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Dos Mundos Diferentes

Dos Mundos Diferentes

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:145
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto

NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La arena no perdona

*Capítulo 11: La arena no perdona*

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Los diez minutos pasaron volando.

Kasumi seguía en la arena, El listón rojo de Saya le pesaba en la muñeca como si fuera de plomo. La cabeza todavía le vibraba por lo que Saya le había metido. _Papá muerto. Sola. Nunca vas a volver._

Respiró. Una vez. Dos. _No es real. No es real._

Saya estaba en el centro del círculo de arena. Dos espadas desenvainadas. La punta de una tocaba el suelo, dejando una línea. La otra apuntaba al cielo naranja.

“Ya”, dijo. No gritó. No hacía falta.

Los Doce bajaron de las gradas.

Jaruto estiró los brazos. “Con que todos, ¿eh? Me gusta.” Sus ojos amarillos brillaban.

Suki escupió la semilla de la fruta azul. “Yo voy primero si nadie quiere.”

Ken cerró el cuaderno. “Datos empíricos. Perfecto.”

Himari, en forma adulta, crujió el cuello. Las garras ya estaban fuera.

Hanna fue la última. No bajó. Se quedó en la entrada, recargada. “Yo miro”, dijo. “Alguien tiene que cuidar a la humana si esto se descontrola.”

Saya no la contradijo. Solo asintió.

Se giró hacia los once que tenía enfrente.

“Regla dos”, dijo Saya. “En una pelea real, el número no importa. Importa quién piensa más rápido.”

Y desapareció.

No. No desapareció. Se movió.

Kasumi parpadeó y Saya ya estaba detrás de Ken El plano de la espada le dio en la nuca. Seco. Ken cayó de rodillas, aturdido.

“Uno”, dijo Saya.

Himari rugió y saltó. Garras por delante.

Saya se agachó, giró, y usó el mango de la segunda espada para golpearle el estómago en el aire. Himari se dobló y cayó a la arena, escupiendo aire.

“Dos.”

Jaruto ya estaba riéndose. “¡Eso es! ¡Así se hace!” Corrió en zigzag, rápido, dejando imágenes.

Saya no lo siguió con los ojos. Cerró los suyos un segundo.

Jaruto apareció a su espalda, con la mano estirada para tocarle el hombro.

Saya habló sin voltear. “_Párate._”

Jaruto se congeló. En medio del movimiento. Como estatua. Los ojos muy abiertos.

“_Siéntate._”

Jaruto se sentó en la arena, tieso. Sudando.

“Tres”, dijo Saya. Abrió los ojos. “Tu velocidad no sirve si tu cerebro es mío.”

Los demás atacaron todos juntos.

Suki lanzó algo. No una fruta. Un gancho de hueso que sacó de quién sabe dónde. Los gemelos, Kenta y Rento, se movieron como uno, flanqueando. Un chico con el pelo blanco levantó la arena con un grito, haciéndola volar como niebla.

Caos.

Kasumi no podía seguirlo. Eran golpes, saltos, metal contra garra, gritos. La arena volaba.

Saya estaba en medio. No bailaba. No sonreía. Cortaba. No con filo. Con precisión. Un golpe aquí para desarmar. Un codazo allá para tirar. Un susurro en la mente de otro para hacerlo dudar un segundo. Y en ese segundo, lo tumbaba.

_No te tienen lástima._

Kasumi entendió.

Esto no era entrenamiento. Era una ejecución controlada. Saya les estaba mostrando a todos, y a ella, qué era enfrentarse a alguien que no jugaba.

En menos de dos minutos, diez de los Doce estaban en la arena. Jadeando. Unos sentados. Otros tirados. Ken se tocaba la nuca. Himari gruñía, con arena en la boca. Jaruto todavía no se podía mover, aunque ya solo tenía cara de enojo.

Solo Suki seguía de pie. Sangraba de la nariz, pero sonreía con todos los dientes.

“Tú sí aguantas”, le dijo Saya.

“Yo siempre aguanto”, dijo Suki, y se limpió la sangre con el brazo.

Saya envainó una espada. “Suficiente.”

Chasqueó los dedos.

Jaruto pudo moverse de golpe. Se cayó de lado. “¡Oye! ¡Eso no se vale!”

“Todo se vale”, dijo Saya. Miró a Kasumi.

Kasumi se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero se paró.

Saya caminó hacia ella, pasando entre los Doce tirados como si fueran piedras.

Se paró enfrente.

“¿Viste?”, preguntó.

Kasumi asintió. No le salía la voz.

“Ellos son fuertes”, dijo Saya, señalando con la espada envainada. “Más que tú. Más rápidos. Más raros. Y los tiré en dos minutos.”

Clavó los ojos grises en los de Kasumi.

“Kuroi Rei no me tiraría en dos minutos. Yo no lo tiraría a él en dos minutos. ¿Entiendes la diferencia?”

Kasumi tragó saliva. Asintió otra vez.

“Bien”, dijo Saya. “Porque él ya sabe que estamos aquí.”

Todos se quedaron quietos.

Hanna, desde la entrada, despegó la espalda de la pared por primera vez.

“¿Qué?”, dijo Jaruto, levantándose.

Saya tocó su sien. “Usé el Ojo de Halcón. Mucho. Fuerte. Para romper once cabezas a la vez. Eso… deja eco.” Miró al cielo naranja. “Y él lo escucha. Siempre.”

Como si la invocaran, una brisa fría cruzó la arena. No era normal. Era de las que te ponen la piel de gallina aunque haya sol.

