Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
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Capítulo 5: La fortaleza
El humo de la batalla aún flotaba en el aire cuando las esferas blancas rodearon a las hermanas. Los soldados con trajes impecables apuntaban sin dudar. Dikeet se mantuvo en guardia, con los músculos tensos, el lomo erizado, los dientes al descubierto.
Una joven de cabello corto rojo oscuro, con una chaqueta blanca decorada con detalles plateados, se adelantó entre los soldados. Su rostro era serio, casi imperturbable.
—Mi nombre es Rubí, y vengo en nombre de Kurtehn. Aunque... los amigos le dicen Rubén.
Su voz era firme, pero no hostil. Dikeet frunció el ceño.
—¿Quién demonios es ese?
—Él quiere hablar con ustedes —respondió Rubí sin alterar el tono—. No como prisioneras. Como invitadas.
Antes de que Dikeet pudiera protestar, varios drones descendieron y las escanearon. Rubí alzó una mano, y todos los soldados bajaron sus armas al instante. Con movimientos sincronizados, desplegaron una plataforma circular flotante que emitía un leve zumbido.
—Vamos. No tenemos tiempo que perder.
Lía, aún con su energía drenada, asintió con suavidad. Dikeet dudó, pero al ver los ojos de su hermana, decidió no resistirse. La plataforma se elevó y, en cuestión de minutos, las llevó hasta el cielo, más allá de las nubes.
Lo que apareció ante ellas era sobrecogedor.
Una isla flotante mecánica, sostenida por inmensas turbinas giratorias bajo su base. Torres armadas, domos metálicos, pasarelas de vidrio reforzado y estructuras de investigación se alzaban en todas direcciones. Una mezcla de ciencia, fortaleza y vigilancia.
Era una fortaleza suspendida en el aire.
Al aterrizar, una figura alta, con un abrigo largo negro y una sonrisa cálida, las esperaba con los brazos abiertos.
—¡Bienvenidas! Soy Kurtehn, pero llámenme Rubén. Qué gusto conocerlas por fin —dijo con una voz agradable y enérgica.
Dikeet ladeó la cabeza. Ese hombre irradiaba algo extraño: no miedo, no amenaza, pero sí un poder silencioso. Y, por alguna razón, calidez.
—¿Tú eres el jefe? —preguntó con desconfianza.
—Más o menos —respondió con una risa corta—. Digamos que soy quien mantiene todo esto funcionando.
Rubí cruzó los brazos detrás de él, visiblemente menos entusiasmada.
—No deberíamos haberlas traído tan pronto. Aún son inestables —dijo sin mirarlas directamente.
—Ya hablaremos de eso luego, Rubí. Por ahora, un tour.
Rubén las guió por pasillos brillantes, plataformas suspendidas, laboratorios sellados con puertas de seguridad, hangares con naves y arsenales de tecnología que parecían sacados de otro siglo.
—Esta es la C.D.A., la Caza de Anomalías. Nuestra tarea es proteger a la humanidad, tanto en la Tierra como fuera de ella, de amenazas que escapan a su comprensión. BioKal Industries es una de esas amenazas.
Mencionarlas bastó para que Dikeet apretara los dientes. Un recuerdo la invadió sin permiso:
una bolsa negra sobre su cabeza, voces mecánicas, un camión alejándose entre el polvo mientras su cuerpo aún ardía por dentro.
Frunció el ceño con una mueca amarga.
Rubén, que la observaba de reojo, se acercó sin decir nada y con una mano suave le acarició la cabeza entre las orejas.
El gesto fue tan repentino, tan genuino, que Dikeet se quedó inmóvil. Sus orejas, sin querer, se alzaron ligeramente.
Lía, a su lado, abrió los ojos como platos.
—¿Qué fue eso...? —susurró para sí.
Dikeet, al notar su reacción, apartó a Rubén con un leve empujón y fingió toser.
—No... no hagas eso. Toca raro.
Rubén rió.
—Anotado.
Lo llevaron a una sala de reunión con una gran mesa de cristal y pantallas flotantes. Al centro, se proyectó una imagen del pueblo que habían salvado: Buena Suerte, reducido a escombros.
—Nos encargamos de los sobrevivientes y cubrimos el incidente. Pero esa fue solo una alerta temprana —explicó Rubén—. Algo más peligroso se acerca.
Un holograma se encendió frente a ellas. Era una imagen inquietante: una mujer lobo con cicatrices, armadura de guerra y ojos que parecían brillar como lunas sangrientas.
—Esta... es conocida como la Depredadora de Caza. Fue una de las armas más letales de BioKal Industries, utilizada en guerras encubiertas. Pero volvió a las andadas. Ahora, está buscando las Tres Llaves del Silencio, que abren una bóveda antigua con un artefacto de poder incalculable.
—¿Por qué no lo destruyeron? —preguntó Lía.
Rubí, aún recargada en una columna, contestó:
—Intentamos. La última vez que alguien lo hizo... provocó un terremoto tan grande que murieron... Muchas personas. Actualmente Está sellado, pero no puede ser dañado fácilmente.
Rubén continuó:
—La Depredadora ya tiene una llave. Necesitamos detenerla antes de que consiga las otras dos.
Una segunda imagen apareció en el aire. Era borrosa, casi imperceptible, pero claramente mostraba a alguien más a su lado: una figura pequeña, invisible para el ojo común, caminando junto a la loba.
—Kambrio —susurró Dikeet con los ojos entrecerrados—. La conozco. Era una de las experimentales, como yo.
—Entonces entienden la gravedad del asunto. No podemos detenerlas con nuestras fuerzas actuales. Por eso las necesito a ustedes. Solo alguien como ustedes puede rastrear y derrotar a quienes conocen ese mundo.
Dikeet no respondió. Se cruzó de brazos, su mirada se desvió. Dudaba. No confiaba del todo.
Pero Lía, sin dudar un instante, dio un paso al frente.
—Aceptamos.
—¿Qué? —Dikeet la miró, sorprendida.
—Esta es la oportunidad perfecta para que mi hermana brille. Para que todos vean la heroína que es —dijo Lía con orgullo, sus ojos brillando.
Dikeet la miró con desconcierto. Por un segundo, su expresión se suavizó. Luego volvió a su postura altiva, aunque no dijo nada más.
Rubén sonrió.
—Bien. Prepárense. Su misión comienza lo más pronto posible.