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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: El Silencio de los Ceros y el Grito de la Madera

El miércoles amaneció con un silencio que no era el de la paz, sino el de la amputación. Ji-Hoon estaba en la oficina técnica del teatro, una pequeña habitación de techos altos y paredes descascaradas, cuando intentó acceder a la plataforma de gestión de fondos de la Fundación Kang.

Acceso denegado.

Probó de nuevo. Sus dedos, aún vendados, se movían con una rapidez nerviosa sobre el teclado.

Cuenta inexistente.

El Director Kang no había perdido el tiempo. No solo había cortado el flujo de dinero para los sensores de alta fidelidad y las vigas de refuerzo importadas; había borrado la existencia misma del proyecto de los registros de la corporación. El presupuesto de doscientos mil dólares, que era el oxígeno del Teatro de la Merced, se había evaporado en un clic desde una oficina con aire acondicionado en Seúl.

—Lo hizo —susurró Ji-Hoon, dejando caer la cabeza entre las manos—. Realmente lo hizo.

La puerta se abrió de golpe. Xiomara entró con una carpeta llena de facturas y una cara que reflejaba el mismo desastre.

—¡Ji-Hoon! Me acaban de llamar de la ferretería central. Dicen que el cheque de la madera de cedro rebotó. Y el camión con la cal está parado en la esquina porque el conductor dice que no le han depositado el flete. ¿Qué está pasando?

Ji-Hoon levantó la vista. Sus ojos, generalmente tan analíticos, estaban nublados por una mezcla de culpa y rabia.

—Mi padre ha retirado todo, Xiomara. No hay fondos. La fundación ya no existe legalmente en Nicaragua. Oficialmente, somos dos locos trabajando en una ruina sin un centavo en la bolsa.

El Peso del FracasoXiomara se quedó inmóvil. El impacto de la noticia la golpeó físicamente; se apoyó en el marco de la puerta y cerró los ojos. Para ella, el teatro no era un "proyecto de inversión cultural"; era la promesa que le había hecho a su abuelo y a la ciudad.

—Entonces... se acabó —dijo ella, su voz perdiendo esa chispa vibrante que la caracterizaba—. Sin ese dinero no podemos pagar a los obreros. No podemos comprar el sellador para el techo. En cuanto empiece la temporada de lluvias en mayo, lo que reparamos se va a pudrir.

Ji-Hoon se levantó y caminó hacia ella. Quería tocarla, pero se detuvo, sintiendo que su sola presencia era la causa de este desastre.

—Es mi culpa, Xiomara-ssi. Si yo no hubiera desafiado a mi padre de esa forma...

—¡Ni se te ocurra! —le gritó ella, abriendo los ojos con una furia repentina—. No te atrevás a decir que es tu culpa. Tu papá es un hombre pequeño con mucho dinero, eso es todo. Pero aquí en León, si nos dejamos vencer por un "no hay realitos", ya nos hubiéramos muerto de hambre hace décadas.

—¿Pero qué podemos hacer? —preguntó Ji-Hoon, extendiendo las manos hacia los planos vacíos—. Necesitamos al menos diez mil dólares inmediatos solo para asegurar la estructura antes de que lleguen las lluvias. No tengo ese dinero. Mis cuentas personales también están bloqueadas.

Xiomara se quedó pensativa, mirando hacia el patio central donde el sol golpeaba las baldosas. Una idea empezó a dibujarse en su rostro, una de esas ideas que nacen de la desesperación y el orgullo leonés.

—León es una ciudad de poetas, de aristócratas venidos a menos y de gente que ama su historia —dijo ella, enderezándose—. Mañana es la cena anual de la Cámara de Comercio en el Club Social. Van a estar todos: los dueños de los ingenios, los hoteleros, las familias de "apellido largo". Si no podemos conseguir el dinero en Seúl, lo vamos a conseguir aquí.

—¿Una colecta? —Ji-Hoon arrugó el ceño—. Xiomara, esa gente no invierte en cultura a menos que vean un beneficio político.

