La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 04
Tarkas, el que fuera el instructor de combate de Helios y el capitán de la guardia secreta de su padre, levantó por fin la vista. Sus ojos, antes llenos de disciplina, ahora estaban inyectados en sangre por el alcohol y la amargura.
—Tu padre está muerto, Helios. Tu casa es un nido de ratas. ¿Para qué has vuelto? ¿Para que te corten la cabeza y la pongan en una pica junto a las demás?
—He vuelto por mi corona. Y necesito entrar al palacio hoy mismo —Helios se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Kaelen me ha cerrado la puerta principal. El bastardo tiene miedo, pero es fiel a quien le paga.
Tarkas soltó un gruñido.
—Kaelen siempre fue un rastrero. Pero el palacio es una fortaleza ahora. Han sellado las entradas menores y han puesto magia de detección en los muros. Ni siquiera un gato podría entrar sin que el Canciller lo supiera.
—Sabes que eso no es cierto —dijo Helios, clavando su mirada ámbar en la del veterano—. Existe el Pasaje de la Aurora. El que los primeros Voran construyeron antes de que el mármol se pusiera de moda. El que conecta las catacumbas de la familia con el sótano de la biblioteca.
Tarkas se tensó. El aire en la mesa se volvió gélido por un momento.
—Ese pasaje está maldito, Helios. Se dice que los fantasmas de los reyes locos vagan por allí. Además, la entrada fue tapiada hace un siglo.
—No está tapiada. Mi padre me llevó allí cuando cumplí diez años. Me dijo que un rey siempre debe tener una salida... o una entrada que nadie espere. Tú tenías la llave del mecanismo, Tarkas. La llave que se hereda de capitán a capitán.
El veterano guardó silencio durante un largo rato. Sus dedos tamborileaban sobre la madera de la mesa. La lealtad que creía haber enterrado bajo capas de cinismo y vino empezaba a supurar.
—Si te ayudo, me condenaré a muerte —susurró Tarkas.
—Si me ayudas, volverás a llevar una armadura de verdad —replicó Helios—. Volverás a tener un propósito. Y cuando yo me siente en ese trono, te encargarás de que hombres como Kaelen terminen donde pertenecen: en el fango.
Tarkas suspiró y metió la mano bajo su túnica mugrienta. Sacó un cordón de cuero del que colgaba una pieza de hierro en forma de sol naciente, desgastada por el tiempo pero aún imponente.
—La entrada está en el antiguo osario, bajo el Templo Caído de la zona norte —dijo Tarkas, entregándole la llave—. Pero ten cuidado, Helios. El mecanismo es viejo y el aire allí abajo es venenoso. Y hay algo más...
—¿Qué?
—El Canciller ha contratado a "buscadores". Hechiceros que rastrean firmas de sangre. Si usas tu fuego allí abajo, te encontrarán antes de que salgas a la superficie. Tendrás que moverte como una sombra, no como un incendio.
Helios tomó la llave. Sintió el frío metal contra su palma, un peso que se sentía extrañamente reconfortante.
—He aprendido a ser una sombra cuando es necesario, viejo amigo. Pero una vez que esté dentro... —Helios se levantó, y por un segundo, sus ojos brillaron con una intensidad tal que las llamas de las lámparas de la taberna se agitaron—. Una vez que esté dentro, Solis recordará por qué el sol es lo más peligroso del firmamento.
Tarkas lo observó marchar. Había algo diferente en Helios. No era solo la sed de venganza; era una oscuridad que no recordaba en el linaje Voran. Era como si el exilio hubiera tomado al príncipe y lo hubiera forjado de nuevo en un yunque de desesperación.
***
Helios se reunió con Caius cerca de las ruinas del templo norte. El lugar estaba desierto, excepto por los ratas y el viento que silbaba entre las columnas rotas.
—¿La tenemos? —preguntó Caius, señalando la llave.
—La tenemos. Pero iremos solos, Caius. El pasaje es estrecho y no quiero arriesgar a más hombres hasta que sepamos qué nos espera.
Se adentraron en las profundidades del osario. El aire se volvió pesado, con un olor rancio a tierra húmeda y olvido. Helios encendió una pequeña chispa en la punta de su dedo, la mínima expresión de su poder, lo justo para iluminar los escalones de piedra que descendían hacia las entrañas de la colina.
—¿Crees que ella estará allí? —preguntó Caius de repente.
Helios se detuvo. Sabía a quién se refería. Lady Mirea, la mujer que había visto desde la distancia y cuya presencia aún sentía como una picazón en la base del cráneo.
—Mirea es una cortesana, Caius. Su lealtad está con quien tiene el poder. Hoy es el Canciller. Mañana... —Helios sonrió en la oscuridad—. Mañana será quien yo decida. No confío en ella, pero su información es la llave que abrirá las gargantas de mis enemigos.
Llegaron a una pared de piedra que parecía un callejón sin salida. Helios buscó con los dedos hasta encontrar una hendidura con la forma exacta de la llave de Tarkas. Al insertarla, se oyó un crujido de engranajes oxidados que no se habían movido en décadas. La pared vibró y, con un gemido sordo, se deslizó hacia un lado, revelando un túnel que exhalaba un frío sepulcral.
—Bienvenido a casa, príncipe —murmuró Caius, con una mano en su daga.
Helios entró en el pasaje. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones antiguas que hablaban de la gloria del Sol, pero en la penumbra, las letras parecían advertencias. Sabía que cada paso lo alejaba del hombre que había sido en el exilio y lo acercaba al monstruo que tendría que ser para recuperar su trono.
El camino hacia la corona estaba sembrado de huesos, y él acababa de entrar en el corazón mismo del cementerio.