Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.

NovelToon tiene autorización de Luis Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Altar de Ganryu

La isla de Ganryu no era más que una cicatriz de arena y roca asomando sobre las aguas turbulentas del estrecho de Shimonoseki. Era un pedazo de tierra pelada, condenada a la erosión perpetua por las corrientes que chocaban con furia desde el Mar del Japón. No había árboles que ofrecieran consuelo, ni sombras donde esconder la intención. Solo arena blanca, rocas afiladas como colmillos y un viento salino que golpeaba el rostro con la fuerza de una bofetada constante.

Era el escenario perfecto para un final. En Ganryu, el mundo se reducía a su expresión más mínima y cruel. No había dónde correr, no había tácticas de emboscada entre la maleza. Solo quedaban dos hombres, el cielo inmenso y lo que cada uno cargaba en el fondo de su espíritu.

...La Guerra de los Nervios...

Musashi llegó tarde. No fue un descuido, ni el sueño de un perezoso. Fue su primera estocada. Mientras el sol ascendía hasta el cenit, convirtiéndose en un ojo de fuego que castigaba la arena, Musashi permanecía en el pequeño bote, remando con una parsimonia que rayaba en lo insultante.

En la orilla, Sasaki Kojiro y los oficiales del señor Hosokawa —testigos imperiales del duelo— caminaban de un lado a otro. El sudor les bajaba por la nuca, pero lo que más les pesaba era la espera. Los murmullos crecían como la marea.

—Es un cobarde —decía uno de los oficiales, ajustándose el guardamanos de su katana—. El "perro sarnoso" ha entendido finalmente quién es su oponente. Se habrá dado a la fuga o se habrá ahogado en su propio miedo.

Kojiro, sin embargo, no hablaba. Permanecía inmóvil, mirando el horizonte donde el pequeño bote aparecía como un punto negro. Pero por dentro, la semilla de la irritación empezaba a germinar. La espera es una forma de combate que no usa acero, sino tiempo.

...El Regreso del Espectro...

Musashi no vestía el kimono de seda que se esperaba para un duelo de tal magnitud. No llevaba el kamishimo de gala ni el pelo recogido en el pulcro chonmage de un guerrero respetable. Al saltar del bote, sus pies descalzos se hundieron en la arena húmeda. Vestía harapos que olían a humedad y a camino. Tenía el pelo suelto, enredado por el viento y la sal, dándole el aspecto de un yokai surgido de las profundidades.

En su mano no brillaba el acero. Sostenía un remo de madera que había tallado obsesivamente durante el viaje. Era un bastón tosco, largo y pesado; un arma que desafiaba toda estética marcial. Era más largo que cualquier katana convencional, e incluso superaba en alcance al legendario nodachi de Kojiro.

Los oficiales fruncieron el ceño con asco evidente.

—Falta de respeto —escupió uno—. Se presenta a un duelo de honor como un mendigo que acaba de salir de un pantano. Ni siquiera se digna a morir como un samurái.

Musashi no les otorgó ni una mirada. Se detuvo a unos metros, hundió los talones en la arena y se rascó el cuello con lentitud. La costra de siempre, la marca de su nacimiento, seguía allí, recordándole que el dolor era su único hogar verdadero.

...El Demonio de la Perfección...

Sasaki Kojiro era la antítesis de Musashi. Era un poema escrito en seda y acero. Su hakama era impecable, su postura era la de un hombre que había nacido para la victoria. Su rostro era tranquilo, casi angelical, pero sus ojos tenían la fijeza de un halcón que ha detectado a su presa. A su espalda colgaba el Monohoshizao, la "Vara de Secar Ropa", una espada de una longitud prohibitiva que solo él podía manejar con la gracia de un pincel.

Kojiro no se rio. A diferencia de Arima Kihei, él reconoció el peligro que emanaba de aquel hombre sucio. Vio la economía de movimientos de Musashi, la forma en que sus pies encontraban el equilibrio perfecto en la arena inestable.

—Así que tú eres el perro de Miyamoto —dijo Kojiro. Su voz no era un grito, era una observación fría, casi clínica—. Has hecho esperar a la muerte demasiado tiempo.

Musashi se desató una toalla sucia que llevaba al cuello y se la amarró en la frente con un nudo tosco, asegurándose de que el pelo no le estorbara la visión. El gesto fue mundano, casi vulgar.

—No soy de Miyamoto —respondió con una voz que parecía venir de la tierra misma—. Soy de ningún lado. Y el tiempo solo importa cuando tienes algo que perder.

