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Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.

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Capítulo 05

Emara y Kellan deciden trabajar juntos.

El aire del amanecer no trajo consuelo a Emara. Mientras se alejaba del Gran Salón, sentía que cada centímetro de su piel ardía. El vínculo con Kellan, ese pacto sellado en la penumbra del bosque, no era una simple promesa; era una presencia física, una cuerda invisible que tiraba de sus entrañas hacia el norte, hacia el refugio oculto bajo el Gran Roble.

Caminó por las calles de la aldea, evitando las miradas inquisitivas de las mujeres que comenzaban sus tareas diarias. Vio a Ágata Bono cargando cubos de agua y a la joven Aída Amador barriendo el umbral de su casa. Parecían sombras de una vida que ya no le pertenecía. ¿Cómo podía explicarles que el enemigo al que temían estaba atado a su propia alma?

Sin detenerse a recoger provisiones —el riesgo de ser interrogada por su padre era demasiado alto—, Emara se escabulló por la parte trasera de las caballerizas. Una vez fuera de la vista de las torres de vigilancia, echó a correr. No se transformó, aunque su lobo interno rascaba las paredes de su conciencia pidiendo libertad. Necesitaba mantener su mente humana, su juicio claro.

Llegó al claro del sauce llorón jadeando. El resplandor violeta de la grieta se había atenuado, pero el aire a su alrededor seguía distorsionado, como el vapor que sube del asfalto caliente. Kellan estaba donde lo había dejado, pero ya no estaba desplomado. Estaba sentado, con la espalda recta y una de sus dagas de obsidiana en la mano, afilándola contra una piedra rúnica.

Al verla llegar, la tensión en sus hombros no disminuyó, pero sus ojos azules se suavizaron apenas una fracción.

—Has vuelto —dijo él. Su voz era menos ronca, pero igual de inquietante—. Pensé que el discurso de tus ancianos te habría convencido de que soy el monstruo que debías sacrificar.

—Lo eres —respondió Emara, deteniéndose a unos metros de él—. O al menos, lo eres para ellos. Acaban de declarar que la profecía del Eclipse de Sangre ha comenzado. Dicen que hay un demonio con la "Llave del Abismo" y un "Ancla" entre nosotros que lo ayudará.

Kellan dejó de afilar su daga. El sonido metálico cesó, dejando un silencio sepulcral en el bosque.

—Así que lo saben. Los viejos lobos siempre han tenido buen olfato para el fin del mundo.

—Saben que estás aquí, Kellan. Sergio Alfaro está organizando partidas de caza. Mi padre, Tibor, no descansará hasta que tu cabeza esté en la puerta de la aldea. Y mi hermano... —la voz de Emara flaqueó—. Mi hermano Martín es el mejor rastreador que tenemos. Si no nos movemos ahora, nos encontrarán antes del mediodía.

Kellan se puso de pie con un esfuerzo evidente. Su herida seguía manchando su túnica oscura, pero el sangrado se había detenido, sustituido por una costra de energía negra.

—¿"Nos" encontrarán? —repitó él, con una ceja arqueada—. ¿Has decidido entonces unir tu suerte a la mía, loba? No hay vuelta atrás. Una vez que ayudes a un Príncipe del Abismo, serás una paria para siempre. Perderás tu clan, tu familia... tu nombre.

Emara sintió un nudo en la garganta. Pensó en las cenas ruidosas en casa de los Alarcón, en las historias de su padre, en el olor a pan recién horneado de su tía Emilia. Pero luego recordó la sensación de aquel beso, la revelación de que su propia naturaleza no encajaba en los moldes de su pueblo.

—Ya me siento una paria, Kellan —dijo ella con una determinación que la sorprendió—. Lo que sentí anoche, ese vínculo... no fue un error. Si la profecía dice que soy el Ancla, entonces soy la única que puede evitar que este mundo se convierta en cenizas. Pero no puedo hacerlo sola. Tú conoces el Abismo. Tú sabes cómo cerrar esa grieta.

Kellan se acercó a ella. Su altura era imponente, y el aura de poder que emanaba era casi sofocante. Extendió su mano, no para tocarla, sino para señalar la fisura en el aire.