—No vamos a pedir limosna, ingeniero —sonrió ella con una malicia encantadora—. Vamos a darles un espectáculo que no puedan ignorar. Vamos a mostrarles lo que este teatro puede ser. Vas a preparar tus sensores y tus resonadores de ámbar. Vamos a hacer una prueba de sonido en vivo, ahí mismo, en medio de la cena. Vamos a hacer que la madera hable.

El Ensayo de las SombrasPasaron las siguientes veinticuatro horas en un frenesí de actividad. Ji-Hoon trabajó con lo que tenía a mano: cables viejos, micrófonos de repuesto y los resonadores de resina local que habían fabricado. Xiomara, por su parte, movió cielo y tierra para conseguir que el Club Social les permitiera "presentar el proyecto" durante el postre de la cena de gala.

—Necesitamos música —dijo Ji-Hoon mientras ajustaba un transductor a una vieja tabla de cedro—. Algo que resuene con la frecuencia de esta ciudad.

—Yo me encargo de eso —respondió Xiomara—. Mi primo toca el violín en la orquesta municipal. Y la Abuela Socorro dice que conoce a un viejo guitarrista que solía tocar aquí en los años cincuenta. Si logramos que el sonido sea... como vos decís, "humano", los vamos a convencer.

Ji-Hoon estaba exhausto, pero algo en él había cambiado. Ya no le importaba la perfección digital. Estaba buscando la "imperfección perfecta". Pasó la noche afinando los sensores para que captaran no solo las notas, sino el crujido de la madera, el suspiro del aire entre las vigas, el latido de León.

El Duelo en el Club SocialEl Club Social de León era un edificio neoclásico de techos altísimos y lámparas de cristal que parecían mirar con desdén a cualquiera que no tuviera una cuenta bancaria de seis cifras. La élite leonesa estaba allí: hombres con guayaberas de lino blanco y mujeres con vestidos de seda que olían a perfumes importados.

Ji-Hoon se sentía fuera de lugar. Vestía un traje oscuro que había rescatado de su maleta, pero sus manos, marcadas por la cal y el esfuerzo, no encajaban con la finura del entorno. Xiomara, por el contrario, estaba radiante. Llevaba un vestido sencillo de color obsidiana y unos aretes de filigrana de plata que habían pertenecido a su bisabuela.

—Ahí está el Ingeniero Kang —susurró una mujer detrás de un abanico—. Dicen que su padre lo desheredó por una muchacha de aquí.

—Pobre —respondió otro hombre, un empresario ganadero de cara rojiza—. Venir de Corea para terminar pidiendo limosna en una cena. Qué decadencia.

Ji-Hoon escuchó los comentarios, pero no bajó la cabeza. Miró a Xiomara, quien le guiñó un ojo mientras terminaba de instalar los altavoces ocultos tras unos arreglos florales.

Cuando llegó el momento del brindis, Xiomara subió al pequeño estrado. El murmullo de las conversaciones no cesó. Nadie le prestaba atención a la "arquitecta del teatro".

—Buenas noches a todos —dijo ella, su voz firme proyectándose por todo el salón—. No les voy a hablar de presupuestos ni de planos. Les voy a pedir un minuto de su tiempo para que escuchen algo que hemos olvidado.

Ji-Hoon activó el sistema. En el centro del salón, el primo de Xiomara con su violín y el viejo guitarrista de la Abuela Socorro empezaron a tocar una melodía suave, una pieza de José de la Cruz Mena, el compositor más querido de León.

Al principio, el sonido era normal. Pero entonces, Ji-Hoon empezó a manipular las frecuencias en tiempo real usando sus sensores. No era amplificación; era resonancia. El sonido no salía de los altavoces; parecía emanar de las mismas paredes del Club Social, de las mesas de madera, del aire mismo.

Ji-Hoon cerró los ojos. Estaba aplicando lo que había aprendido en el barro: el sonido tenía que abrazar el espacio. Filtró los ruidos agudos de los cubiertos y potenció los armónicos bajos de la guitarra de madera. De pronto, el salón se quedó en un silencio absoluto. El empresario ganadero dejó su copa a medio camino. La mujer del abanico dejó de abanicarse.

