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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 Gimnasios de bosque, hadas borrachas y el Pueblo Mágico

Despertar en el suelo del bosque no es romántico. No es como en las películas donde abres los ojos y un rayo de sol te acaricia la cara. No. Despertar ahí se siente como si el "Checo" Pérez te hubiera usado de tope en la Fórmula 1. Me dolía hasta el apellido.

-Arriba, Narvarte -dijo Kaia, pateando suavemente mi costilla con su bota-. Si seguimos a este ritmo, llegaremos a Villa Raíz antes de que te mueras de hambre. O de que me hartes.

Me levanté crujiendo como matraca de estadio.

-Buenos días a ti también, rayito de sol -murmuré, sacudiéndome las hojas del pantalón-. Oye, ¿no hay un café por aquí? Un americano, un lechero... ¿agua de charco hirviendo? Lo que sea.

-Hay agua en el río -dijo ella, señalando con la cabeza-. Y date prisa. Ringo ya está robando cosas otra vez.

Busqué al mono con la mirada. Estaba a unos metros, peleándose con un arbusto. O eso creía yo, hasta que el arbusto se movió.

-¡Suelta eso, saco de pulgas gigante! -chilló Ringo, jalando algo con fuerza.

Me acerqué, tallándome los ojos.

-¿Qué pedo? ¿Ahora con quién se está peleando?

Frente a Ringo había un animal. Parecía un canguro, pero si ese canguro se hubiera metido esteroides, creatina y hubiera pasado tres años en el reclusorio norte. Tenía el pelaje color óxido, unos bíceps que harían llorar a mi instructor del gimnasio y una cola gruesa que golpeaba el suelo con impaciencia.

El canguro-fisicoculturista sostenía entre sus garras el envoltorio plateado de mi chicle (que Ringo había estado lamiendo obsesivamente toda la mañana).

-¡Es mío! -gritó Ringo-. ¡Huele a la menta de los dioses!

El canguro soltó un gruñido grave, como motor de camión viejo, y le tiró un zarpazo.

-¡Ah, chingao! ¿Quieres pelea? -Ringo soltó el papelito, dio dos saltitos hacia atrás y levantó los puños.

No era una postura de defensa animal. El maldito mono se paró en guardia de boxeo. Una guardia callejera, sucia, estilo "barrio bravo". Mentón abajo, hombros arriba.

-¡Dale, Canelo! -grité sin querer. El absurdo de la situación me ganó.

El canguro se lanzó. Ringo, con una velocidad ridícula, esquivó hacia la izquierda haciendo un movimiento de cintura que ni Julio César Chávez en sus buenos tiempos.

-¡Toma, perro! -chilló el mono.

¡Pif! ¡Paf!

Ringo le metió dos ganchos al hígado (o donde sea que tengan el hígado los canguros mutantes) y remató con un cabezazo directo en la rodilla del bicho. Fue un estilo de pelea corriente, callejero y hermoso. El canguro, confundido por ser golpeado por una rata con chaleco, retrocedió tambaleándose.

Ringo aprovechó, saltó, le picó los ojos con los dedos y recuperó el papelito del suelo.

-¡Y que no se repita, o te convierto en tapete! -le gritó al animal, que salió huyendo dando saltos de dolor.

Me quedé con la boca abierta.

-No mames -susurré-. Tu mono sabe boxear.

Kaia pasó a mi lado, sin inmutarse.

-Es un Tití de la Niebla. Pelean sucio. Vámonos.

Caminamos tres horas más. El bosque empezó a cambiar. Los árboles retorcidos dieron paso a unos más ordenados, y el camino de tierra se convirtió en un sendero empedrado. Empecé a ver señales de civilización: cercas de madera, humo de chimeneas y un olor que hizo rugir mis tripas.

-Huele a... ¿pan? -olfateé el aire como perro de caza-. No, huele a guisado. ¡Huele a comida caliente, carajo!

-Bienvenido a Villa Raíz -anunció Kaia.

Salimos de la espesura y nos topamos con el pueblo. Y ahí fue cuando mi cerebro hizo cortocircuito.

Yo esperaba chozas de paja, estilo Edad Media pobre. Pero esto... esto era como si Valquirico y Xochimilco hubieran tenido un hijo mágico.