—Esa grieta no es solo un portal —explicó él—. Es una herida en la realidad. Mi padre, el Rey de las Sombras, la abrió usando una parte de mi propia esencia. Para cerrarla, necesitamos llegar al corazón del Bosque Susurrante, donde se encuentra el Altar de los Eones. Solo allí, combinando la luz de tu linaje y la oscuridad del mío, podemos sellar el desgarro. Pero el camino está plagado de trampas, tanto de mi mundo como del tuyo.

—Entonces trabajaremos juntos —afirmó Emara, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos—. No por amor, ni por lealtad, sino por supervivencia. Tú quieres tu libertad y yo quiero salvar mi hogar. Es un trato justo.

Kellan la estudió durante lo que pareció una eternidad. Sus pupilas verticales vibraron, y por un momento, Emara creyó ver una chispa de admiración en ese mar de hielo azul.

—Acepto el trato, Emara Alarcón —dijo él, y esta vez, su mano buscó la de ella. Al entrelazar sus dedos, una oleada de calor y frío recorrió sus cuerpos—. Pero debes saber algo: mi presencia aquí actúa como un faro. No solo para tus cazadores, sino para los segadores de mi padre. El tiempo no es nuestro aliado.

Justo cuando Emara iba a preguntar qué eran esos "segadores", un sonido lejano la hizo congelarse. Era el ladrido rítmico de los perros de caza de la aldea, mezclado con el toque de un cuerno de guerra. El sonido de los Alfaro.

—Ya están aquí —susurró Emara, sintiendo que el pánico intentaba apoderarse de ella.

—Entonces es hora de ver qué tan rápido puede correr una loba cuando el destino le pisa los talones —dijo Kellan, recuperando su espada corta.

Corrieron. No hacia la aldea, sino hacia las profundidades del bosque, donde los árboles eran tan antiguos que habían olvidado el nombre del sol. Emara guiaba el camino, usando su conocimiento del terreno, mientras Kellan se movía tras ella como una sombra líquida, dejando tras de sí un rastro de niebla que ocultaba sus huellas.

Sin embargo, los cazadores del clan Alarcón no eran hombres comunes. Eran guerreros que compartían el alma del lobo. Sergio Alfaro, liderando la partida, podía oler el miedo en el aire, y Martín Alarcón podía leer el movimiento de una hoja desplazada a kilómetros de distancia.

Después de una hora de carrera frenética, llegaron a un desfiladero rocoso. Las paredes de piedra se alzaban a ambos lados, estrechando el camino. Era una trampa perfecta.

—¡Detente! —la voz de Sergio Alfaro resonó como un trueno, amplificada por las paredes del desfiladero.

Emara y Kellan se detuvieron en seco. Frente a ellos, bloqueando la salida, estaban seis guerreros. Sergio estaba en el centro, con su ballesta cargada. A su lado, Martín sostenía su hacha, pero su expresión no era de odio, sino de una devastadora incredulidad.

—¿Emara? —preguntó Martín, su voz quebrada—. ¿Qué estás haciendo con esa cosa? Apártate de él ahora mismo.

Emara se colocó frente a Kellan, extendiendo los brazos. Sus ojos ya no eran humanos; el ámbar intenso del lobo brillaba con una furia protectora.

—No lo haré, Martín. No entendéis lo que está pasando.

—Lo que vemos es a la hija del líder del clan protegiendo a un demonio —rugió Sergio, tensando el gatillo de su ballesta—. Apártate, Emara, o el honor de tu apellido no te salvará de las flechas.

Kellan dio un paso al frente, colocando una mano en el hombro de Emara. Su tacto fue un ancla en medio de la tormenta emocional.

—Déjalos, Emara. No entenderán razones.

—¡Cállate, monstruo! —gritó Arturo Alcalá, uno de los cazadores más jóvenes, lanzando una lanza que pasó rozando la mejilla de Kellan.

La batalla era inevitable. El pacto entre la loba y el demonio estaba a punto de ser bautizado con la sangre de aquellos a quienes ella más amaba.

Se enfrentan a un grupo de cazadores.

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