Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 15: La barrera de acero
CAPÍTULO 15: La barrera de acero
La mañana del jueves en Manhattan amaneció bajo un manto de nubes grises que parecían reflejar el estado de ánimo en el piso cincuenta y cuatro de la Torre D'Angelo. Susena Vallejo había llegado al edificio antes de que los primeros rayos de sol lograran filtrarse entre los rascacielos. Se había despertado en su apartamento de Astoria con una claridad mental absoluta: la tregua emocional había terminado. Mientras se preparaba frente al espejo, no vio a la mujer vulnerable que había aceptado la ayuda de un millonario; vio a la publicista de acero que no permitiría que nadie volviera a jugar con su dignidad. Se recogió el cabello en un moño bajo, tan tirante y perfecto que no dejaba ni un solo mechón libre, y eligió un traje sastre color carbón que le otorgaba una autoridad casi marcial. Sus labios llevaban un tono neutro, despojando a su rostro de cualquier rastro de la calidez que había mostrado días atrás en su hogar.
Para Susena, lo que había presenciado en el despacho de Maximiliano el día anterior no era solo una escena de oficina; era el recordatorio brutal de que el mundo de los hombres como Julián y Maximiliano estaba construido sobre una base de espejismos y conquistas desechables. Ella ya había pagado el precio de la ceguera una vez, y no estaba dispuesta a hacerlo de nuevo. Se sentó frente a su escritorio y se sumergió en el trabajo con una ferocidad que intimidaba a cualquiera que se acercara a su oficina. Jennifer entró un par de veces para ofrecerle café, pero al ver la expresión gélida de Susena, prefirió retirarse en silencio, comprendiendo que algo se había roto irremediablemente.
Cerca de las diez de la mañana, Maximiliano D'Angelo entró en el departamento de publicidad. No venía rodeado de su séquito habitual de asesores; caminaba solo, con los hombros tensos y una sombra de insomnio bajo sus ojos oscuros. A sus cincuenta años, Max era un hombre que sabía leer las crisis antes de que estallaran, pero frente a la puerta de la oficina de Susena, se sintió como un principiante. Se detuvo un segundo antes de entrar, ajustándose el nudo de su corbata de seda, y luego cruzó el umbral.
—Buenos días, señora Sotomayor —dijo Max, su voz profunda resonando en el espacio cerrado. Intentó buscar sus ojos, pero ella ni siquiera levantó la vista de la pantalla.
—Buenos días, señor D'Angelo —respondió Susena. El uso del apellido y el tono plano de su voz fueron como un latigazo para él. El "Max" que ella había pronunciado con tanta suavidad en Astoria había muerto y sido enterrado bajo capas de hielo profesional.
Maximiliano cerró la puerta tras de sí, buscando un gramo de privacidad que le permitiera explicar lo inexplicable. Se acercó al escritorio, sintiendo el aroma a vainilla de ella, pero ahora mezclado con una frialdad que helaba el aire de la habitación.
—Susena, sobre lo que viste ayer... Vivienne es parte de un pasado que estaba intentando cerrar en ese preciso momento. Ella se abalanzó sobre mí, yo no...
—Señor D'Angelo, lo interrumpo porque realmente no es necesario que me dé explicaciones —dijo ella, levantando finalmente la vista. Sus ojos chocolate, que antes brillaban con una chispa de admiración hacia él, ahora eran dos pozos de indiferencia absoluta—. Su vida privada es suya, y yo soy la última persona en este edificio con derecho o interés en cuestionarla. Estoy aquí para cumplir con mis responsabilidades profesionales, y eso es lo único que nos vincula. Aquí tiene los informes de métricas que solicitó el lunes.
Max sintió que el aire se volvía pesado en sus pulmones. Ella le estaba quitando el derecho a la defensa, tratándolo como si fuera un proveedor de servicios cualquiera, borrando de un plumazo la conexión que habían empezado a forjar. El hombre que manejaba los hilos de Manhattan se sentía, por primera vez, completamente impotente frente a una mujer que no le pedía nada.
—Tenemos una cena de negocios esta noche, Susena —dijo él, tratando de recuperar el control de la situación y el tono de mando—. Es con los inversores principales del proyecto de los hoteles boutique. Su presencia es absolutamente indispensable; usted es la mente creativa detrás de la campaña y ellos necesitan escuchar su visión de primera mano. Será en el Le Bernardin a las ocho de la noche. Mi chofer pasará por usted a Astoria a las siete y quince.
Susena tomó su agenda digital y, con una calma que a Max le resultó exasperante, anotó el compromiso. No hubo una queja, ni una sonrisa, ni un gesto de emoción por asistir a uno de los restaurantes más exclusivos del mundo. Era simplemente otra tarea en su lista.
—Entiendo, señor D'Angelo. Es un compromiso laboral y allí estaré para representar al departamento —respondió ella. Luego, hizo una pausa deliberada, dejó la tablet sobre el escritorio y clavó su mirada en la de él con una intensidad que lo hizo retroceder mentalmente—. Solo una pregunta para confirmar el protocolo de la cena: ¿irá también su novia, la señorita que estaba ayer en su despacho? Lo pregunto para saber si debo preparar una presentación para dos personas o si habrá alguien más en la mesa que necesite contexto estratégico.
El golpe fue tan directo y certero que Maximiliano sintió como si le hubieran dado un puñetazo real en el plexo solar. El uso de la palabra "novia", pronunciada con ese tono cargado de desprecio e indiferencia, fue el castigo más sofisticado que Susena podía haber diseñado. Ella lo estaba reduciendo al cliché del millonario maduro con la modelo de turno, quitándole cualquier pizca de profundidad que él hubiera intentado mostrarle.
—No es mi novia, Susena —respondió él, con una voz que vibraba de una frustración y una rabia contenida que pocas personas habían provocado en él.
—Como le dije antes, señor D'Angelo, los títulos que usted asigne a sus acompañantes no son de mi incumbencia —concluyó ella, volviendo su atención a la pantalla y dando por terminada la conversación—. Si no hay nada más técnico que discutir, tengo mucho trabajo que adelantar antes de la cena.
Maximiliano salió de la oficina de Susena con el corazón latiendo desbocado. Él, que había negociado con tiburones financieros y salido ileso de crisis inmobiliarias, acababa de ser humillado por la mujer que más le importaba. Caminó hacia el ascensor sintiendo que Nueva York se le caía encima. Sabía que la cena de esa noche no sería una simple reunión de negocios; sería la prueba de fuego donde tendría que demostrarle a la madre de acero que él no era el hombre que ella creía, o arriesgarse a perderla para siempre antes de haberla tenido realmente.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.