"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 1: El Umbral del Olimpo
El neón rosa del club parpadeaba con un zumbido eléctrico que parecía una advertencia. Bianca se detuvo frente a las pesadas puertas de madera tallada, sintiendo cómo el frío de la noche calaba sus huesos, o quizás era el miedo, ese que intentaba disimular apretando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo desgastado.
— No mires atrás —se susurró a sí misma.
Atrás solo quedaba una casa vacía de risas y llena de deudas, y tres pares de ojos infantiles que dependían de lo que ella hiciera en las próximas horas. Con un suspiro que fue más un rezo, empujó las puertas.
El aire adentro era distinto. Olía a tabaco caro, a perfumes que costaban más que el alquiler de un año y a una libertad peligrosa. Bianca caminó por el pasillo de terciopelo rojo, sintiéndose como una intrusa en un palacio de sombras. Al final, en una oficina que exhalaba poder, la esperaba "La Madame", una mujer de elegancia gélida llamada Elena.
— Tienes una belleza que duele, niña —dijo Elena, recorriendo el rostro de Bianca con una mirada clínica, como quien tasa un diamante bruto—. Pero aquí la belleza no sirve de nada si no tienes estómago. ¿Sabes a qué vienes?
— Vengo a trabajar. Mis hermanas tienen hambre y mi padre nos abandonó. No me importa el estómago, me importa el precio —respondió Bianca. Su voz no tembló, y eso hizo que Elena arqueara una ceja, intrigada.
— Bien. Hoy hay una fiesta privada. Solo observa y aprende. Si sobrevives a la primera noche, hablaremos de contratos.
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El Encuentro
Dos horas después, Bianca estaba de pie en un rincón del salón principal, enfundada en un vestido negro que Elena le había prestado. Se sentía desnuda, no por la tela, sino por las miradas de los hombres que circulaban como lobos en un redil.
Entonces, el ambiente cambió. Fue un cambio sutil pero absoluto, como cuando un depredador alfa entra en el territorio.
Don Andrés Urrieta cruzó el salón. No era el hombre más viejo, ni el más ruidoso, pero era el que proyectaba una sombra más larga. Su traje gris oscuro estaba impecable, y su rostro, de facciones duras y aristocráticas, no mostraba ni una pizca de calidez. Sus ojos grises barrieron el lugar con indiferencia, hasta que se detuvieron en ella.
Bianca sintió un escalofrío. No bajó la mirada; su orgullo, esa espina que empezaba a crecer, se lo impidió. Andrés se detuvo a pocos metros, ignorando a los socios que intentaban llamar su atención.
— ¿Quién es ella? —preguntó Andrés, sin dejar de mirarla. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Bianca.
— Una recién llegada, Don Andrés —respondió Elena, acercándose con una sonrisa servil—. Aún no tiene nombre de guerra.
Andrés caminó hacia Bianca. El espacio personal de la joven se redujo hasta que pudo oler su perfume: maderas nobles y algo frío, como el metal. Él levantó una mano y, con el dedo índice, rozó la línea de su mandíbula. El contacto fue eléctrico, una mezcla de repulsión y una extraña fascinación.
— Tiene ojos de cristal —murmuró Andrés, más para sí mismo que para los demás—. Cristales que aún no se han roto.
— No se van a romper —replicó Bianca, recuperando el aliento—. Se van a afilar.
Andrés sonrió por primera vez, una mueca carente de alegría que le dio un aspecto aún más peligroso.
— Me gusta el fuego que intentas esconder, pequeña. Elena, no quiero que nadie más se acerque a ella esta noche. Ni mañana. Ni nunca. Ponle el precio más alto que hayas cobrado jamás. Yo lo pagaré al doble.
— ¿Me está comprando? —preguntó Bianca, con la indignación quemándole la garganta.
Andrés se inclinó hacia su oído, su aliento rozando su piel delicada.
— Te estoy salvando de los demás, Bianca. Pero a cambio, tendrás que aprender que en mi mundo, lo que yo protejo, me pertenece. Mañana, un coche pasará por ti. Despídete de tu vida de niña. Mañana empiezas a pagar tu deuda.
Andrés se dio la vuelta y se marchó sin esperar respuesta, dejando a Bianca en medio del salón, rodeada de lujos que ahora sentía como los barrotes de una celda de oro. Se tocó la mejilla donde él la había rozado. Estaba fría. Tan fría como el destino que acababa de aceptar por amor a su familia.