Durante días, las hermanas Caroline y Estefany Richi mantenían un romance secreto y prohibido, con los que se supone que son sus enemigos Marco y Fabián Rossi, desafiando el odio ancestral entre sus familias. Sin embargo, cuando un ataque brutal de la Bratva rusa destruye el hogar de los Richi, lo que era un pecado oculto se convierte en la única vía de salvación: un matrimonio oficial para unir a los dos clanes más poderosos de Chicago
Sin embargo, la unión estalla cuando descubren que el patriarca de los Rossi, Dante, fue el autor intelectual del asesinato de Elena, madre de las Richi. Ante la traición, los hermanos Rossi eligen a sus prometidas por sobre su padre, convirtiéndose en fugitivos. Ahora, los cuatro luchan desde las sombras para derrocar a Dante, eliminar a los rusos y reclamar el trono de Chicago.
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Caroline …
Ya era domingo por la mañana. No hubo tiempo para resacas, ni para saborear los restos del perfume de Marco en mi ropa. A las seis de la mañana, la voz de mi padre tronó por el sistema de intercomunicación de la mansión, convocándonos a todos al Santuario, el búnker subterráneo donde se planifican las guerras que Chicago nunca ve en las noticias.
Bajé las escaleras del búnker ajustándome el arnés de mi arma sobre la camiseta táctica negra. Estefany caminaba a mi lado, moviéndose con una gracia letal, su cabello oscuro iba recogido en una trenza tensa que no dejaba lugar a distracciones. Al entrar, el olor a café amargo y a mapas impresos nos recibió. Marco y Fabián ya estaban allí, inclinados sobre una mesa digital que proyectaba el complejo de almacenes del puerto norte, el nido de la Bratva
— Los rusos no esperan un ataque directo un domingo por la mañana — dijo mi padre, señalando un punto rojo en la pantalla — Creen que estamos demasiado ocupados lamiéndonos las heridas de la emboscada del muelle. Marco, tú y Caroline entrarán por el lado este. Fabián, tú y Estefany tomarán el muelle de carga superior. Quiero que recuperen los servidores de datos y que no dejen a nadie vivo para contar quién se los llevó
— Considéralo hecho, Vittorio — respondió Marco, y por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos. No había rastro del hombre que me había acorralado en el club nocturno unas horas antes. Solo quedaba el soldado, frío y calculador
Salimos de la mansión en dos furgonetas blindadas. El trayecto hacia el puerto fue un silencio sepulcral, roto solo por el sonido metálico de Marco revisando el cargador de su rifle de asalto. Yo cargaba mi arma, sintiendo la adrenalina empezar a hervir en mis venas. No era solo la misión, era el hecho de que, por primera vez, el hombre que deseaba estaba cubriéndome las espaldas en lugar de acecharme
Cuando llegamos al perímetro, la niebla del lago nos sirvió para cubrirnos. Bajamos del vehículo y nos movimos como sombras. Marco me hizo una señal con la mano, indicándome que cubriera el ángulo ciego mientras él forzaba la entrada lateral. Su brazo todavía estaba vendado, pero se movía con una eficiencia aterradora. Entramos en el almacén y el aire se volvió gélido, impregnado de serrín y aceite de motor
— Tres guardias a las doce — susurró Marco cerca de mi oreja, su aliento cálido contrastando con el frío del lugar — Tú te encargas de los dos de la izquierda. Yo me encargo del jefe. A mi señal
— No me des órdenes, Rossi — susurré de vuelta, aunque ya tenía la mira de mi arma alineada con la base del cráneo del primer ruso — Solo asegúrate de no fallar
— Tres... dos... uno... ahora — Indicó abriendo fuego
El sonido de los silenciadores fue apenas un susurro en la inmensidad del almacén. Tres cuerpos cayeron al unísono antes de que pudieran soltar un grito. Nos movimos rápido, saltando sobre los cadáveres hacia la oficina central donde se guardaban los servidores.
