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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5

El entrenamiento no empezó con libros, sino con el frío del metal. A las seis de la mañana, Killian sacó a Lilian de la cama y la llevó a un campo de tiro privado oculto tras la arboleda de la mansión. El rocío de la mañana empapaba sus botas, pero a él no parecía importarle.

Sobre una mesa de madera rústica, descansaba una pistola negra, pesada y letal.

—El miedo es una reacción biológica —dijo Killian, cargando el arma con una eficiencia mecánica que ponía los pelos de punta—. Pero la indecisión es una elección. En mi mundo, si dudas un segundo, terminas en una zanja.

Lilian miró el arma. Sus manos, que hasta hace dos días solo cargaban libros de derecho, temblaron ligeramente.

—No sé si puedo hacer esto —susurró ella, el aire frío escapando de sus labios como una pequeña nube.

Killian se colocó detrás de ella. No hubo espacio entre sus cuerpos. Su pecho firme presionó la espalda de Lilian y sus manos, grandes y callosas, envolvieron las de ella para obligarla a tomar el arma. El contacto físico fue como una descarga eléctrica; una mezcla de seguridad aterradora y una intimidad que no debería existir entre un captor y su prisionera.

—No te pregunté si podías. Te estoy diciendo que lo harás —su voz vibró contra el oído de Lilian—. Tu padre usa las leyes para destruir vidas. Yo uso esto. Es más honesto. Apunta al centro.

Él la guio mientras ella levantaba el brazo. El arma pesaba más de lo que imaginaba.

—Siente el peso —continuó Killian, su aliento rozando su mejilla—. Este metal es lo único que separa tu vida de la de alguien que quiere quitártela. Olvida quién eras. La chica que iba a misa los domingos no sobrevive aquí.

Lilian cerró un ojo, tratando de enfocar la silueta de cartón a unos metros de distancia. Su corazón golpeaba sus costillas, pero la presencia de Killian detrás de ella, como una sombra protectora y dominante, la obligaba a mantenerse firme.

—Dispara —ordenó él.

Ella apretó el gatillo. El estruendo la ensordeció y el retroceso casi le disloca la muñeca. La bala se perdió en el bosque, lejos del objetivo. Lilian soltó un jadeo, abrumada por la violencia del acto.

—Otra vez —dijo Killian sin soltarla—. No cierres los ojos. El mundo no desaparece porque dejes de verlo. Mira al frente.

Disparó una, dos, tres veces. El olor a pólvora quemada se mezcló con el aroma a madera y colonia de Killian. Para la quinta bala, Lilian ya no saltaba con el ruido. Algo dentro de ella estaba cambiando. La descarga de adrenalina empezaba a sustituir al miedo. El poder de tener la muerte en sus manos era embriagador.

—Bien —murmuró Killian, soltándola finalmente. Se alejó unos pasos, observándola con una mirada evaluadora—. Tienes instinto. La mayoría de las personas se echan a llorar después del primer disparo. Tú solo tienes rabia. Eso es útil.

Lilian bajó el arma, con los oídos pitando. Se giró para mirarlo.

—¿Esto es lo que haces? ¿Entrenas a tus víctimas antes de romperlas?

Killian se acercó de nuevo, esta vez quitándole el arma con un movimiento rápido y seguro. La atrapó por la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos de acero buscaban algo en los de ella, una grieta, una señal de que todavía quedaba algo de la niña de papá.

—Tú dejaste de ser una víctima cuando aceptaste esa moneda anoche, Lilian. Ahora eres una inversión. Tu padre cree que te tiene bajo control porque te borró de su vida. Mi plan es devolverte a su mundo, pero convertida en algo que él no pueda manejar.

—¿Y qué gano yo con esto? —preguntó ella, desafiante—. ¿Ser tu marioneta en lugar de la suya?

Killian soltó una risa ronca que no llegó a sus ojos.

—Tú ganas la verdad. Y la oportunidad de ver cómo su imperio se desmorona mientras tú sostienes la antorcha. Pero para eso, necesito saber que no te quebrarás cuando las cosas se pongan feas.

En ese momento, un hombre vestido de negro se acercó corriendo desde la mansión. Parecía nervioso. Se detuvo a unos metros y bajó la cabeza ante Killian.

—Señor, tenemos un problema en el muelle. Los hombres del Juez están haciendo preguntas donde no deben. Han retenido uno de los cargamentos.

Killian tensó la mandíbula. La atmósfera cambió en un segundo. La calma controlada desapareció, dejando paso a una furia fría y letal.

—Parece que tu padre tiene más agallas de las que pensé —dijo Killian, volviéndose hacia Lilian—. O quizás simplemente está tratando de limpiar los cabos sueltos antes de que yo hable.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, sintiendo que el peligro real acababa de subir de nivel.

Killian guardó el arma en su cintura y la miró con una sonrisa que la hizo temblar.

—Voy a dar una lección. Y tú vienes conmigo. Es hora de que veas cómo se ve la justicia de la que tu padre tanto habla cuando se ensucia las manos.

—No estoy lista —dijo Lilian, retrocediendo un paso.

—Nunca se está lista para ver la sangre, princesa. Pero vas a aprender hoy que el mundo no se divide en buenos y malos. Se divide en los que tienen el poder y los que mueren esperando que alguien los salve.

Él la tomó del brazo, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien no acepta un no por respuesta. La condujo hacia uno de los vehículos blindados que esperaban en la entrada. Lilian subió al asiento del copiloto, sintiendo que el aire de la mañana ya no era fresco, sino pesado, cargado con la promesa de una violencia inminente.

Mientras el motor rugía y se alejaban de la seguridad de la mansión, Lilian miró sus manos. Todavía olían a pólvora. Se dio cuenta de que no quería lavárselas. La transformación había comenzado, y mientras miraba el perfil duro de Killian al volante, supo que ya no había vuelta atrás. La jaula de cristal se había roto para siempre, y lo que estaba emergiendo de entre los pedazos era alguien que ella misma empezaba a no reconocer.

Y lo peor de todo, es que no le importaba.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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