Las casas no estaban construidas sobre el suelo, sino dentro de árboles inmensos, con ventanas redondas que brillaban con luz ámbar. Había faroles flotando en el aire sin cables, y el "río" que cruzaba el pueblo tenía el agua color violeta brillante.

-Órale... -se me escapó-. Esto sí está muy Lord of the Rings para mi gusto.

Entramos por la calle principal. La gente... bueno, "gente" es un decir.

Lo primero que vi fue a un tipo bajito, de un metro cuarenta, con una barba que le llegaba al ombligo y brazos como troncos, cargando un barril enorme.

Descripción gráfica: parecía un motociclista enano y furioso.

Me miró, escupió al suelo un gargajo verde y siguió caminando.

-Cierra la boca, Alejandro -susurró Kaia, acercándose a mí. Su hombro rozó el mío y sentí una corriente eléctrica, o tal vez fue el miedo-. Aquí no les gustan los forasteros que miran mucho. Actúa normal.

-¿Normal? -chillé en susurro-. ¡Hay una señora azul vendiendo manzanas! ¡Azul, Kaia! ¡Como pitufo!

-Es una Elfa Lunar, idiota. Y no la señales.

Llegamos a una posada llamada "El Tarro Roto". El letrero tenía un dibujo de una jarra partida a la mitad. Sutil.

Entramos. El olor me golpeó como cachetada de tía enojada: olía a sudor rancio, a cerveza caliente, a madera vieja y a algo dulce, como canela quemada.

El lugar estaba lleno. Nos sentamos en una mesa del rincón. Ringo se escondió en mi mochila, asomando solo los ojos.

-Pide comida, tengo hambre -susurró el mono desde mi espalda.

Se acercó una mesera. Y cuando digo mesera, me refiero a una mujer de dos metros de altura, con piel de color corteza de árbol y hojas reales creciendo en su cabello. Tenía una expresión de "odio mi trabajo" que reconocí inmediatamente; era la misma cara que ponía la cajera del Oxxo a las 3 de la mañana.

-¿Qué van a querer? -preguntó con voz rasposa, sin mirarnos.

-Dos estofados y dos cervezas de raíz -pidió Kaia, poniendo unas monedas de plata sobre la mesa.

La mujer árbol se fue. Yo seguía mirando todo con ojos de plato.

En la barra, había un grupo de... cosas.

-Oye -le di un codazo suave a Kaia y señalé discretamente con la cabeza-. ¿Qué son esos?

Había tres tipos sentados. Eran altos, delgados, increíblemente pálidos y tenían las orejas puntiagudas. Vestían ropas de seda que se veían carísimas y tenían esa actitud de superioridad moral que solo ves en los veganos extremos o en los artistas conceptuales de la Roma.

-Son Elfos Altos -dijo Kaia con desdén, limpiando su cuchillo con una servilleta de tela-. Nobles. Creen que el mundo les debe pleitesía porque viven quinientos años. No los mires a los ojos, se ofenden.

-Quinientos años... -negué con la cabeza-. Y yo que me siento viejo a los veintiocho.

De repente, algo zumbó cerca de mi oreja. Sonaba como un mosquito gigante.

-¡Quítate! -manoteé al aire.

-¡Oye, cuidado con las alas, animal! -chilló una vocecita aguda.

Me congelé. Flotando frente a mi nariz había una mujer diminuta, del tamaño de mi dedo índice. Tenía alas transparentes que aleteaban tan rápido que eran borrosas. Llevaba un vestido hecho de pétalos, pero su cara... su cara no era de cuento de hadas. Tenía ojeras marcadas, un cigarro diminuto en la boca y sostenía un vaso del tamaño de un dedal que olía a alcohol puro.

-¿Un... un hada? -pregunté, bizqueando para verla mejor.

-Sí, soy un hada. ¿Qué esperabas? ¿Polvo brillante y milagros? -El hada eructó una nubecita de humo rosa-. Dame una moneda, gigante, o te lleno la nariz de polen pica-pica.

-A chingao... -me hice para atrás-. ¿Las hadas te asaltan aquí?

Kaia soltó una risa corta, un sonido seco pero que, por primera vez, sonó genuino.