Pero la Bratva no es famosa por su descuido. De repente, una alarma estridente rompió el silencio y las luces de emergencia rojas empezaron a girar, bañando todo en un tono sangriento
— ¡Es una trampa! — gritó Marco, empujándome tras una columna de acero justo cuando una ráfaga de AK-47 destrozaba el cristal de la oficina sobre nosotros
El tiroteo fue inmediato y brutal. Estábamos superados en número, atrapados entre cajas de contrabando y el fuego incesante de al menos una docena de hombres. Vi a Marco responder al fuego con una rapidez sorprendente, eliminando enemigos mientras se movía hacia adelante para ganar terreno.
Mi sangre gritaba acción, me asomé y vacié medio cargador contra un nido de ametralladora, viendo cómo el tirador caía hacia atrás
— ¡Tenemos que llegar a esa oficina antes de que destruyan los datos! — grité sobre el estruendo de los disparos
— ¡Cúbreme! — rugió Marco
Corrió a través del fuego cruzado con una audacia que rozaba la locura. Yo disparaba ráfaga tras ráfaga para mantener las cabezas de los rusos abajo, sintiendo el calor del cañón de mi arma cerca de mi rostro. Marco llegó a la puerta, la voló con una carga pequeña y desapareció dentro. Los minutos que siguieron fueron los más largos de mi vida. Balas rebotando, el olor a pólvora, y el miedo real de que el hombre que me volvía loca no saliera de allí con vida
De pronto, una explosión interna sacudió el edificio. Marco salió volando por la puerta de la oficina, envuelto en humo, pero con el maletín de los servidores bajo el brazo. Lo alcancé justo cuando un último ruso se levantaba entre los escombros para dispararle por la espalda. No lo pensé. Apreté el gatillo dos veces, y el hombre cayó como un fardo de ropa vieja
— Te debo una, Richi — jadeó Marco, levantándose con dificultad y limpiándose la sangre del labio
— Ponlo en mi cuenta, Rossi — respondí, ayudándole a sostenerse mientras nos retirábamos hacia el punto de extracción bajo una lluvia de balas — Todavía tenemos que ver si Estefany y tu hermano sobrevivieron a su parte del infierno
Llegamos a la furgoneta justo cuando el motor rugía para arrancar. Estefany y Fabián ya estaban dentro, cubiertos de hollín pero aparentemente ilesos.
Estefany tenía una mirada salvaje, una que solo aparece después de haber matado para proteger lo que quieres. Fabián le apretaba el muslo con una mano ensangrentada, un gesto de posesión y alivio que mi padre nunca aprobaría
El vehículo derrapó fuera del puerto mientras las sirenas de la policía empezaban a escucharse a lo lejos. Dentro de la furgoneta, el silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una energía eléctrica diferente. Habíamos peleado juntos. Habíamos sangrado por la misma causa. Y la victoria nos había dejado con una sed que la pólvora no podía saciar
Marco se recostó contra el respaldar del asiento , mirándome con una mezcla de respeto y hambre voraz. Me quitó el arma de las manos y la puso en el suelo del vehículo, acercándose a mí hasta que nuestras rodillas se tocaron. La adrenalina de la batalla seguía recorriendo mi cuerpo, transformándose en algo mucho más carnal y urgente
— Has estado increíble ahí dentro — susurró, ignorando a los otros dos que estaban en su propio mundo de sombras y susurros al otro lado del asiento — Nada me prende más que verte disparar a matar
— Pues prepárate, Rossi — respondí, agarrándolo por el chaleco antibalas y atrayéndolo hacia mí — Porque ahora que hemos terminado con los rusos, voy a terminar contigo
Marco sonrió para luego apoderarse de mis labios con una necesidad que pronto se volvió salvajismo, su lengua perforaba mí boca en busca de la mía, mientras sus manos recorrían mi cuerpo hasta terminar en mis nalgas y apretarlas de una manera tan excitante que me enloquecía
Cuando llegamos a la mansión, el maletín con los servidores estaba seguro, pero nuestras almas estaban más condenadas que nunca. Entramos como héroes ante los ojos de mi padre, pero bajo la superficie, la alianza Richi-Rossi se había convertido en un nudo ciego de lealtad, sexo y peligro que ninguna guerra podría desatar. Habíamos bautizado nuestra unión con sangre, y ahora, el infierno entero sabía nuestros nombres.