...El Gesto de la Renuncia...

Los segundos dieron la señal. El aire en la isla pareció congelarse. Kojiro, en un movimiento que fue un destello de plata, desenvainó su nodachi. El sonido del acero saliendo de la saya fue un silbido puro que cortó el viento del mar. Dio dos pasos hacia adelante y, en un acto que dejó mudos a los presentes, arrojó la saya (la vaina) al agua.

—¿Qué haces, Kojiro? —gritó un oficial, horrorizado por la ruptura del protocolo—. ¡Estás deshonrando tu arma!

Kojiro no parpadeó. Su mirada estaba clavada en el centro de la frente de Musashi.

—Si voy a perder —dijo Kojiro con una sinceridad que heló la sangre de los oficiales—, no necesitaré la saya de nuevo. Y si gano, el mar me dará otra.

Musashi escuchó aquellas palabras y, por un instante fugaz, el vacío en su pecho vibró. Sintió respeto. No por el hombre, ni por su escuela, sino por la verdad absoluta de esa frase. Era el reconocimiento mutuo de dos hombres que sabían que estaban caminando sobre el filo de un abismo.

Desclavó su remo de la arena. El peso de la madera era real, tangible. No dijo nada más. Ya no hacían falta palabras.

...El Vuelo de la Golondrina contra el Peso del Vacío...

Kojiro atacó con la velocidad de la luz. Su técnica, el Tsubame Gaeshi, el Giro de la Golondrina, se inició con un tajo descendente que parecía definitivo. Era el movimiento que había cortado pájaros en el aire y había partido cráneos antes de que el oponente pudiera parpadear.

Musashi no bloqueó. El bloqueo era una esperanza, y él no vivía de esperanzas. En lugar de retroceder, hizo lo que nadie esperaba: dio un paso hacia adentro. Un paso corto, difícil, suicida.

El filo del nodachi pasó a milímetros de su sien. Sintió el frío del acero rozarle el cuero cabelludo. La toalla que se había amarrado en la frente saltó por los aires, cortada limpiamente por la mitad. Una línea delgada de sangre comenzó a brotar de su nariz, deslizándose hacia sus labios. Pero para cuando el acero de Kojiro terminó su recorrido, Musashi ya estaba en su punto ciego.

Levantó el remo tallado por encima de su hombro. No hubo elegancia. No hubo una postura de escuela milenaria. Fue un movimiento nacido de la necesidad de sobrevivir, un golpe que contenía todo el resentimiento de su infancia, toda la furia de Sekigahara y todo el cansancio de sus sesenta muertos.

El remo cayó como un martillo de piedra. El impacto en la cabeza de Kojiro, justo encima de la oreja izquierda, produjo un sonido seco, un crujido de madera contra hueso que resonó por toda la isla como una rama rompiéndose en invierno.

...El Fin del Mito...

Kojiro no gritó. Cayó de rodillas, con los ojos de halcón repentinamente nublados. El "Monohoshizao" se le escapó de los dedos, hundiéndose en la arena como un juguete olvidado. Intentó levantarse, su voluntad aún luchando contra la realidad del daño cerebral, pero Musashi no le dio espacio para la épica.

Le golpeó de nuevo. En las costillas. Luego en la garganta, con la punta del remo. Fue sistemático, brutal, despojado de toda mística.

Kojiro cayó de cara sobre la arena blanca. La sangre, de un rojo insultante, brotó de su boca y se mezcló con la espuma del mar que llegaba a la orilla. El gran Sasaki Kojiro, el genio de la espada, murió sin un último poema, convertido en carne rota bajo el peso de un remo de madera.

El duelo no había durado más que un suspiro. Igual que con Arima Kihei. Igual que con todos los demás.

Musashi se quedó de pie, mirando el cuerpo. El viento seguía soplando, indiferente. Los oficiales estaban pálidos, incapaces de moverse. Musashi dejó caer el remo, se dio la vuelta y caminó hacia su bote sin decir una sola palabra.

Por primera vez, el picor de su piel no estaba. Pero en su lugar, el vacío se había expandido tanto que ya no sabía dónde terminaba él y dónde empezaba la nada. Había matado a la perfección, y al hacerlo, se había dado cuenta de que incluso la perfección sangraba igual de fácil que un perro.

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Bibi Ortega
mucho éxito con tu obra
Luis Torres: ¡Muchas gracias!
total 1 replies
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