-Trixie, déjalo en paz. Es nuevo. Viene de un lugar donde no tienen hadas borrachas.

El hada, Trixie, me miró de arriba abajo con desprecio, le dio una calada a su cigarro y voló hacia Kaia.

-Vaya, vaya. La "Rompehuesos" ha vuelto. Y traes mascota nueva. Se ve... suave.

-Es suave -confirmó Kaia, mirándome. Sus ojos ámbar se clavaron en los míos y, por un segundo, la tensión cambió. Ya no era solo "te quiero matar", era un "te estoy evaluando". Me sentí como un pedazo de carne en el mercado, pero extrañamente, no me molestó tanto como debería.

-Oigan, sigo aquí -dije, sintiéndome ruborizar-. Y no soy suave. Soy... flexible. Adaptable.

-Eres pura masa cruda, jefe -intervino Ringo desde la mochila-. Masa aguada sin hornear.

La comida llegó. El estofado era de un color marrón sospechoso y tenía trozos de carne que preferí no identificar, pero sabía a gloria.

Mientras comía, un grupo de los Elfos Altos de la barra se levantó. Uno de ellos, un tipo con cabello rubio platino tan perfecto que parecía peluca, se acercó a nuestra mesa. Olía a lavanda cara y a prepotencia.

Miró a Kaia con una sonrisa burlona que mostraba dientes demasiado blancos.

-Pero si es la traidora -dijo el elfo, arrastrando las palabras-. Kaia Valerius. Pensé que estabas comiendo gusanos en el bosque. ¿Quién es tu amigo? ¿Otro desertor sucio?

Kaia se tensó. Su mano fue directo a la empuñadura de su espada bajo la mesa.

Vi el gesto. Vi la vena de su cuello saltar.

Y no sé qué me pasó. Tal vez fue el aire del pueblo mágico, tal vez fue que el elfo me recordó demasiado al "primo" de Diana con su actitud de "soy mejor que tú", o tal vez solo soy estúpido.

Me levanté.

-Oye, "Ricitos de Oro" -dije, usando mi mejor tono de chilango envalentonado (ese que usas cuando el viene-viene te quiere cobrar 50 pesos)-. Aquí estamos comiendo. Así que, ¿por qué no agarras tu olor a perfume de abuelita y le llegas a la verga?

El silencio en la taberna fue absoluto. Se detuvo la música. El hada dejó de fumar. Ringo se tapó los ojos con las manos.

El elfo me miró, parpadeando lentamente, como si no pudiera creer que un humano con tenis sucios le acabara de hablar así.

Kaia me miró con los ojos abiertos como platos.

-Alejandro... -susurró, y juro que en su voz había una mezcla de horror y... ¿admiración?

-¿Qué dijiste, humano? -preguntó el elfo, y su voz bajó de temperatura unos veinte grados.

-Dije que le llegues -repetí, sintiendo que las piernas me temblaban, pero sosteniendo la mirada-. A menos que quieras averiguar si tus orejas puntiagudas son aerodinámicas.

-Ya valió todo -dijo Ringo desde la mochila-. Fue un gusto, masa aguada.

El elfo sonrió, y no fue una sonrisa bonita.

-Creo que vamos a divertirnos -dijo, y chasqueó los dedos. Sus dos amigos se levantaron.

Tragué saliva.

-Kaia... -dije sin voltear-. Si salimos de esta... ¿me prestas tu espada? Porque creo que mis llaves de la casa no van a servir de mucho.

Kaia se levantó despacio, desenvainando su arma con un sonido metálico que cantó en el silencio. Se puso a mi lado, hombro con hombro.

-No te voy a prestar mi espada, Narvarte -dijo, y por primera vez, me regaló una media sonrisa, una de verdad, salvaje y peligrosa-. Pero te dejaré golpear al de la izquierda.

-Trato hecho -dije, levantando los puños como me enseñó Ringo-. ¡Dale!

Y así, en una taberna llena de hadas alcohólicas y hombres árbol, me preparé para mi primera pelea de cantina mágica.

Lo único que pensaba era: "Ojalá esto lo estuviera viendo Diana. El refrigerador humano jamás se pelearía con un Legolas pirata por ella".

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