Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
NovelToon tiene autorización de Fer. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte 5
Grace
Extraño. Demasiado extraño. Pero no podía negarme a esa oferta. Quería descansar, aunque fuera solo unos segundos.
Así fue como Noah terminó ayudándome a secar el cabello. Sin darme cuenta, mis ojos comenzaron a cerrarse lentamente. Las caricias mientras deslizaba sus dedos entre mi pelo, el cuidado con el que me organizaba los mechones, ese roce leve y casi hipnótico... todo provocaba un cosquilleo que se sentía entre lo dulce y lo tierno.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz suave.
Asentí sin abrir los ojos, y él continuó. Yo no podía evitar sentirme completamente serena, como si el mundo se hubiera detenido solo en ese instante, solo en esa sensación de paz.
—Normalmente, la gente omite este intro —interrumpió Emma desde la cocina. Seguía en pijama mientras abría un yogurt y servía cereales. Le hice una señal, mi versión de la batiseñal, para que me trajera también.
Se acercó con dos recipientes, se sentó conmigo en el suelo y encendió el televisor, como si esa escena fuera lo más normal del mundo.
—¿No quieres que pare? —escuché de nuevo la voz de Noah, acariciándome el oído como lo hacían sus manos con mi cabello.
Negué con la cabeza, apenas con un leve movimiento. Él rió bajito, y luego siguió, tratándome con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos por completo.
Y quedarme ahí.
Solo... ahí.
Al final, ese día salimos a comer algo, solo él y yo. Emma se negó rotundamente a salir; quería dormir un rato más, ya que la noche anterior habíamos llegado demasiado tarde.
—¿Hace cuánto se conocen ustedes dos? —me preguntó mientras esperábamos el almuerzo.
—Unos cinco... o siete años, pero nos volvimos realmente amigas hace cuatro —respondí encogiéndome de hombros—. ¿Por?
—Es que son diferentes... pero, al mismo tiempo, iguales.
—Sí —solté una risa. Físicamente, éramos bastante altas, cada una con lo suyo, y teníamos la misma carrera. La diferencia estaba en que Emma había conseguido un excelente empleo donde hizo sus prácticas. En cambio yo... bueno, yo tenía salud, y con eso me daba por satisfecha.
—¿Ella está trabajando? —preguntó, curioso.
—Sipí. Este fin de semana todavía lo tiene libre; ya el próximo tendrá que responder, aunque sea de forma virtual.
—Qué genial tu carrera.
—La tuya salva vidas; la nuestra simplemente crea —me encogí de hombros. La ilustración, comparada con la medicina, era como un bebé dando sus primeros pasos.
Así seguimos, hablando de nuestro pasado, pero también de nuestro presente y de lo que soñábamos para el futuro.
—¿No has encontrado a alguien aún? —pregunté directamente, justo cuando ya estábamos por terminar de comer.
—No. No creo poder darle todavía la vida que merece mi futura mujer. Tengo mucho trabajo por delante... y lo sabes.
—Sí. ¿Cómo vas con esa especialización? ¿Era lo que esperabas?
—Nunca es lo que parece, pero ya sabes la pasión que tengo por la cardiología.
—Lo sé. Pero también sé que te gusta más tratar con las pacientes y salvarlas... No lo ves como una carnicería.
—Obviamente. No quiero deshumanizar lo que hago, pero llega un punto en el que entiendes que no puedes ser Dios. No decides a quién salvar y a quién no... simplemente, sucede.
Guardamos silencio mientras terminábamos de comer. Cuando llegó el momento del postre, yo no pensaba pedir nada; me daba vergüenza que él pagara todo. Pero Noah ni siquiera me preguntó: simplemente pidió uno de fresas. Me quedé sorprendida... ¿desde cuándo recordaba mi amor por los postres y las fresas?
No dijimos nada más. Yo acepté porque, sí, la comida me hacía feliz, y él simplemente me observó. Cuando le ofrecí desde mi cuchara, la aceptó... no con su propia mano, sino desde la mía. Sentí un leve cosquilleo que preferí guardar para mí.
—¿Quieres conocer el campo? —preguntó de pronto—. Quiero ir al pueblo, así que dile a tu amiga si se anima.
Asentí, incapaz de ocultar la emoción.
La pasión pasiva de Noah era el campo. Tenía un terreno con sus propias vacas y, recientemente, había añadido caballos. Todo era herencia del amor que su abuelo había sembrado en él. Su padre, siendo médico, nunca quiso dedicarse a eso; en cambio, Noah decidió abrazar ambas cosas.
Esa misma tarde partimos hacia su pueblo. El bochorno era insoportable, y yo siempre había sido mala para lidiar con el calor, pero no quería decir que no. Estaba viviendo una experiencia... y no pensaba dejar pasar nada.
—¿Estás bien? —me preguntó. Estábamos a pocos kilómetros de llegar, pero habían decidido hacer una parada porque me sentía un poco mareada. Lo miré y asentí, volviendo a apoyar mi cabeza sobre mis brazos, buscando un poco de alivio.
Noah se había bajado para comprar algo que me ayudara con el calor y el mareo: primero, una pastilla para el dolor de cabeza; luego, una botella de agua fría. Mientras tanto, Emma parecía encantada con todo, como si el clima no le afectara en lo más mínimo. Claro, ella estaba acostumbrada: había vivido un buen tiempo en el pueblo de sus padres —también de clima caliente— antes de mudarse a la ciudad para estudiar.
—Estoy bien, no te preocupes —le dije con una sonrisa suave, respirando hondo. Aun así, su expresión seguía cargada de preocupación. Acercó su mano con delicadeza y comenzó a acariciar mi cabeza, luego mis mejillas, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba bien. De reojo, vi a Emma abrir los ojos exageradamente, como si estuviera presenciando algo prohibido, para luego darse la vuelta y dejarnos ese pequeño momento en paz.
—Me preocupas —sus palabras fueron una punzada directa en mi pecho.
—No lo hagas —respondí, mirándolo fijamente. Su ceño se frunció, confundido.
—Me confundes... —mi voz bajó, cargada de un peso que no quería soltar—. No quiero confundirme. No quiero confundirme con tus tratos.
Fui apartando su mano lentamente. Y en ese gesto, obtuve mi respuesta: no éramos nada... y no lo seríamos. Ni hoy, ni mañana.
Sin más, volvimos al carro y retomamos el camino hacia el pueblo.
Llegamos cuando el sol ya comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados. No pude evitar sacar mi teléfono y tomar una foto. Era hermoso, como si el día quisiera despedirse con su mejor cara. Después, lo guardé y me uní a Noah para saludar a su familia, quienes nos recibieron con una calidez que me hizo sentir parte de algo... aunque no supiera muy bien de qué.