En el borde del Campo, las sombras de las gradas se hicieron más largas. Más negras.

Y Kasumi lo sintió.

El mismo frío de la noche anterior. El mismo vacío.

Pero ahora venía de todas partes.

Hanna desenfundó su cuchillo largo sin hacer ruido. “Se acabó el descanso”, dijo.

Saya desenvainó la segunda espada otra vez.

“Los Doce”, dijo, sin quitarle los ojos a las sombras. “Arriba. Ahora. Protejan a la humana.”

---

La orden de Saya quedó en el aire. “Protejan a la humana.”

Los Doce se levantaron como pudieron. Ken todavía se tocaba la nuca. Himari escupió arena. Jaruto sacudía los brazos para quitarse el hormigueo.

Kasumi no se movió. El frío de las sombras le había llegado a los huesos. El listón rojo le apretaba la muñeca.

Hanna dio un paso al frente. El cuchillo largo brillaba poco con el sol naranja. “Kasumi, conmigo. Ya.”

Pero nadie se movió más.

Porque Kaiki no bajó la guardia.

El elfo del arco. El único de los Doce que no había atacado a Saya. Había estado en las gradas todo el tiempo, callado, con una rodilla arriba y el arco cruzado en las piernas. Pelo blanco hasta los hombros, orejas puntiagudas, ojos verdes como vidrio.

Ahora estaba de pie.

Y tenía una flecha en el arco.

No apuntaba a Saya. No apuntaba a las sombras.

Apuntaba arriba. A la esquina de las gradas, donde el techo de piedra se juntaba con el cielo.

“Ahí”, dijo Kaiki. Su voz era baja. Como hoja seca. “Hace rato.”

Todos voltearon.

Kasumi no vio nada. Solo piedra y cielo naranja.

Pero Kaiki tensó más la cuerda. Los nudillos blancos.

“Respira”, dijo. “Y no es de aquí.”

Y soltó.

La flecha no silbó. Cortó. Una línea recta, demasiado rápida para seguirla.

Pegó en la sombra de la esquina.

Y la sombra _chilló_.

No fue un grito humano. Fue agudo, como de pájaro grande, como de algo que no debería sonar así.

Algo cayó de ahí. Pequeño. Negro. Con plumas. O con pelo. Se movió rapidísimo entre las piedras, cojeando. Una mancha oscura que bajó por las gradas y se metió por un hueco en el muro.

La flecha de Kaiki quedó clavada en la piedra, vibrando. Sin sangre. Sin plumas. Nada.

El silencio duró un segundo.

Luego todos hablaron a la vez.

“¿¡Qué mierda fue eso!?” Jaruto ya estaba arriba de las gradas, buscando.

“Un cuervo”, dijo Suki, pero no sonaba segura. “O… algo parecido.”

“No”, dijo Ken. Se ajustó los lentes rotos. “Los cuervos no chilla así. Y no desaparecen en las sombras.”

Himari olfateó el aire, en forma adulta. Gruñó. “Huele a… viejo. A tumba cerrada.”

Kaiki no bajó el arco. Ya tenía otra flecha puesta. “No estaba solo mirando”, dijo. “Estaba _escuchando_. Desde que Saya usó el Ojo de Halcón.”

Saya no dijo nada. Miraba el hueco en el muro por donde la cosa se fue. Sus ojos grises estaban duros.

Hanna se puso delante de Kasumi, tapándola completa. “Espía”, dijo. “Familiar. O un shikigami.”

“¿De quién?”, preguntó uno de los gemelos. Kenta o Rento.

Nadie contestó.

Porque no sabían.

Podía ser de Kuroi Rei. Podía ser de otro. Podía ser de alguien que ni siquiera sabían que jugaba en esto.

El frío en el Campo no se fue. Pero ahora era distinto. Ya no era solo la amenaza de Rei. Era la certeza de que alguien más los había visto. A Kasumi temblando. A Saya rompiendo cabezas. A los Doce en el suelo. Todo.

Y esa información ya iba en camino a alguna parte.

Saya envainó las dos espadas con un _click_.

“Se acabó el entrenamiento”, dijo. Miró a Kaiki. “Buen tiro.”

Kaiki asintió una vez. Bajó el arco, pero no guardó la flecha.

Saya se giró hacia los demás. “Plan cambia. No peleamos aquí. No ahora. Nos vio. Sabe dónde estamos. Sabe cuántos somos.” Sus ojos fueron a Kasumi. “Y sabe que ella sigue ”

Kasumi sintió el peso de todas las miradas.

Hanna la agarró del brazo. No fuerte, pero firme. “Nos vamos. Ya.”

“¿A dónde?”, preguntó Jaruto.

“Al sótano del dojo”, dijo Saya. “Con mi padre. Ahora”

Nadie se quejó. Ni Jaruto.

Recogieron lo que pudieron. Ken agarró su cuaderno. Suki lamió la sangre de su nariz y sonrió, pero ya no se veía divertida.

Kaiki fue el último en bajar de las gradas. Arrancó su flecha de la piedra. La miró. La punta estaba limpia. Ni una gota.

“Sea lo que sea”, murmuró, “no es de este mundo.”

Y salieron del Campo. Rápido. En silencio.

Dejando la arena blanca, las gradas vacías y las sombras, que ya eran normales otra vez.

Pero todos sabían la verdad.

Alguien los había estado viendo.

Y ahora ese alguien lo iba a contar.

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