La música no solo se oía; se sentía en el pecho. Era el sonido de la nostalgia, del orgullo leonés, de la tierra volcánica convertida en arte. Era la voz del Teatro de la Merced reclamando su lugar en la historia.

—Eso que escuchan —dijo Xiomara en medio de la melodía— no es tecnología coreana. Es el alma de nuestra madera, amplificada por el corazón de un hombre que decidió quedarse con nosotros. El Teatro de la Merced es nuestra memoria. Y nuestra memoria se está quedando sin techo.

La Batalla de los CorazonesCuando la música terminó, hubo un silencio largo, casi doloroso. Ji-Hoon sentía el sudor frío corriéndole por la espalda. ¿Había funcionado? ¿O eran solo "ruido" para ellos?

De pronto, un hombre mayor, el patriarca de la familia Gurdián, una de las más ricas y conservadoras de la ciudad, se levantó lentamente. Caminó hacia el estrado y miró a Ji-Hoon a los ojos.

—Ingeniero —dijo el anciano con voz ronca—, he viajado por todo el mundo. He estado en la Ópera de Viena y en el Lincoln Center. Pero nunca... nunca había escuchado mi propia ciudad de esta manera. Usted ha hecho que esta madera vieja suene como si estuviera viva.

El hombre sacó una pluma y un talonario. Escribió una cifra y puso el cheque sobre la mesa.

—Cinco mil dólares —dijo—. No por caridad, sino porque no puedo permitir que un extranjero valore más nuestro teatro que nosotros mismos.

Como si se hubiera roto una presa, otros empresarios empezaron a levantarse. Algunos por orgullo, otros por genuina emoción, y otros simplemente para no quedar mal frente a los Gurdián. En menos de veinte minutos, Xiomara tenía en sus manos promesas de donación que sumaban casi doce mil dólares. No era la fortuna de los Kang, pero era suficiente para que el camión de cal se moviera y los obreros volvieran a trabajar.

El Regreso de la SombraAl salir del Club Social, eufóricos bajo la luz de la luna llena, Xiomara abrazó a Ji-Hoon con tanta fuerza que casi lo hace caer.

—¡Lo logramos, chele! ¡Lo logramos con las uñas, pero lo logramos!

Ji-Hoon sonreía, sintiendo una satisfacción que ningún bono de rendimiento en Seúl le había dado jamás. Pero su sonrisa se congeló cuando vio, parado junto a la estatua de Rubén Darío en el parque central, a Min-Seok.

El enviado de su padre no estaba solo. Estaba hablando con el Jefe de la Policía local, un hombre de uniforme impecable y mirada dura. Min-Seok lo vio y, con una elegancia depredadora, hizo un gesto de saludo con la cabeza.

—Ji-Hoon —dijo Xiomara, notando su cambio de actitud—, ¿qué pasa?

—El dinero de León nos dará tiempo, Xiomara —susurró Ji-Hoon, viendo cómo Min-Seok subía a una camioneta negra—, pero mi padre no va a aceptar que hayamos ganado esta noche. Min-Seok no está aquí para llevarme a casa ya. Está aquí para destruir lo que estamos construyendo desde adentro.

Ji-Hoon tomó la mano de Xiomara. El cheque en el bolsillo de ella era una victoria, pero el juego acababa de cambiar. Ya no era una cuestión de fondos; era una cuestión de supervivencia.

—Mañana —dijo Ji-Hoon—, tenemos que esconder los equipos más caros. Y tenemos que hablar con tu familia. Si el Director Kang no puede comprar el teatro, va a intentar comprar a la gente que lo rodea.

Xiomara apretó su mano, su rostro volviéndose de piedra.

—Que lo intente, Ji-Hoon. Que lo intente. En León sabemos cómo tratar a los invasores. Ya sea que traigan fusiles o billeteras de cuero.

Esa noche, Ji-Hoon escribió en su cuaderno una nota final, bajo la luz de una vela porque el hotel, convenientemente, había tenido un "fallo eléctrico" solo en su habitación:

"La acústica de la resistencia es más potente que la de la obediencia. Mi padre cree que el silencio se compra. Hoy aprendí que el silencio solo es el espacio donde León se prepara para gritar."

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